LOS CAMBIOS DE UNA NUEVA ERA

Panamá, el mundo y la democracia

La democracia liberal se encuentra en crisis a nivel mundial. Nuestro país no debe (ni puede) quedarse de brazos cruzados.

Hace poco menos de tres semanas, nuestro país celebró una nueva toma de posesión presidencial, cerrando un proceso que echó a andar con el triunfo electoral de Juan Carlos Varela en las elecciones del 4 de mayo. Tanto una cosa como la otra -elecciones y toma de posesión-, amén de los 58 días entre ambas, transcurrieron de forma pacífica, al igual que sucedió en 1994, 1999, 2004 y 2009. Por ser el día en que se completó exitosamente la quinta transición democrática consecutiva, el 1 de julio de 2014 fue un gran día para la democracia panameña. O al menos eso concluyeron, de manera unánime, las élites políticas, socioeconómicas y periodísticas del país.

La palabra democracia ha sido, sin lugar a dudas, una de las grandes protagonistas de los últimos 25 años de nuestra historia. Desde que Washington ejecutó la operación militar más importante de la era pos-Vietnam para aplastar al Ejército panameño, la democracia se ha convertido en sinónimo del bien absoluto en la narrativa nacional. La palabra dictadura, consecuentemente, ha seguido el camino opuesto. Quizá en un esfuerzo por darle sentido al costo (humano) de la operación Causa Justa -un costo que, paradójicamente, no nos hemos atrevido a cuantificar-, las élites panameñas -las que apoyaron la invasión y las que han gobernado desde entonces- han canonizado un concepto y demonizado al otro, despojándolos de contexto y detalles, cubriéndolos de un blanco y un negro que no admiten matices, tonos ni discusiones históricas serias.

En este marco -y quizá como consecuencia de él-, nuestro país ha desarrollado uno de los sistemas políticos más sui géneris del orbe: mientras que todos los indicadores estructurales de una democracia se deterioran de manera casi pornográfica –corrupción, institucionalidad, transparencia, libertad de expresión, desigualdad económica-, los procesos electorales siguen siendo altamente exitosos. Curiosamente, el éxito de esos procesos culmina cada cinco años en un éxtasis de autofelicitación que proporciona un alivio -periódico y momentáneo- a la conciencia y al ego nacionales. Y vuelta a empezar. Quizá por eso, la democracia panameña lleva ya muchos años estancada, y sin prospectos de mejora, en la categoría “defectuosa” del Índice Democrático del Economist Intelligence Unit.

Un modelo en crisis

Más allá del caso panameño, es indudable que la democracia tiene grandes virtudes: los países democráticos suelen ser más prósperos, más pacíficos y menos corruptos que los demás. Por encima de todo, la democracia permite que las personas se expresen libremente y, al participar en el proceso político, tengan la oportunidad de moldear su futuro y el de sus hijos. Todas estas cosas -o la promesa de ellas- le han asegurado a la idea de democracia un lugar -junto al capitalismo de libre mercado- en el sanctasanctórum del sistema internacional, especialmente en la era pos-Guerra Fría.

Esa era, sin embargo, parece estar llegando a su fin. Y con ella, la fe en la democracia -al menos en su versión europea-estadounidense- parece estar disolviéndose. Esta semana, por ejemplo, los líderes de las potencias emergentes -los llamados BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- se reunieron en Brasil y, mediante la creación de un Banco de Desarrollo, formalizaron su desafío conjunto a las estructuras económicas y políticas -centradas en Estados Unidos (EU)- sobre las que descansa el sistema internacional.

Entre los BRICS, naturalmente, la democracia o falta de ella no es un tema significativo, y tampoco se espera que lo sea para su banco a la hora de financiar proyectos en cualquier país. Y eso es solo la punta del iceberg: a lo largo y ancho del mundo, de Ucrania a Sudáfrica y de Venezuela a Tailandia, una serie de eventos -todos distintos, pero todos apuntando en la misma dirección- ha ido socavando la posición de la democracia en el imaginario global. Una creciente proporción de los ciudadanos del planeta, en otras palabras, ya no cree que la democracia sea la forma de gobierno más deseable.

En palabras de Michael Ignatieff, “el ´momento Francis Fukuyama´ -cuando en 1989 predijo que la democracia liberal era la forma final hacia la que todos los sistemas políticos avanzarían- ahora luce como un artefacto pintoresco de un momento unipolar ya desaparecido”.

A decir verdad, la democracia nunca lo ha tenido fácil. Como nos recuerda un magnífico ensayo de The Economist, desde la caída de Atenas -donde se desarrolló inicialmente-, pasaron más de 2 mil años hasta que fue revivida como modelo político durante la Ilustración europea.

A pesar de eso, y con la excepción de la revolución estadounidense en el siglo XVIII -esclavitud y genocidio indígena incluidos-, la democracia siguió ausente de la mayor parte del mundo. Para 1941, por ejemplo, solo había 11 democracias en el planeta.

Fue la segunda mitad del siglo XX -con el marco inseparable del ascenso de EU como potencia mundial y, finalmente, hegemónica- la que impulsó la democracia a nivel global. El fin de la II Guerra Mundial, del colonialismo y, más tarde, de la mismísima Guerra Fría, impulsó cambios democráticos de Alemania a Chile y de Portugal a Corea del Sur. Para el año 2000, Freedom House clasificó a 120 países -el 63% del mundo- como democracias. Entre ellos, por supuesto, se encontraba el Panamá de la recién inaugurada Mireya Moscoso.

Ese progreso -que lució inevitable en su momento- se ha detenido en el siglo XXI. La misma Freedom House estima que, aunque el 40% de los habitantes del planeta viven en países que celebran elecciones libres -como Panamá-, 2013 fue el octavo año consecutivo en el que la libertad global disminuyó. La democracia, que nadie lo dude, está en crisis, y no solo en nuestro país.

El reordenamiento de poderes

Para The Economist hay dos motivos fundamentales -y varios menores- para explicar este fenómeno. En primer lugar, aseguran, está la crisis financiera de 2007-2008. “El daño de la crisis fue financiero y psicológico”, explicó el diario inglés. “Reveló debilidades fundamentales en los sistemas políticos occidentales, minando la confianza que había constituido uno de sus mayores activos”.

A medida que la prosperidad disminuía, los ciudadanos de las democracias más importantes del mundo veían cómo sus sistemas políticos -otrora percibidos como modélicos- tomaban decisiones impopulares, antidemocráticas y, en algunos casos, obscenamente beneficiosas para las élites en detrimento de la mayoría.

Europa se convirtió en un reino de tecnócratas que imponían medidas económicas y reemplazaban gobiernos elegidos popularmente si estos no se plegaban a las órdenes de Bruselas (y Berlín), abonando el terreno para la consolidación de partidos populistas y extremistas por todo el continente. En EU el Gobierno federal se convirtió en sinónimo de parálisis, lo que unido a la (ya escandalosa) desigualdad económica en el país ha cimentado la percepción de que Washington responde única y exclusivamente a los intereses de las corporaciones y los gobiernos extranjeros que pueden comprar su influencia.

No es de extrañar, entonces, que un estudio reciente de la Universidad de Princeton haya concluido que EU tiene poco de democracia y mucho de oligarquía. “Es difícil defender la democracia liberal en el extranjero si funciona tan mal en casa”, escribió Richard Hass, presidente del Council on Foreign Relations, en su último libro, Foreign Policy Begins at Home (La política exterior comienza en casa).

Mientras la democracia se derrumba en sus santuarios tradicionales, el ascenso de China ha supuesto el fortalecimiento de un nuevo modelo político-económico. Al doblar estándares de vida cada década por los últimos 30 años -tres veces más rápido que EU en su mejor momento, según el economista Larry Summers-, el Partido Comunista Chino ha roto la supuesta correlación entre democracia liberal y desarrollo económico. Por todos sus errores y defectos, es imposible negar que el modelo chino ha capitaneado la mayor ola de movilidad social de la historia -unos 600 millones de personas salieron de la pobreza ($1.25 al día) entre 1981 y 2008-, algo que está siendo bien recibido entre su población. Según una encuesta de 2013, el 85% de los chinos está “muy satisfecho” con la dirección que lleva el país (comparado con el 31% de los estadounidenses).

El ascenso de China, que ha invertido miles de millones por todo el planeta sin inmiscuirse en los sistemas políticos de nadie, ha sido un gran factor en la decadencia de la democracia en los últimos años. Pero no ha sido el único. Las pésimas decisiones geopolíticas de EU han ayudado enormemente. Su fijación en Medio Oriente y el terrorismo islámico, por ejemplo, precipitó la decadencia de las élites pro estadounidenses tradicionales en Latinoamérica y el ascenso de líderes izquierdistas que, en mayor o menor medida, han exhibido rasgos populistas y autoritarios. En Europa, el oso ruso fue creciendo -bajo el autoritarismo de Vladimir Putin y apoyado en su enorme riqueza energética- hasta que se sintió con confianza para detener, con la fuerza que fuese necesaria, el avance de la Unión Europea y la OTAN -símbolos del orden liberal- en su esfera de influencia.

En Oriente Medio la cosa salió aún peor. Para colmo de males, la obsesión antiterrorista llevó a EU, inicialmente, a apoyar aún más a las dictaduras árabes a las que ideológicamente debía oponerse. Cuando la presión popular y otros factores tumbaron a muchas de ellas -la llamada “primavera árabe-, el ascenso de facciones islamistas en todos y cada uno de esos países -y las consecuentes reacciones regionales- dejó a Washington saltando de contradicción en contradicción, sin política fija, con la debilidad y la indecisión por bandera. Para junio de este año, la política exterior estadounidense, esa que en algún momento soñó con exportar la democracia -y el capitalismo, las hamburguesas y el rock n´ roll al resto del orbe, era resumida por el mismísimo Obama con la frase “no hacer estupideces”. Así de sencillo. Con este panorama, a nadie debería sorprenderle que países anteriormente considerados historias de éxito, como Sudáfrica o Turquía, ofrezcan realidades cada vez más decepcionantes para los defensores del orden liberal.

El reordenamiento de fuerzas se ha ido cristalizando paulatinamente. La suma de vectores ha resultado en el alineamiento estratégico cada vez más evidente entre China y Rusia. Cuando Xi Jinping y Vladimir Putin se dieron la mano en Shanghai a finales de mayo, el mensaje hacia el mundo sobrepasó con creces el anuncio de un acuerdo energético histórico: había nacido una alianza entre dos gigantes cuyas poblaciones suman mil 600 millones de seres humanos, y cuya geografía va de la frontera polaca al océano Pacífico, y del Círculo Ártico al borde de Afganistán. A pesar de venir de distintas experiencias históricas, ambos colosos entienden el mundo de hoy de manera similar. Y en ambas visiones se destaca una profunda desconfianza por la democracia a la occidental, esa democracia que hoy trastabillea, a su manera de ver, irremediablemente.

La alianza Beijing-Moscú, amplificada y embellecida en el contexto de los BRICS y sus iniciativas –que conducen, según los expertos, a un ataque inminente al dólar como moneda de reserva internacional–, parece destinada a seguir creciendo en relevancia. Y con ella, el concepto de la democracia liberal como forma ideal de gobierno encontrará condiciones cada vez más difíciles para afianzarse. Panamá, que depende críticamente del poder estadounidense –geopolítico y económico– y que se hace llamar una democracia liberal, haría bien en comenzar a tomar medidas para disminuir lo primero y afianzar lo segundo. Afortunadamente, las respuestas para ambos desafíos se encuentran en nuestra propia historia. La historia de verdad, por supuesto, no la fábula de absolutos morales que algunos han querido imponer desde aquel diciembre de 1989.

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