las vergüenzas de la ´guerra contra el terrorismo´, al descubierto

Torturamos Unidos

Un informe reciente reveló que 54 países de todo el mundo ayudaron a EU a interrogar y torturar sospechosos.

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Hace poco más de 10 años, el entonces secretario de Estado estadounidense Colin Powell se dirigía al Consejo de Seguridad de la ONU para convencerles de la necesidad de invadir Irak. Hacia el final del discurso, soltó una bomba. “Un terrorista de alto rango nos contó cómo Irak proporcionó entrenamiento en armas de destrucción masiva a Al Qaeda”, dijo, estableciendo el nexo entre el objetivo viejo y el nuevo, entre Osama y Sadam.

La información en la que Powell se basó para juntar a los dos demonios de la era neocon fue proporcionada por Ali Muhammed Abdul Aziz al-Fakhiri, mejor conocido como Ibn al-Sheikh al-Libi. Arrestado en Pakistán poco después del 11-S, al-Libi fue trasladado a Afganistán y finalmente a Egipto, donde confesó a la CIA que “tres miembros de Al Qaeda habían ido a Bagdad a aprender sobre armas nucleares”. La primicia subió las escaleras del poder y aterrizó en el discurso de Powell. Y no solo eso: apenas un mes después de esa intervención, Washington invadió Irak.

Red de gulags

El problema es que era mentira. En 2004, al-Libi admitió haber inventado todo para que no lo siguieran torturando. Al momento de la confesión, llevaba 17 horas en una pequeña caja de 50 cm x 50 cm y había sido repetidamente golpeado. El resto de su vida no fue mejor. De Egipto fue trasladado a Afganistán y, finalmente, terminó preso en Trípoli, donde fue encontrado muerto en su celda en 2009.

Lo que experimentó al-Libi desde su arresto hasta el último de sus días fue lo que en inglés se conoce como Extraordinary Rendition (entregas extraordinarias), en las que las personas son detenidas en un país y entregadas a otro Gobierno para ser interrogadas. Las entregas extraordinarias y las detenciones secretas (Secret Detentions) son solo dos de los programas que instituyó el Gobierno estadounidense tras declarar la Guerra contra el Terrorismo. Ambos involucraban la captura y desaparición de individuos, su traslado extralegal en vuelos secretos a sitios –también secretos– alrededor del mundo, y su detención, interrogación y tortura. En palabras del historiador estadounidense Greg Grandin, “la CIA convirtió a gran parte del mundo en un archipiélago de gulags”.

Hoy, más de una década después de la invasión a Irak, el informe Globalizing Torture (Globalizando la Tortura) de la ONG estadounidense Open Society Foundations nos ofrece el más completo retrato de la red de brutalidad que EU y 54 aliados –casi el 30% de los miembros de la ONU– tejieron alrededor del planeta.

Víctimas y cómplices

Además de exponer los detalles y la arquitectura del sistema, el informe es especialmente impactante por su énfasis en la tortura, una práctica que, además de ser ilegal e inmoral, es considerada por numerosos expertos como un método ineficaz para obtener inteligencia confiable.

Nada de eso importó, sin embargo, cuando en 2002 Mullah Habibullah murió “luego de un severo maltrato” bajo custodia de la CIA en Afganistán. Tampoco cuando Fátima Bouchar, capturada en 2004 en Kuala Lumpur, fue llevada a Tailandia, encadenada a la pared, maltratada y forzada a ayunar por hasta cinco días en pleno embarazo. O cuando Binyam Mohamed fue detenido en Pakistán y transferido a Marruecos, en donde sus interrogadores le daban palizas regulares y echaban líquido caliente sobre sus genitales mientras hacían cortes en ellos con un cuchillo. Ni cuando Gul Rahman amaneció muerto por congelación en Afganistán luego de que agentes de la CIA lo encadenaran desnudo al suelo de su celda en pleno invierno. Y así, el informe cuenta la historia de 136 individuos –muchos de ellos inocentes– que vivieron en sus carnes la campaña internacional de torturas más grande que se recuerde. El mes pasado se reveló que al menos 20 de esos individuos siguen desaparecidos.

Los 54 Estados que colaboraron con EU lo hicieron de diversas maneras. Algunos, como Bélgica o Portugal, apenas permitieron el uso de sus aeropuertos o espacios aéreos para el transporte de detenidos. Otros, como Macedonia o Georgia, detuvieron y entregaron sospechosos a la CIA. Hubo quienes, como Canadá, proporcionaron información que luego fue usada por la CIA para capturar, entregar o interrogar sospechosos. Entrando en las tinieblas, hubo quienes permitieron el establecimiento de prisiones secretas en sus territorios, como Polonia o Tailandia. Y, finalmente, hubo quien torturó, como Zimbabwe o Etiopía. En una trágica ironía, la mayoría de las veces fueron musulmanes torturando a sus correligionarios –como en Egipto o Pakistán– en nombre de un gobierno occidental.

Quizá por encima de todo, sorprende la facilidad con la que las democracias más avanzadas del planeta se aliaron con las dictaduras más represivas para violar todas las leyes nacionales e internacionales que se puedan imaginar. “La responsabilidad no recae solamente sobre EU”, escribió Amrit Singh, autora del reporte, “sino también sobre todos los gobiernos sin cuya participación esto no podría haberse llevado a cabo”.

¿Y Obama, qué?

La mayor parte de los abusos fueron cometidos por la administración de George W. Bush. Sin embargo, el informe expone claramente cómo el gobierno de Barack Obama ha hecho poco o nada para corregir el rumbo. Poco después de tomar posesión, Obama prohibió la tortura, cerró las prisiones secretas y creó un comité para investigar el asunto. El Presidente, no obstante, no prohibió las entregas extraordinarias, que siguen dándose, y sigue amparándose en “garantías diplomáticas” de ciertos países que aseguran que no torturarán a los detenidos. En una de sus decisiones más controvertidas, Obama decidió no iniciar procesos legales contra los responsables de las torturas con la excusa de “mirar hacia adelante, no hacia atrás”. Y los informes gubernamentales sobre el tema siguen clasificados y, por ende, alejados del conocimiento público.

A pesar de la pasividad de la justicia estadounidense, existen signos esperanzadores en otros países. Hasta ahora, solo una de las 54 naciones involucradas –Canadá– ha admitido su culpa. Tres países más –Suecia, Australia y el Reino Unido– han pagado compensaciones a sus víctimas. De manera similar, la Corte Europea de Derechos Humanos decretó en 2012 que Macedonia había violado la Convención Europea de Derechos Humanos al entregar a Khaled El-Masri a la CIA. Más recientemente, una corte italiana sentenció a varios exmiembros de su servicio de inteligencia –y a algunos agentes de la CIA– a más de 10 años de prisión por la captura del egipcio Abu Omar en Milán en 2003. Por último, distintos casos contra Polonia, Lituania, Rumanía, Djibouti, Egipto y Hong Kong se encuentran actualmente en consideración ante distintas cortes. “La complicidad de 54 países nos da al menos 54 maneras de buscar justicia para estos atropellos”, escribió David Cole, corresponsal de asuntos legales de la revista The Nation.

En sus escritos, Tucídides narró el camino que llevó a la decadencia de Atenas. La expansión territorial la llevó a establecer una tiranía sobre los demás que, finalmente, terminó imponiendo a sus propios ciudadanos. En 1901, un oficial estadounidense fue sentenciado a 10 años de trabajos forzados por torturar –mediante el “submarino” o waterboarding– a un prisionero filipino. Cien años después, fueron los más altos oficiales de la Casa Blanca quienes aprobaron su práctica. Y hoy, el flamante jefe de la CIA, John Brennan, se niega a catalogar el “submarino” como una forma de tortura. “¿Qué pensar de una sociedad en la que los estándares éticos y morales con los que trata a sus prisioneros van en reversa?”, se preguntó en un ensayo reciente el periodista Nick Turse.

“Los estadounidenses”, publicó el diario francés La Liberté en 1932, “son la única raza que pasó directamente del barbarismo a la decadencia, sin conocer la civilización”. Curiosa evolución la de un país cuyo primer presidente advirtió a sus compatriotas de “los males de la intriga extranjera y las imposturas del patriotismo fingido”, y que ahora produce millonarias apologías de la tortura, como la reciente Zero Dark Thirty, que compite por el Oscar a la mejor película del año. Un Oscar entregado, irónicamente, por la esposa del Presidente.

Latinoamérica, a salvo

Basta una mirada al mapa para darse cuenta de que ni un solo país de lo que solía llamarse “el patio trasero” de Washington colaboró–al menos según el informe–en la detención, interrogación, encarcelamiento o tortura de sospechosos.

El hecho llama poderosamente la atención. Si bien es verdad que Washington goza de importantes aliados en la región, quizás la clave resida en la turbulenta relación histórica de EU con la mayoría de los países de Latinoamérica. Para cuando cayó la URSS, cientos de miles de latinoamericanos habían sido asesinados, desaparecidos, encarcelados o torturados por dictaduras o guerrillas apoyadas–directa o indirectamente–por EU. Tres de esos individuos, José Mujica, Dilma Rousseff y Daniel Ortega, hoy presiden, respectivamente, los Gobiernos de Uruguay, Brasil y Nicaragua.

Más allá de la historia, EU intentó enlistar a Latinoamérica en su proyecto. Un cable de Wikileaks de 2005 revela, por ejemplo, que el gobierno de Lula da Silva rechazó “múltiples peticiones” de Washington para albergar prisioneros de Guantánamo. Según el cable, el gobierno de Lula consideraba el tema como una burla al derecho internacional. “Todos los intentos de discutir este tema fueron rechazados”, concluyó el cable.

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