EL FUTURO DEL ÁRTICO, CUARTA PARTE

La era del deshielo

La desaparición del hielo ártico podría ser el evento geopolítico más importante desde la apertura del Canal de Panamá. Lastimosamente, nuestro país no parece estar preparado para las consecuencias.

Hace poco más de un mes, el presidente ruso, Vladimir Putin, sostuvo una reunión con el liderazgo militar del país. Su mensaje fue simple: las Fuerzas Armadas debían convertir en prioridad el reforzamiento de su capacidad en el Ártico. “Rusia está explorando más activamente esta región –declaró–, está regresando a ella y debemos tener todos los mecanismos necesarios para la protección de nuestros intereses nacionales allí”. Tras la reunión, el ministro de defensa, Sergei Shoigu, ordenó la confección de un plan –presentado el 25 de diciembre– para mejorar las instalaciones y regular los despliegues militares en la región.

La reunión del 10 de diciembre entre el líder ruso y sus comandantes militares es apenas la punta de un enorme iceberg cuya base es, indiscutiblemente, la íntima e intensa relación que mantiene Rusia con su región ártica, que representa el 21.6% de su territorio y en donde residen 2.3 millones de sus ciudadanos. Sobre eso se edifica una realidad geopolítica que convierte al gigante euroasiático en el actor principal de los asuntos del techo del mundo.

Este polo es mío

La superioridad rusa en el Ártico ya es una realidad. Su flota de rompehielos es, con diferencia, la mejor del mundo. Su sistema de navegación satelital (GLONASS) es mucho más preciso en regiones polares que su contraparte estadounidense (GPS). Sus submarinos están más preparados para operaciones árticas que los de cualquier otro país, y dos tercios de sus fuerzas navales están basadas en la región. Eso, por supuesto, incluye a su Flota del Norte, la unidad más grande y mejor equipada de su Armada. “Ningún otro país –opinó un prominente analista ruso– posee, ni de cerca, el know-how y las capacidades que Rusia posee en el Ártico”.

Pero el creciente ritmo de militarización regional muestra que para el Kremlin el balance de poder actual no es suficiente. En la reunión con los uniformados, Putin agradeció la reapertura de una antigua base soviética en las islas Novosibirsk y anunció la apertura de más instalaciones. Durante el mes de octubre, unidades de asalto y transporte aéreo realizaron ejercicios militares, mientras que las fuerzas especiales completaron sus primeros entrenamientos de guerra ártica. Y en septiembre, la Flota del Norte, basada en Severomorsk, recorrió más de 3 mil 200 kilómetros en menos de una semana, transportando 8 mil 500 toneladas de material, para construir –en menos de un mes– un aeropuerto en la isla Kotelny. Para 2020, Moscú planea desplegar una fuerza combinada –militar, fronteriza y de guardia costera– en la región, e incluso ha considerado colocar aviones caza MiG-31 en la base aérea de Rogachevo, en la isla de Novaya Zemlya.

La Rusia marinera

El ímpetu con el que Moscú está estableciendo su dominio en la región proviene de las profundidades de su situación geopolítica. Lo que a primera vista podría resumirse como “explotación de hidrocarburos y apertura de rutas marítimas” va, en realidad, muchísimo más allá. El recalentamiento ártico desbloquearía una serie de mares –mar Blanco, de Kara, de Laptev y de Siberia Oriental– hacia donde fluyen todos los grandes ríos siberianos. Eso, escribió Robert D. Kaplan en The Revenge of Geography, “desencadenaría el potencial económico de la región”.

Pero hay algo más importante aún: el deshielo haría desaparecer al único obstáculo que separa a Rusia de los grandes océanos del mundo. “Si la capa de hielo perdiera su importancia como barrera natural”, avisó un informe del Center for Security Studies del ETH Zúrich, “las ambiciones marítimas rusas se verían enormemente estimuladas”. El acceso al Ártico, escribió Arbakhan Magomedov en el Russian Analytical Digest, “podría convertir a Rusia en una potencia naval”. En definitiva, como escribió otro analista, “Rusia es el único país con capacidad de proyectar poder en la región, tiene la voluntad política y los recursos financieros para respaldar sus reclamos bajo la ley internacional y ha demostrado, además, que posee capacidades militares y tecnológicas únicas”. Su avance, por ende, es lógico e inevitable.

Para Moscú, cualquier posibilidad de alcanzar el estatus de potencia naval pasa por convertir al Ártico en su mare nostrum. Y ese escenario, a su vez, iría frontalmente contra los intereses de la potencia que controla –aunque cada vez menos– la totalidad de los océanos del mundo: Estados Unidos (EU). Según los estadounidenses, el tema –como casi todos– gira en torno a la “libertad”, en este caso de navegación. Tener rutas marítimas “accesibles y abiertas” es vital ya que son las “arterias de la economía estadounidense y global”, en palabras del Instituto Finlandés de Estudios Avanzados. Pero eso no es todo. En su informe, el think tank finés también las describe como “facilitadoras clave de la proyección de poder militar” estadounidense. En pocas palabras: adiós libertad. Bienvenidos a la realpolitik.

De canales y otras rutas

Para poder en-

tender la dimensión geoestratégica del deshielo ártico, es necesario poner ciertas cosas en contexto. En primer lugar, no es la primera vez que la región adquiere importancia estratégica. Durante la Guerra Fría, las Armadas de ambas superpotencias escondían sus submarinos bajo la gruesa capa de hielo. Asimismo, la ruta más corta entre ambos países –para misiles balísticos– cruzaba el Polo Norte.

Tampoco sería la primera vez que se rompe el aislamiento de un mar interior o que distintas potencias luchan por el control de las vías marítimas. Es fácil olvidar, por ejemplo, que hasta 1869 el mar Mediterráneo tenía un único punto de entrada –el estrecho de Gibraltar– y que los barcos debían rodear África –o Suramérica– para llegar a Asia. La apertura del Canal de Suez lo cambió todo, convirtiendo a los mares Mediterráneo y Rojo en antesalas al océano Índico, acortando la travesía euroasiática en más de 6 mil kilómetros y –entrando a la realpolitik– afianzando el control militar y comercial europeo sobre el continente asiático.

La verdadera revolución, sin embargo, llegaría 45 años después. Hasta 1914, EU había sido un país orientado hacia Europa. La apertura del Canal de Panamá, que acercó las costas estadounidenses en más de 8 mil kilómetros, tuvo el efecto de “girar al país entero sobre su propio eje”, como lo describió el académico de Yale Nicholas J. Spykman. De la noche a la mañana, observó, Nueva York estaba más cerca de Shanghai que Liverpool.

Ese giro, por supuesto, no llegó de casualidad. Para finales del siglo XIX, las ideas de un hombre, el almirante Alfred Thayer Mahan, habían establecido el rumbo de la geoestrategia estadounidense (y lo hacen hasta hoy). Para comienzos de 1898, antes del inicio de la guerra hispano-estadounidense, Mahan ya había advertido que las potencias europeas buscarían establecer bases navales en el Caribe que les permitieran controlar las rutas hacia el istmo. Las ideas de Mahan tuvieron una profunda influencia en Theodore Roosevelt, que como presidente comprendió que el futuro geopolítico de su país pasaba por el dominio completo del hemisferio. Para eso, el primer y fundamental paso era convertir el Caribe en el mare nostrum estadounidense. Lo que siguió –de la doctrina Monroe a la apertura del Canal, pasando por nuestra separación de Colombia– fueron, simplemente, los pasos necesarios para concretar esa idea. Controlando el Caribe, Washington se adueñó del hemisferio occidental.

Enmarcando el debate

“Si las profecías de un Ártico sin hielo se cumplen, el mundo verá la transformación geopolítica más amplia desde la apertura del Canal de Panamá”, escribió James Holmes en Foreign Policy. Para Holmes, hasta un acceso parcial y episódico al Ártico “añadiría un vector norte al cálculo estratégico de las naciones marineras”. Al mirar al norte, concluyó, esas naciones verán “la aparición intermitente de un mar mediterráneo –un cuerpo de agua casi o enteramente rodeado de tierra– en lo alto del mundo”.

¿Qué efecto tendría esa “aparición intermitente” en el mundo que conocemos? Para contestar esa pregunta, es necesario volver a la geoestrategia estadounidense. EU, como se mencionó, domina por completo el hemisferio occidental de la Tierra. La geografía y otros factores le han permitido obtener esa (privilegiada) posición. Y sin embargo, el hemisferio occidental es poco más que una masa de tierra periférica al verdadero centro del mundo, el lugar donde vive la mayor parte de la humanidad y donde se encuentran la mayor parte de las riquezas del planeta: el hemisferio oriental, y más concretamente la masa euroasiática.

Para entender la geopolítica de Eurasia es necesario conocer las ideas de otro gran estratega, el geógrafo británico sir Halford Mackinder. Estudiando la historia, Mackinder había reconocido cómo las potencias navales habían dominado siempre el mundo. Pero, ¿qué pasaría si una potencia se basara en tierras inaccesibles al poder naval? Para el británico, una potencia terrestre originada en el corazón de Eurasia –lo que llamó heartland, entre los ríos Volga y Yangtze, y entre los Himalayas y el Ártico– podría llegar a dominar la “isla mundial” –Europa, Asia y África– y, a través de ella, el planeta entero.

Sabiendo eso, es fácil deducir la geoestrategia estadounidense. Basado en su dominio hegemónico del hemisferio occidental, Washington puede (y debe) prevenir la materialización de la teoría de Mackinder: la formación de una potencia hegemónica en el hemisferio oriental. “Para EU –escribió Zbigniew Brzezinski– Eurasia es el mayor premio geopolítico”.

Como potencia naval, Washington debe parte de su geoestrategia al almirante Mahan, que entendió que el dominio de los océanos era el dominio del mundo. Pero para responder al desafío euroasiático, la estrategia estadounidense se fundamenta en las ideas de Spykman. Para él, la clave para el dominio mundial no residía en el control del corazón euroasiático sino de lo que él denominó rimlands, o las tierras entre el heartland y los océanos. Spykman halló que cualquier potencia naval que aspirara a dominar el mundo –como lo hizo Gran Bretaña y ahora lo hace EU– debía “rodear marítimamente la masa euroasiática”. Washington, al proyectar su influencia y poder sobre las rimlands en la península europea; la región Medio Oriente; las “tierras monzónicas” del sur y el sureste asiático; y el Lejano Oriente, ha prevenido la formación de una potencia hegemónica en el hemisferio oriental. Cuando se ha alejado de esta sabiduría –Corea, Vietnam, Irak, Afganistán– lo ha pagado caro. Como dijo el general Douglas Mac Arthur, “nunca pelees una guerra terrestre en Asia”.

El Ártico y el futuro de todos

En este contexto, el deshielo ártico abre toda una serie de posibles escenarios. La Guerra Fría tuvo la particularidad de enfrentar a dos potencias de naturaleza opuesta: una eminentemente naval y otra eminentemente terrestre. Ahora, Rusia podría añadir una dimensión naval a su tradicional preponderancia terrestre, precisamente lo que estuvo buscando por siglos. Y sin embargo, ese mismo desbloqueo convertiría al Ártico en un rimland más desde el que proyectar poder hacia el corazón ruso. “Moscú –escribió Holmes– podría irradiar poder hacia afuera, pero tendría que defenderse de potencias navales en su flanco ártico. El debate entre Mackinder y Spykman se reanudaría”.

De la resolución de ese debate depende el futuro de todos. Rusia y China –ambas potencias terrestres– se encuentran encaminadas a convertirse en potencias navales, con el Ártico y el mar del Sur de China como sus respectivos mare nostrum. En el caso ruso, Putin se está encargando de que la tendencia sea irreversible. La manera como Washington, que aún cuenta con una superioridad militar aplastante, reaccione a estos y otros cambios –lo que Fareed Zakaria ha llamado “el ascenso de los demás” o el “mundo post-estadounidense”– será el factor que marcará el futuro balance de poder del planeta.

¿Y Panamá? Como parte del “círculo cero” de la geoestrategia estadounidense, nuestro margen de maniobra es poco. Sin embargo, nuestro país no parece preparado de ninguna manera para el deshielo ártico. Desde el punto de vista estratégico, una evaluación rigurosa de los riesgos y escenarios nos ayudaría a identificar potenciales aliados y competidores y, por ende, a planear medidas de protección de nuestro canal. Para eso, por supuesto, sería vital establecer canales de información confiables y seguros. En lo comercial, podríamos seguir el ejemplo de países como Singapur o Turquía que, al controlar puntos clave del comercio marítimo– ya forman parte del Consejo Ártico. Incluso podríamos colaborar a nivel científico con las naciones –árticas o no– que están estudiando el fenómeno in situ.

Suele decirse de Pakistán que es un ejército con un país y no lo contrario. De muchas maneras, lo mismo podría decirse de Panamá y su Canal. E increíblemente, mientras el cambio geopolítico más importante de los últimos 100 años empieza a desarrollarse, nuestro país sestea. El deshielo ártico es crucial para Panamá porque, aun si las peores predicciones son ciertas, el nivel de las aguas subirá y tendremos que buscar dónde vivir. Sea por el Canal o sea por la vida de nuestros hijos y nietos, no podemos permitirnos la indolencia de siempre. No hay excusa para no conocer el deshielo de primera mano.

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