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RÉGIMEN TOTALITARIO en cuba

55 aniversario de una de las dictaduras más longevas

´Nadie hay más consciente del fracaso de la revolución que los propios cubanos, que sufren la dictadura más longeva del planeta después de la de Corea del Norte´.
Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.
Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.

magine por un minuto haber sido sorteado en la lotería de la vida para nacer en Cuba. Usted tendría 50 años de edad. Pero sólo conocería un apellido como sinónimo de “presidente”: Castro. Y si tuviera 51, 52, 53, 54, 55, 60 o 65 años sería igual: nunca hubiera podido votar para elegir a sus gobernantes y la palabra “Castro” sería más familiar para usted que su mamá.

Solo reflexione un minuto: ¿estaría a gusto en un país donde Ricardo Martinelli, Ernesto Pérez Balladares, Arnulfo Arias, Guillermo Endara, Mireya Moscoso o Martín Torrijos hubieran estado en el poder, por propia decisión, durante más de medio siglo? Hacerse la pregunta equivale a respondérsela.

El 1 de enero pasado, la dictadura comunista cumplió 55 años en Cuba. No hay mucha novedad para decir sobre el régimen totalitario que mantiene desde 1959 un sistema de partido único, en el que nadie puede decir nada en contra de los que mandan porque va preso y es torturado física y sicológicamente por hacerlo, donde no hay separación de poderes, donde no hay jueces independientes, donde no existen las garantías individuales y donde, por cierto, no hay prensa libre.

La enorme mayoría de los poco más de 11 millones de cubanos (los de 60 años para abajo, digamos) solo saben que en la Presidencia del país siempre hay un Castro: Fidel, durante 49 años ininterrumpidos, y Raúl, desde 2008. Fidel se colocó en ese lugar y se hizo designar una y otra vez por la parodia de cuerpo elector que impera en Cuba hasta que se enfermó. Raúl tuvo un solo “elector”: lo puso Fidel para que a nadie se le ocurriera la locura de virar hacia la democracia. Es decir, la “pluriporquería”, como la bautizó el anciano déspota.

Cuando se abran las puertas de la gran cárcel en que los Castro han encerrado durante tanto tiempo a un poco más de 11 millones de personas, con el cuento del “hombre nuevo” que es cada vez más viejo, pobre y atrasado en esa isla del terror, toda la basura saldrá a luz. La misma basura que salió a luz cuando pasaron a mejor vida los Stalin, los Hitler, los Honecker, los Mussolini, los Pinochet y los Ceausescu.

La basura que producen todos los que han creído a lo largo de la historia que serían inmortales y que, eternamente, podrían imponer su voluntad omnímoda y supuestamente todopoderosa sobre los demás seres humanos. Los que se han creído “iluminados”, los que, en nombre del “pueblo” lo han pisoteado, lo han despojado de todos los derechos y se han valido de él con el único propósito de vivir sus propias vidas a sus expensas, sin soltar nunca el poder ilegal e ilegítimo que detentan.

El domingo 5, el diario El País de Madrid, afín a la “izquierda” española –que, por cierto, poco tiene que ver con la mayoría de la “izquierda” latinoamericana–, recordó en ocasión del 55 aniversario de la dictadura que el Castro que ahora funge de presidente (Raúl) “quiso alertar a sus compatriotas del gran peligro que les acecha: una ´campaña de subversión político-ideológica´ orquestada ´por poderosas fuerzas dentro y fuera´ de la isla, con el objetivo de desmantelar el régimen, ´negar la vitalidad de los conceptos marxista-leninistas´ y sembrar ´pesimismo con respecto al futuro´”.

El País fue contundente. “Nadie hay más consciente del fracaso de la revolución que los propios cubanos, que sufren la dictadura más longeva del planeta después de la de Corea del Norte. Pero el discurso sirvió para poner de manifiesto, una vez más, el cinismo de unos dirigentes parapetados en una retórica hueca”, dijo.

Algunos datos dejan en evidencia el absoluto fracaso de una revolución que entusiasmó a mucha gente de bien a comienzos de los 60 (derribó una dictadura militar y prometió un “hombre nuevo”), pero que ya es cualquier cosa menos una luz de esperanza.

Cincuenta y cinco años después, Cuba no tiene más remedio que importar la mayor parte de los alimentos que consume la gente. Además, no se ha hundido del todo porque el régimen chavista en Venezuela se encarga de auxiliarlo con una regaladera permanente de petróleo. El régimen nunca dependió de sí mismo para mantenerse a flote. Hasta la implosión de la Unión Soviética a fines de los 80 y comienzos de los 90, Moscú transfirió a La Habana 65 mil millones de dólares. El país está en quiebra por donde se lo mire y Raúl Castro anuncia “actualizaciones” en el modelo que, en esencia, maquillan la situación pero no cambian nada.

Ahora, hay cubanos que pueden comprar y vender casas y automóviles (adviertan el “gran avance”). Cuba tiene 440 mil empleados públicos y, como está en bancarrota, debe reducir la plantilla. ¿Pero a dónde irían a trabajar los que quedaran desocupados si el salario mensual no supera las 20 dólares? Sí, 20 dólares por mes.

No se sorprenda: así viven nuestros hermanos cubanos desde que el dictador Castro puso en marcha su plan para crear al “hombre nuevo”. Pues, quizá lo creó: pobre de solemnidad, resignado a su suerte, castrado mentalmente, frustrado, sin iniciativa y, ni qué hablar, sin el más mínimo espíritu emprendedor en un régimen que considera a la empresa privada como la encarnación de Satanás.

Yoani Sánchez, la corajuda bloguera que desafía al régimen desde su humilde sitio en internet, escribió sobre el miedo de los cubanos. Cuando 2013 finalizaba, decenas de comerciantes de La Habana esperaban que antes del 31 de diciembre el “reformador” Raúl Castro les permitiera seguir sus negocios de venta de productos importados. Básicamente, ropa y otros accesorios.

“En los portales donde antes batían los percheros mostrando camisetas, pantalones y prendas infantiles, ya no queda nada. Las salas convertidas en probadores desaparecieron y también los puestos que hasta la semana pasada ofrecían gafas de sol o esponjas para fregar. Ni un solo vendedor ha desafiado lo orientado, ninguno ha mantenido su puesto abierto”, dice Sánchez.

El temor al régimen manda. “Tampoco ha habido congregaciones sindicales para reclamar una indemnización por las inversiones perdidas ni protestas exigiendo un permiso que cubra la actividad de comerciante. Ni siquiera los frecuentes compradores han elevado su voz, en solidaridad, con quienes les suministraban productos más baratos, modernos y variados que las tiendas estatales. Todos han callado”, explica la bloguera.

Sánchez concluye: “El motivo real para tal mansedumbre es el miedo a encarar con sus demandas al poder”. Ante ese panorama, provoca vergüenza ajena observar cómo, cada tanto, los autodenominados “izquierdistas” latinoamericanos (y, también, de otras regiones del mundo) llegan a La Habana para rendirle pleitesía a los dictadores. Se arrodillan ante ellos, les besan las manos y los elogian, mientras se niegan a recibir a unos pobres y valientes desgraciados que, afuera de los palacios donde residen los déspotas, claman por ser, al menos, escuchados.

A pesar de todo lo dicho, La Habana es, aún hoy, La Meca de la “izquierda” latinoamericana (o del otro nombrete con el que se autodefinen ahora: “progresistas”).

Lo que, en algún sentido –y sólo en algún sentido– llama la atención es que una nada despreciable cantidad de esos adulones que se afanan por llegar lo antes posible a lambetear a dictadores sean tan “firmes” a la hora de juzgar a otros dictadores. Para estos, todo el rigor de la ley, de la no ley, del desprecio social y de lo que sea; para los dictadores cubanos, nada.

Incluso nada de parte de aquellos que sufrieron en carne propia un régimen dictatorial y vuelven el rostro ante el sufrimiento de otros seres humanos que carecen, ¡desde hace 55 años!, de todos los derechos y garantías.

Es que la gigantesca hipocresía y cobardía de la “izquierda” latinoamericana de hoy obliga a hacer la fila del besamanos de los Castro para mantener “la marca”. Alguien que quiere que lo identifiquen como un hombre o una mujer “de izquierda”, en América Latina tiene que pasar por La Habana. Allí los Castro tienen el imprimátur.

Si los alcahuetean un poco –y esto significa dejarlos tranquilos en los organismos internacionales de derechos humanos, no acusarlos por la infinidad de crímenes y latrocinios en que han estado directamente involucrados por más de medio siglo y, por supuesto, no decirles que son dictadores–, los Castro entregan el sello de “izquierdista”.

Con él a cuestas, los “izquierdistas” regresan a sus países, muestran el sello, posan de “izquierdistas” y, en algunos casos, hasta son electos como tales, aunque después apliquen las políticas que ellos llaman “de derecha” cuando las hacen otros sin sello habanero. La historia no los absolverá. Tampoco a ellos.

Un tal Eugenio Martínez, embajador de Cuba en Madrid, escribió una respuesta a El País para hacer méritos ante los dictadores que, a dedo, lo pusieron allí –como a todos sus colegas– a disfrutar de la buena vida a costillas de los desvencijados bolsillos de los cubanos. El tal Martínez publicó su contestación en un medio digital cubano que, irónicamente, se llama Cubadebate. ¿Cómo “debate” Cuba si el debate está prohibido?

Diplomático al fin, el tal Martínez dijo que la definición del diario en cuanto a que el régimen es “un fracaso” y a que los dictadores son “cínicos” es algo que “no se corresponde con la realidad”. Por supuesto: se trata de mucho más que un problema de “fracasos” o “cinismos”. La existencia de la dictadura cubana es una afrenta para la Humanidad y la comunidad internacional debería ayudar a sus 11 millones de prisioneros a encontrar la libertad que los opresores les niegan.

Por cierto, el tal Martínez habló del “bloqueo” de Estados Unidos, de la maravilla que es su país en materia de salud y de educación, de las “mentiras” de El País y de la “ética” de sus mandantes (los Castro). Toda la monserga del libreto de siempre.

Ya no importa, Martínez. Todos se dieron cuenta hace rato de la infame dictadura que usted representa. Y no se equivoque, Martínez: se dieron cuenta incluso los cobardes que todavía se arrastran ante sus jefes pero que, una vez estos desaparezcan y con la misma cobardía, se “sorprenderán” con los “descubrimientos” que empiecen a ser publicados sobre el régimen más totalitario de América Latina. Y sumarán sus voces, hipócritamente, al coro del repudio.

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