el japón de shinzo abe

Huyéndole a la historia

El país del sol naciente se encuentra ante una encrucijada histórica: en medio de una crisis económica y demográfica, deberá reinventarse para ahuyentar sus peores impulsos.

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A mediados de mayo, The Economist sorprendió al mundo con otra de sus ya famosas portadas. Debajo de su tradicional logotipo, y recurriendo a lo más profundo de la iconografía estadounidense, el semanario inglés se preguntaba: “¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No... ¡es Japón!”.

Debajo de las grandes letras amarillas, vestido con un saco rojo y una camiseta azul con el símbolo del yen (Â¥) al pecho, el Supermán que sobrevolaba los cielos (de Tokio) era el primer ministro Shinzo Abe. La representación de un superhéroe yanqui en la tierra del cómic como portada de una publicación británica captura de manera genial lo que el mundo (occidental) siente hacia Japón. Tras dos “décadas perdidas” –iniciadas con el desastre financiero de 1990; agravadas por las crisis globales y el (re) surgimiento económico-militar de Rusia y China; y rematadas por desastres como Tohoku-Fukushima–, el planeta miraba con una mezcla de nostalgia y resignación el gradual empequeñecimiento geopolítico de Japón, una expotencia mundial hundida bajo la montaña de deuda con la que financió su estabilidad durante esos años nefastos. Pero en diciembre pasado, los nipones le dieron el liderazgo del país a Abe, que desde entonces ha implementado una serie de ambiciosas políticas que se pueden resumir así: Japón está de vuelta.

El enigmático Abe

Las políticas, con las que Abe busca recrear lo que el estratega estadounidense Herman Kahn llamó “el súper Estado japonés”, van desde lo doméstico a lo militar y han causado toda clase de reacciones. De hecho, la fascinación occidental con el Japón de Abe tiene mucho que ver con esa naturaleza dual que emana del primer ministro nipón. The Economist, que lo vistió de superhéroe en su portada, criticó su Gabinete por estar “compuesto por nacionalistas radicales”. Jonathan Tepperman, que lo entrevistó para Foreign Affairs, escribió que “parece haber dos Abes: el nacionalista o conservador y el pragmático”, algo que el académico Gerald Curtis intentó explicar como “una batalla” entre el cerebro y el corazón del líder japonés.

Pero para Abe, nieto de un primer ministro –Nobusuke Kishi (1957-1960)– y con un intento fallido en el cargo (2006-2007), el triunfo de su Partido Liberal Democrático en las elecciones de diciembre (generales) y julio (parlamentarias) ha sido una especie de redención personal. “La última vez no le di prioridad a mi agenda y mi gestión fue un fracaso”, reconoció. “Digamos que ahora sí tengo las prioridades claras”.

Sus palabras son significativas: los que ven una lucha entre el bien y el mal en su interior son los mismos que lo vistieron de Supermán: los que intentan comprenderlo a través de estereotipos occidentales. Quizá Abe, en el fondo, no es otro caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, sino un producto completamente lógico de la geopolítica de su país.

el Dilema energético

Japón se encuentra en un momento crucial de su historia. Y el punto de partida para empezar a comprenderlo es el tema energético. Mientras Fukushima sigue contaminando el Pacífico, pocos han reparado en que, tras el cierre por mantenimiento del reactor de Ohi hace tres semanas, el país se encuentra sin energía nuclear por segunda vez desde 1970. Desde que Japón encargara su primera planta nuclear en 1966, dicha energía ha sido uno de los pilares de su estrategia energética, llegando a proporcionar el 30% de su electricidad a través de unos 50 reactores por todo el país. Hoy todos están cerrados, y apenas 12 han aplicado para ser reabiertos, algo que no ocurrirá antes de fin de año.

Reabrir los reactores no será fácil. La oposición a la energía nuclear crece por momentos, incluso en el Gabinete de Abe. Pero la ecuación es clara y Japón tiene pocas opciones. Aún en el mejor de los casos, esos 12 reactores representan solo un cuarto de la capacidad nuclear pre-Fukushima. Mientras esa sea la situación, y mientras las energías renovables no sean capaces de llenar el vacío, Japón dependerá más de lo deseable de energías térmicas –petróleo, carbón y gas– que, dada la falta de recursos del archipiélago, deben ser importadas.

La problemática energética japonesa tendrá consecuencias inmediatas y otras más profundas. Entre las primeras está el impacto económico. La energía térmica le cuesta a Japón un 10% más que la nuclear y el gobierno ya ha anunciado que las importaciones supondrán un gasto extra de 93 mil millones de dólares para final de año. Consecuentemente, varias prefecturas japonesas ya han visto aumentos de entre el 8% y el 10% en los precios de la electricidad.

La célebre ´Abenomics´

La inflación en los precios energéticos podría ser una irónica estaca en el corazón de los ambiciosos planes económicos de Abe (conocidos popularmente como “Abenomics”). La ironía reside en que, al contrario de muchas otras economías, la japonesa necesita aumentar la inflación. La estrategia de Abe es sencilla: el aumento de precios genera expectativas de más inflación, incrementando el consumo y revitalizando la economía. Pero la inflación energética no cumple ese criterio: no se puede comprar energía y guardarla para después. Tras seis meses de “Abenomics”, el daño ya es visible: según datos oficiales, el índice de precios al consumidor –que Tokio busca aumentar en 2% en los próximos dos años– aumentó en 0.7%, pero la cifra queda en un deflacionario -0.1% al quitar la energía de la ecuación.

Abenomics, no obstante, es mucho más que eso. La agresiva mezcla de políticas fiscales y monetarias, unida a unas prometidas “reformas estructurales” y otras estrategias de crecimiento económico, parece estar dando resultados. La economía creció en un 4.1% en el primer cuarto de 2013, el yen perdió casi un tercio de su valor y los precios de las acciones en la bolsa de Tokio subieron en un 25%. Según una encuesta del diario Nikkei, el 74% de los consultados aprueba las políticas de Abe.

Más allá de la economía, la dependencia energética japonesa apunta a los fantasmas más profundos de su geopolítica. Japón, en pocas palabras, no puede depender de recursos energéticos –y de toda clase– que llegan a través de líneas marítimas que no puede controlar. A lo largo de su historia, Tokio ha resuelto este problema con una mezcla de comercio y militarismo. Desde 1945, sin embargo, se ha impuesto la primera solución, encarnada en una alianza militar con Estados Unidos (EU) que está siendo revisada como parte del “pivoteo a Asia” de Washington.

¿Vuelta al ruedo militar?

Pero Tokio tiene motivos de sobra para sentirse inseguro. Para empezar, EU no termina de pivotar y su imagen global es cada vez más pobre, algo ejemplificado en la cancelación de la gira asiática de Obama a raíz del cierre del Gobierno federal. Por otro, China luce cada vez más dominante y amenazadora, habiendo cuadruplicado su presupuesto militar –acorde a su crecimiento económico– en la última década y siendo cada vez más agresiva en las otroras insignificantes disputas marítimas que sostiene con una serie países de la región.

El gobierno de Abe es el último ingrediente de esta explosiva mezcla. Este año, Tokio aumentará su presupuesto militar por primera vez en más de una década, colocándose, con 49 mil millones dólares, en el quinto escalafón del ranking mundial. A la vez, Abe no ha escondido su intención de revisar la Constitución para modificar el artículo 9, por el cual el pueblo japonés “renuncia para siempre a la guerra (...) y al uso de la fuerza”.

La contradicción se hace aún más grave si se continúa leyendo. Para lograr lo anterior, dice el documento, “no se mantendrá ningún tipo de fuerzas terrestres marítimas o aéreas, o ningún otro potencial de guerra”. Japón, sin embargo, cuenta con tanques, artillería, unos 300 aviones caza, 350 aviones de apoyo marítimo, 40 buques de guerra, 16 submarinos y algunos de los sistemas bélicos más avanzados del planeta.

Resolver dicha contradicción es el primer motivo por el que Abe desea modificar la Carta Magna. “Japón es el único país que no llama ´ejército´ a sus organizaciones de defensa. Eso es absurdo”, aseguró recientemente. Pero además, el país no puede siquiera acudir a la defensa de sus aliados, algo que considera “una locura”.

Los argumentos de Abe sonarían distinto si no fuera por el peso de la historia, que habla de un Japón imperialista que, a pesar de haber sido bombardeado a mansalva (incluso con bombas atómicas), nunca pidió perdón por los innumerables abusos cometidos a sus vecinos, especialmente chinos y coreanos. En medio de las tensiones actuales, y con tantas aristas en juego, resulta imposible establecer la línea que separa el nacionalismo de Abe de sus legítimas ansiedades geopolíticas.

El camino hacia un Japón liberado de la Constitución que Washington le redactó es largo y complejo: además del apoyo del 66% del parlamento japonés, se necesita una mayoría simple en un plebiscito para aprobar las modificaciones. No obstante, sería ingenuo subestimar los efectos de las dos “décadas perdidas” sobre la población japonesa. Abe, como todo líder, es un reflejo de su pueblo, pero también puede ser el dique que contiene impulsos más radicales.

La tragedia demográfica

En realidad, la modificación de la Constitución no es el verdadero problema de Japón. Después de todo, el país lleva décadas de contorsiones legales, construyendo un ejército con la aprobación tácita de EU, y esa aprobación podría volverse oficial en vista de la necesidad de balancear el poder chino. El verdadero problema de Japón es cómo mantener –e incluso aumentar– su capacidad militar en tiempos de crisis económica y, sobre todo, demográfica.

Más allá de cualquier consideración, la raíz de la que nacen todas las desgracias japonesas es tan simple como grave: el país del sol naciente se está quedando sin gente, y lo está haciendo más rápido que nadie. Según números oficiales, la población japonesa llegó a un pico de 128 millones en 2004 y las proyecciones hablan de 115 millones para 2030 y 95 millones para 2050. En los próximos 37 años, la población menor de 14 años pasará del 13% al 9%; la activa, del 64% al 52%, y la mayor de 65 años, del 23% al 40%.

Estas tendencias han tenido un terrible impacto económico en las últimas décadas. Dentro del marco general de mantener la estabilidad a toda costa, el gobierno ha incurrido en unos niveles épicos de deuda que llegarán al 240% del PIB el año que viene (la panameña ronda el 38%). Lo que muy poco se discute es que una gran porción de ese gasto ha sido en concepto de beneficios para los ancianos, que se han triplicado desde 2004 como parte de un gasto social general que supera a todos los demás renglones –educación, defensa, etc.– combinados.

El tema tiene además un ángulo electoral: por motivos que van desde los meros números –el 44% del electorado es mayor de 60 años contra el 13% entre los 30 y los 20, edad legal para votar– a las especificidades del sistema electoral japonés, el país está, para todos los efectos, secuestrado por sus ancianos. Y el futuro luce aún peor: según estudios oficiales, los activos gubernamentales para pensiones se acabarán entre 2032 y 2038.

Las tendencias económicas, globales y sobre todo demográficas delinean claramente la encrucijada en la que se encuentra Japón. El patrón de comportamiento histórico que dicta su particular geografía –una colección de islas montañosas separada sustancialmente del resto del continente– hace pensar que podríamos estar ante uno de sus característicos períodos de introversión, en el que los nipones se adaptarán a la nueva realidad de un país disminuido geopolíticamente y a merced de otras potencias –algunas con cuentas pendientes– para preservar sus intereses fundamentales. Por el contrario, Tokio podría tomar las riendas de su destino e imponer su voluntad, algo que, si la historia sirve de guía, tiene altas probabilidades de salir mal. Y en algún punto intermedio se encuentra Shinzo Abe, que tendrá uno o dos años más para capitalizar la mezcla de apoyo popular, mayoría gubernamental y portadas de Supermán para reinventar a su país y salvarlo de los fantasmas de su propia historia.

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