el nuevo presidente iraní

Rouhani: de Persia para el mundo

El triunfo electoral de Hasan Rouhani demuestra la capacidad de la sociedad persa para llegar a consensos beneficiosos para el país y, guste o no, consolida aún más el sistema impuesto por la revolución islámica de 1979.

Irán es una sociedad en plena evolución. Jalada en direcciones opuestas por fuerzas que representan lo mejor y lo peor del pasado y el presente, predecir su futuro requeriría, en palabras del intelectual Homa Katouzian, de un profeta bíblico. “E incluso ese profeta –añadió– podría verse traicionado por los eventos”.

Fiel a las palabras de Katouzian, el sistema político iraní –una especie de teocracia semidemocrática– ha vuelto a sorprender a propios y extraños con la victoria de Hasan Rouhani en la undécima elección presidencial desde la revolución islámica de 1979, celebrada el 14 de junio. Luego de las masivas protestas poselectorales de hace cuatro años, la República Islámica parece haber reencontrado su balance en la figura de Rouhani, que con el 50.7% de los votos se aseguró la Presidencia sin necesidad de una segunda vuelta, triplicando los votos de su oponente más cercano –de entre un total de 6 candidatos– en unos comicios que contaron con la participación del 72.7% del electorado iraní (casi 37 millones de personas).

Más allá del alto nivel de participación y los contundentes números del candidato vencedor, lo más sorprendente de los comicios fueron la falta de protestas y, más aún, las imágenes de miles de iraníes celebrando los resultados por todo el país. La primera pregunta, entonces, es simple: ¿por qué ganó Hasan Rouhani?

triunfo del consenso

El triunfo de Rouhani puede resumirse en una palabra: consenso. Y en un país como Irán, el consenso es algo dificilísimo de alcanzar. Después de todo, el sistema islámico combina los intereses políticos de clérigos, civiles y militares, y cada uno de estos grupos, a su vez, está dividido en términos ideológicos. Rouhani es, en palabras del exdiplomático y analista indio M.K. Bhadrakumar en Asia Times Online, “un candidato que viene del establishment religioso, con un pedigrí revolucionario impecable, que goza de la confianza del Líder Supremo [Alí Khamenei] pero que, a la vez, puede mantener controladas a las distintas facciones internas del régimen”. En pocas palabras, Rouhani es un insider. Y el único, además, capaz de balancear los intereses de los tres polos de poder que existen a lo interno del régimen (de más a menos conservador): el Líder Supremo Alí Khamenei, el expresidente (1989-1997) Akbar Hashemi Rafsanjani y el también expresidente (1997-2005) Mohammed Khatami.

Pero eso no termina de explicar por qué Rouhani se ganó de manera tan contundente el cargo popular más importante de la República Islámica. La otra mitad de su triunfo, por supuesto, consiste en la alianza que forjó con el movimiento reformista del país que inicialmente había ofrecido su apoyo al candidato Mohammed Reza Aref, antiguo vicepresidente de Khatami. Tras su mal desempeño en la campaña y las encuestas, Aref se retiró, otorgando su apoyo, el de Khatami y el de la mayoría de quienes apoyaron a los candidatos Mirhossein Mousavi y Mehdi Karroubi en las elecciones de 2009 –el llamado “movimiento verde”– a la candidatura de Rouhani.

El que Rouhani fuera lo suficientemente kosher para el movimiento reformista solo resalta un hecho que fue evidente durante toda la campaña: Rouhani no era, ni de cerca, el candidato preferido de Khamenei. Para la mayoría de analistas, sus preferencias estaban detrás de Saeed Jalili, jefe negociador en el asunto nuclear. Para otros, el ungido era Ali Akbar Velayati, su principal asesor en asuntos internacionales (y canciller entre 1981 y 1997). Sin embargo, los pobrísimos resultados de ambos –11.3% y 6.2%, respectivamente– le envían un par de mensajes clarísimos al líder supremo. El primero, escribió Barbara Slavin en Al Monitor, es que “la mayoría de los iraníes rechaza sus posturas de ´resistencia´ y confrontación con el mundo exterior”. El segundo, según la revista Foreign Policy, “es de descontento con los gobernantes clericales y sirve como recordatorio que el movimiento reformista que sacó a miles de personas a las calles en 2009 no ha desaparecido”.

El peso de los reformistas en la política iraní, entonces, se ha visto confirmado. “Lo cierto es que en los últimos 16 años, los elementos reformistas y moderados han ganado todas las elecciones en las que se les ha dado una oportunidad justa”, escribió Hossein Hafezian en Al Monitor, haciendo alusión al elemento teocrático de la república islámica –que da al Líder Supremo la capacidad de intervenir en los resultados electorales– y, de manera más inmediata, a las dos victorias electorales (2005 y 2009) de Mahmoud Ahmadinejad.

Pero más allá de la justicia o legalidad de las victorias de Ahmadinejad, la realidad es que el Ayatollah Khamenei tiene la última palabra. ¿Por qué, entonces, permitió la victoria de Rouhani?

Dos días antes de los comicios, el Líder Supremo alentó a los iraníes a votar, y extendió su invitación “incluso a aquellos que no apoyan el sistema islámico”. Fue la primera indicación de un cambio de actitud. El pueblo respondió y ahora todo indica que Khamenei ha decidido respetar la voluntad popular. Las razones, apuntan varios analistas, podrían ser tres. Para empezar, el vecindario iraní está muy caldeado: la guerra civil en Siria, la semianarquía en Irak y la crisis democrática en Turquía limitaban el margen de maniobra –Teherán está involucrado en las tres situaciones– y daban la oportunidad de proyectar una imagen de estabilidad y dinamismo político a nivel regional. “La experiencia democrática iraní ha sorprendido al mundo y ha vuelto a demostrar que los líderes iraníes tienen más destreza política de lo que muchos creen”, escribió Talal Salman en el diario libanés As-Safir.

En segundo lugar, Rouhani representaba una excelente oportunidad para frenar la polarización del país. Como clérigo, además, la elección popular de Rouhani acarrea un apoyo implícito al velayat-e-faqih, el principio que asigna el poder al Líder Supremo de la revolución islámica. Y por último, al tener una figura de consenso al frente del país, Irán se presenta ante el mundo –especialmente ante “Occidente”– como un país unido, lo que fortalece su posición negociadora en el tema nuclear.

Los retos de Rouhani

Para muchas personas, la Presidencia iraní se asemeja a la Vicepresidencia estadounidense en su relativa falta de poder. Aun así, un presidente no está pintado en la pared. “Los que creen que el presidente no puede hacer la diferencia no vivieron en Irán durante los períodos de Khatami y Ahmadinejad. Hasta los iraníes de a pie pueden decir cómo la política, la economía y la cultura eran totalmente distintas bajo estos dos hombres, que sin embargo sirvieron bajo el mismo Líder Supremo”, escribió el periodista iraní Arash Karami en Al Monitor.

En este sentido, es imposible saber qué tipo de presidente será Rouhani (tomará posesión el 3 de agosto). Lo que sí es seguro es que en gran parte dependerá de su relación con Khamenei. Y se espera que el Líder Supremo apoye al nuevo presidente. “Lo va a apoyar fuertemente porque han sido amigos por 45 años”, opinó quien fuera portavoz de las negociaciones nucleares cuando estas estuvieron a cargo de Rouhani (2003-2005), Seyed Hossein Moussavian.

Los iraníes le asignan al presidente una gran responsabilidad en el aspecto económico. De hecho, la victoria de Ahmadinejad estuvo basada en su promesa de “traer las ganancias petroleras a la mesa familiar”. El todavía presidente no cumplió su promesa: golpeada por las sanciones internacionales –que han reducido sus ingresos en 65% y devaluado su moneda en 80%–, la economía iraní se encuentra en recesión. El desempleo ronda el 17% y la inflación llega (oficialmente) al 30% (60% en el caso de los alimentos). Se estima que el 40% de los iraníes vive por debajo de la línea de la pobreza.

Más allá de la relación con el “jefe” y el manejo de la economía, Rouhani tendrá que navegar las peligrosísimas aguas del poder político iraní. A los malabares que tendrá que hacer para equilibrar el triángulo Khamenei-Rafsanjani-Khatami se suma el manejo de los intereses de los cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, que han aumentado su poder político y económico con Ahmadinejad, y del ejército regular. Además, deberá controlar a la facción política que lidera Ahmadinejad, que aboga por un involucramiento cada vez menor de los clérigos en el gobierno.

En este sentido, quizá la mayor paradoja de la elección de Rouhani es que, como tituló The Economist, es “un triunfo para la República Islámica”. Ahmadinejad, han apuntado muchos analistas, terminará siendo extrañado por una gran cantidad de personas. Confundidos por su retórica incendiaria, muchos se olvidan que el aún presidente ha sido la mayor amenaza de las últimas décadas –de hecho es el único presidente civil en los últimos 30 años– al sistema teocrático iraní como lo concibió el fundador de la República Islámica, Ruhollah Khomeini. El triunfo de Rouhani, sobre todas las cosas, es el de la clase clerical sobre aquellos civiles que soñaron con arrebatarle el poder a los clérigos.

el programa nuclear

De cara al mundo, la elección de Rouhani es una bendición, excepto para los enemigos de Irán. Países como Israel –el único que ha criticado la elección– han sido desprovistos de una figura fácil de demonizar como Ahmadinejad, y ahora tendrán que lidiar con un Rouhani cuya bandera es el pragmatismo y la moderación, y del que, con certeza, no saldrá el tipo de comentarios que hacían de Ahmadinejad un favorito de los caricaturistas internacionales.

Se espera que las relaciones de Irán con el resto del mundo vayan cambiando gradualmente. Rouhani, por ejemplo, ha expresado un deseo de terminar con la “guerra fría” que los persas mantienen con Arabia Saudita por influencia en Medio Oriente. Se espera también que se reabra la Embajada británica en Teherán, clausurada desde 2011. Pero todo esto palidece en comparación con el tema que se ha convertido en el todo para la sociedad iraní: el programa nuclear.

Es imposible negar que la gran mayoría de los iraníes apoya el programa nuclear de su país. Sin embargo, el castigo económico y el aislamiento internacional al que la actitud del gobierno –Khamenei y Ahmadinejad– han sometido al país en los últimos ocho años han provocado la búsqueda de una manera distinta de llevar las negociaciones. Durante los debates presidenciales, Rouhani y otros candidatos atacaron duramente a Jalili, acusándolo de ser demasiado intransigente y no querer llegar a un compromiso. De ahí salió la famosa frase de Rouhani: “Está muy bien que las centrífugas sigan girando, pero solo si la economía gira también en la dirección correcta”.

Eso no significa, sin embargo, que Irán va a ceder completamente a la presión occidental. Con uno de los sentimientos de identidad nacional más antiguos y fuertes del mundo, es imposible pretender que los persas –sociedad y líderes– vayan a abandonar el programa nuclear. Además, la experiencia de Rouhani como jefe negociador iraní le ha enseñado varias lecciones. Durante su gestión tuvo lugar la primera suspensión de enriquecimiento. El gesto iraní no fue correspondido por las potencias, algo que trajo como resultado un sentimiento de humillación y debilidad nacional, y el consecuente ascenso de la facción más intransigente en este tema, cristalizado en el triunfo electoral de Mahmud Ahmadinejad en 2005.

En sus primeras pronunciaciones al respecto, Rouhani ha prometido más transparencia y colaboración con el Organismo Internacional de Energía Atómica. La pregunta que se hacen los expertos es si las potencias que negocian con Irán estarán listas para corresponder los gestos persas. La atención se centra, de manera obvia, en Estados Unidos (EU). Por lo pronto, el presidente Barack Obama ha recibido de buen grado la elección de Rouhani y ha vuelto a expresar cierto compromiso para seguir negociando. Pero las fuerzas antiiraníes en Washington son poderosas y está por verse si será posible sobreponerse a ellas. “A pesar de que la elección de Rouhani representa una oportunidad, apuesto a que EU e Irán encontrarán una manera de perderla nuevamente”, escribió Stephen M. Walt en su blog en Foreign Policy.

Gran parte del problema con Irán parece deberse a la actitud con la que las naciones occidentales entienden el país. “Muchos ´expertos´ en EU ya están interpretando la victoria de Rouhani como prueba de que la República Islámica está implosionando. De hecho, su victoria envía un mensaje muy distinto: ya es hora de que EU se ajuste a la realidad de República Islámica de Irán estable y políticamente dinámica”, escribieron Hillary Mann Leverett y Flynt Leverett en aljazeera.com. Y en palabras de la agencia Stratfor “el proceso electoral refleja la evolución política iraní. Aun alineada con las prerrogativas estatales, pero cambiando gradualmente con el sentimiento público, la undécima elección presidencial iraní es un ejemplo de por qué este régimen durará muchos años más”.

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