ELECCIONES PRESIDENCIALES, SEGUNDA VUELTA

Brasil y la cuadratura del círculo

Una economía basada en exportaciones es una economía vulnerable a la demanda. Exportar materias primas, entonces, no es una estrategia sostenible a largo plazo, y Brasil está empezando a sufrir las consecuencias de su ´cortoplacismo´.

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Para ganar unas elecciones no hay nada mejor que ser presidente. En Latinoamérica, solo dos mandatarios han fracasado en las urnas desde 1985: el nicaragüense Daniel Ortega, en 1990, y el dominicano Hipólito Mejía, en 2004. En Estados Unidos (EU), desde que Jimmy Carter fue derrotado por Ronald Reagan en 1980, solo un presidente, Bush padre, perdió la reelección. Fue en 1992, cuando todavía existían Checoslovaquia y Guns N´ Roses, y vivía Rommel Fernández.

La estrecha relación presidente-candidato-victoria es lo primero a tener en cuenta al hablar de lo que ocurrirá hoy en Brasil, donde la presidenta Dilma Rousseff, del Partido de los Trabajadores (PT), y el opositor Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia (PSDB), se miden en la segunda y definitiva ronda electoral. Hace tres semanas, la primera tanda de votos eliminó de la carrera a Marina Silva, candidata del Partido Socialista (PSB) que –espoleada por la trágica muerte del aspirante original, Eduardo Campos, a mediados de agosto– llegó a liderar las encuestas a comienzos de septiembre.

La caída de Silva, sin embargo, ha propiciado el enésimo cara a cara entre los partidos que llevan repartiéndose el poder por los últimos 20 años. Hasta hace unos días, Dilma y Aécio –que obtuvo el apoyo de Marina– corrían tan empatados como no se veía desde 1989, cuando Fernando Collor de Melo derrotó a Lula da Silva en los primeros comicios posdictadura. Al momento de escribir este análisis, sin embargo, la última encuesta (Datafolha) le da a la presidenta 6 puntos de ventaja sobre el opositor, 53% a 47%, alejando –aunque no definitivamente– el fantasma de los Carter, Bush, Ortega y Mejía.

Los ideales y la realidad

Dicen los corresponsales que Brasil se encuentra tenso y dividido. Las elecciones se han presentado como una batalla épica entre derecha e izquierda. Para Aécio y sus simpatizantes –concentrados en el sur y el oeste del país–, la presidenta continuará las políticas intervencionistas que han traído inflación y desacelerado la economía. Para Dilma y compañía –en el norte y este–, Aécio volverá a poner al país en manos de los banqueros y otras élites, amenazando los programas sociales que han reducido la pobreza y la desigualdad. “En las grandes ciudades (...) prefieren al PSDB; en las aldeas en las que no hay casi nada, al PT. Hay músicos de uno y de otro lado, futbolistas adeptos a un bando y a otro; economistas que ya se posicionaron en un sitio y en otro”, escribió Antonio Jiménez Barca en El País.

Analizar las elecciones y analizar al país, no obstante, son cosas muy distintas. En otras palabras, el cuento de derechas e izquierdas es “una caricatura”, como lo describió Michael Reid. El gasto público de la era Lula, escribió el analista de The Economist, fue posible gracias a la estabilización de la economía lograda por el gobierno anterior, mientras que “los beneficios de la banca nunca fueron tan altos como con el gobierno del PT”. Quizá la prueba más fehaciente de esto es que, a medida que se acercaba el día de hoy, Dilma y Aécio han ido moviéndose hacia el centro hasta casi converger en sus promesas. Como notó Michael Shifter en Foreign Policy, ambos van a “fortalecer los programas para los pobres, atacar la corrupción, proteger el medio ambiente y estimular el crecimiento económico”.

Para entender el escaso margen de maniobra que tendrá quien resulte ganador es necesario comenzar considerando la geografía brasileña. A pesar de contar con unos 8.5 millones de kilómetros cuadrados (km2), apenas el 7% de ese territorio –unos 600 mil km2, todos en el sur del país– es considerado arable. Ese territorio –del tamaño de Texas o Francia– sería una bendición si no fuese por su inaccesibilidad. Entre estas tierras y el Atlántico está el llamado planalto brasileño, una meseta de 4.5 millones de km2 que, desde la costa, se ve como un enorme muro.

La geografía del planalto ha tenido efectos casi determinísticos en el destino de Brasil: su proximidad a la costa ha resultado en ciudades-enclaves, con poquísimo margen de crecimiento e incapaces de sinergizarse entre ellas. Su presencia entre los puertos y las zonas de producción eleva exponencialmente el costo del desarrollo económico y resulta en un fuerte sistema oligárquico. En pocas palabras, la mano de obra, el capital y la infraestructura de transporte son tan escasos que cualquier crecimiento económico resulta inflacionario casi de inmediato. Los desafíos de Brasil son muchos, escribió la agencia Stratfor, “pero en el fondo se reducen a dos cosas: su geografía trabaja en su contra, y su economía está atrapada por la inflación”.

En un revelador ejemplo, aún hoy es más barato enviar un kilo de soya de un puerto brasileño a China que de la granja a dicho puerto.

Forjando una nación

La terrible geografía brasileña tenía, además, un efecto que amenazaba la integridad territorial del país. Los enclaves urbanos, separados por el planalto, actuaban de manera casi independiente, y el corazón agropecuario del país encontraba mejor salida para sus productos hacia el sur –a través del sistema fluvial del río de La Plata– que hacia los remotísimos puertos brasileños.

En este sentido, el principal desafío de Brasil –desde que es país– consistió en la conexión del interior arable con los territorios costeros sin socavar la autoridad del Estado. Esto fue logrado, de manera casi agonizante, con un plan de empuje al interior simbolizado por la construcción de la ciudad capital, Brasilia, en pleno corazón del país. A medida que se fue interconectando, Brasil dejó de ser un simple concepto geográfico para convertirse en lo que es hoy, una nación multiétnica-religiosa-cultural que ocupa 4 mil 395 kilómetros de norte a sur y 4 mil 319 de este a oeste.

Para principios de los 90, ya en democracia, el gigante sudamericano estaba listo para atacar el siguiente de sus problemas fundamentales: la inflación. En 1994, bajo el gobierno de Fernando Henrique Cardoso (FHC) –del PDSB–, se implementó el llamado “Plan Real”, que básicamente reemplazaba la lógica de “crecimiento económico a toda costa” por una de controlar la inflación a como diese lugar. Los subsidios se eliminaron, el crédito se restringió y la actividad gubernamental se minimizó, resultando en una bajísima deuda pública y unos bancos bien capitalizados y altamente regulados.

El plan funcionó casi a la perfección. La inflación pasó del 2,000% a estar por debajo del 10%. Por otro lado, Brasil pasó de ser una economía de alto crecimiento y alta inflación a una de bajo crecimiento y baja inflación.

En cualquier otro país esto sería una catástrofe, pero no allí. El Plan Real le dio a la economía brasileña una estabilidad inédita y, al Gobierno en Brasilia, una (también inédita) sensación de control sobre las fuerzas macroeconómicas del país, algo mucho más valioso que cualquier crecimiento económico. Y hay más: si el empuje al interior convirtió a Brasil en una nación, el Plan Real hizo que los brasileños comprendiesen la importancia del Gobierno central para sus propias vidas.

La tercera gran fase de la historia reciente brasileña llegó en 2002 con el triunfo electoral de Luis Inacio Lula da Silva. Entre 2003 y 2010, Lula lideró una dramática expansión de la clase media –entre 25 y 40 millones dejaron de ser pobres, según a quién se le pregunte– caracterizada por un alto gasto público –que pasó del 15.7% al 18.6% del PIB entre 2002 y 2010– y un aumento del salario mínimo por encima de la inflación e incluso de los índices de productividad. El ascenso de esta nueva clase media propició un boom de consumo doméstico que ayudó a mantener un alto crecimiento económico y volvió a Lula tan popular que en 2010 logró la cómoda elección de su ungida, Dilma Rousseff.

La era Lula, sin embargo, tiene una cara más oscura. En pocas palabras, Lula dejó de lado las tareas estructurales –la disciplina de la era FHC y la reforma de la ineficiente industria local– para surfear la ola propiciada por la crisis financiera de 2008 –que provocó un éxodo de capital hacia las economías emergentes– y el (relacionado) ascenso de China y su consecuente demanda de materias primas brasileñas. En 2013, hasta el 23.6% de las exportaciones brasileñas fue a parar a China, y el 83% de estas fue de materias primas.

Una economía basada en exportaciones es una economía vulnerable a la demanda. Exportar materias primas, entonces, no es una estrategia sostenible a largo plazo, y Brasil está empezando a sufrir las consecuencias de su “cortoplacismo”. A medida que se reduce la demanda regional y global, y mientras disminuyen los niveles de inversión extranjera, al Brasil del PT se le está empezando a explotar la burbuja. Para este año, el banco central espera un crecimiento del 0.7%, el más bajo desde 2009.

Brasil ante su Rubicón

El Brasil que llega a los comicios de hoy parece estar en decadencia económica. La inflación ha permanecido por encima del 6% –peligrosamente cerca del límite superior del banco central (6.5%)–, mientras que en el sector de servicios alcanza el 9%. Se espera que el desempleo –actualmente en 5%– vaya en aumento hasta 2015, y que los niveles de consumo comiencen a decaer a medida que se empiecen a pagar las deudas personales.

Encima, la débil situación fiscal obligará al próximo gobierno a aumentar los impuestos y a afrontar los efectos de la severa sequía que afecta al sureste y el centro-oeste del país, responsables del 70% de la producción hidroeléctrica. Todo esto en un clima de reducida inversión extranjera, no solo por el fin de la ola de capital hacia las economías emergentes sino por el llamado “costo Brasil”, una complejísima telaraña de burocracia, regulaciones y corrupción. En resumidas cuentas, la era del crecimiento rápido ha terminado. En el futuro, escribió Rob Dwyer en Foreign Policy, “el gobierno tendrá que priorizar las políticas que afecten el crecimiento a largo plazo”.

Ante esta situación, el pueblo brasileño escoge hoy entre Dilma Rousseff y Aécio Neves. En el fondo, la decisión no es ni siquiera entre ellos sino entre los dos gigantes que lideraron los dos últimos procesos de cambio que han moldeado al Brasil moderno. No es casualidad, por tanto, que tanto FHC como Lula sean los principales activistas en las campañas del PSDB y el PT, respectivamente.

Quien sea que gane, sin embargo, tendrá que convertirse en un “Lula Cardoso”. Las reformas económicas son necesarias, pero los programas sociales son intocables. Para lograr cuadrar este círculo, el próximo gobierno tendrá que enfocarse en el desarrollo infraestructural.

Estos proyectos generarían inversión y crecimiento pero, de manera más importante, sentarían la base de lo verdaderamente importante, que es una profunda reforma y modernización de la industria brasileña. En la actualidad, factores internos y externos –desde los intereses oligárquicos y extranjeros en el Mercosur hasta los efectos económicos de las importaciones chinas, pasando por la excesiva apreciación del real– hacen que la base manufacturera brasileña esté atrapada, incapaz de asumir su rol como motor económico del país.

Reformar la economía brasileña será dificilísimo. Abandonar el Mercosur y entrar a la arena global, por ejemplo, traería efectos nocivos a corto plazo, desde desempleo hasta protestas e inestabilidad social. La alternativa, sin embargo, es peor: Brasil continúa dependiendo de fuerzas extranjeras –precios de materias primas, inversión para desarrollo infraestructural–, algo inaceptable para un país de sus dimensiones y aspiraciones. Incluso su dominio del Cono Sur tiene mucho que ver con lo pésimamente mal que se han hecho las cosas en Argentina. Brasil, en otras palabras, se está acercando a un momento de decisiones cruciales.

Lo cierto, sin embargo, es que no existe ningún motivo para dudar de la capacidad de la sociedad y el liderazgo brasileño, al menos por ahora. Tanto Dilma como Aécio –y las estructuras políticas que representan– parecen conscientes de los enormes e históricos desafíos que se avecinan. La cuadratura del círculo tendrá que buscarse, además, en un ambiente social completamente distinto. Gracias a la enorme movilidad social de la era Lula, Brasil es hoy una sociedad políticamente exigente e involucrada, (aparentemente) dispuesta a superar las profundísimas raíces de la corrupción que suele crecer en las sociedades oligárquicas y desiguales.

De esa transformación dependerá el futuro del gigante sudamericano y su lucha con una geografía perversa como pocas. Gane quien gane hoy, la Presidencia 2015-2019 será dificilísima. Allí, sin embargo, se demostrará si los brasileños tienen la pasta para ser la primera potencia tropical del planeta.

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