EL ESTADO ISLÁMICO, PRIMERA PARTE

Las maras del mundo suní

Desde el punto de vista social, grupos como el Estado Islámico son al mundo suní lo que las maras a los países centroamericanos.

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De la intimidad de nuestros computadores a los salones de la cumbre de la OTAN en Gales, el autoproclamado “Estado Islámico” (IS, por sus siglas en inglés) sigue muy presente en la conciencia global. Sus impresionantes avances militares –ante ejércitos regulares y grupos rebeldes por igual– lo han llevado a controlar un área mayor que la del Reino Unido y una población más numerosa que la de Panamá. La publicación, el pasado martes, de un video mostrando la ejecución de otro periodista –el estadounidense Steven Sotloff– habla de un grupo que comprende, quizá mejor que nadie, cómo aprovechar la combinación de símbolos, violencia y tecnología –el terrorismo como espectáculo– en las guerras modernas.

Y su casi inimaginable brutalidad, intolerancia e intransigencia nos enfrentan con un movimiento que se rige exclusivamente por sus propias reglas, que no entiende de negociaciones ni términos medios y cuya ambición no tiene límites. “Siria no es para los sirios, e Irak no es para los iraquíes. La Tierra es de Alá”, dijo el líder del IS, Abu Bakr al Baghdadi, a finales de junio.

Para entender al IS es necesario partir de dos ideas básicas. Primero, que el grupo debe gran parte de su estatura global a un excelente trabajo mediático. En otras palabras, el mundo está horrorizado simplemente porque nadie había sido tan sofisticadamente brutal y tan brutalmente sofisticado hasta ahora.

Y en segundo lugar, que el IS no es producto del azar sino la culminación de dos procesos –uno social y uno ideológico– que convergieron en el escenario de Iraq-Siria y que identificaremos con dos personajes concretos: Abu Musab al-Zarqawi (1966-2006), fundador de la organización que se convertiría en el IS; y Muhammad ibn Abd-al-Wahhab (1703-1792), un teórico religioso musulmán del siglo XVIII.

Al mezclar estos ingredientes, el resultado es un grupo militante con un alcance –ideológico y operacional– mucho más limitado de lo que sus logros mediáticos y militares sugieren.

Los hijos de Zarqawi...

Comencemos por Abu Musab al-Zarqawi. A diferencia de los hombres ricos y educados que fundaron Al Qaeda (AQ), Zarqawi era un criminal jordano –hasta 37 incidentes con la policía– con problemas de alcoholismo que fue radicalizado durante su estadía en prisión y viajó a Afganistán en numerosas ocasiones en la década 1989-1999. Esta distinción es fundamental para entender no solo la arrogancia, brutalidad e inclinación sectaria de sus discípulos y herederos, sino también las tensiones que marcaron –y marcan– su relación y la de sus seguidores con el liderazgo de AQ.

Una golondrina, sin embargo, no hace verano. La semilla de Zarqawi necesitaba de un suelo fértil para germinar, algo que terminó encontrando en Irak. Allí llegó poco después de la invasión estadounidense a Afganistán (2001), y allí su primer “bebé”, Jama´at al-Tawhid wal-Jihad (JTJ) comenzó a recorrer un camino que conduce hasta nuestros días. La historia de cómo JTJ evolucionó hasta convertirse en el IS fue contada en un Periscopio anterior (“Irak y el califato de Ibrahim”, La Prensa, 6/VI/2014); aquí, lo importante es comprender por qué el veneno de Zarqawi obtuvo en Mesopotamia el éxito que le fue negado en tierras afganas.

La circunstancia de fondo es la destrucción del Estado iraquí, fundado como un reino en 1932 y convertido en república en 1958. Sin entrar a discutir las dinámicas internas del régimen de Saddam Hussein (1979-2003), nadie se atreve a dudar que el colapso iraquí se aceleró con las sanciones internacionales de la década de 1990 y culminó con la invasión estadounidense de 2003. Las sanciones aplastaron la economía del país, mientras que la intervención militar destrozó su aparato gubernamental.

Con Saddam cayó el secularismo y el dominio de la minoría suní sobre la mayoría chií. Lo que siguió, naturalmente, fue una cruel guerra civil dominada por la narrativa religiosa. Esto hizo que las milicias yihadistas –como JTJ, que para 2004 ya se llamaba Al Qaeda en Irak (AQI)– asumieran el liderazgo del bando suní, fortaleciéndose con la inclusión de antiguos oficiales del régimen –condenados al ostracismo por los estadounidenses– y el apoyo de los jeques de las tribus suníes más poderosas.

Cuando la intensidad de la guerra bajó, los jeques lanzaron el llamado “despertar suní”, un movimiento que arrancó la resistencia de manos de AQI y otros yihadistas. Los jeques, sin embargo, mantuvieron vivos a los herederos de Zarqawi –llamados Estado Islámico de Irak (ISI) desde 2006–, conscientes de que la retirada estadounidense podría volver a encender el conflicto con los chiíes.

La situación adquirió una dimensión completamente nueva con el colapso del vecino Estado sirio en 2011. Al igual que Irak, Siria había estado gobernada por una dictadura secular –y hereditaria– perteneciente a una minoría etnorreligiosa. Los yihadistas, que se habían curtido enfrentando a las tropas aliadas en Irak, cruzaron la frontera para aplicar sus conocimientos en una guerra mucho más pareja.

Entre ellos se destacaba Jabhat al Nusra (JN), el brazo sirio del ISI, que atrajo a lo mejor del yihadismo sirio e internacional. Tal fue su éxito que los comandantes del ISI, temerosos, decidieron absorberlo dentro de un nuevo grupo llamado Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS). La resistencia de los líderes de JN a esta decisión originó una disputa que desembocó en el rompimiento oficial del ISIS con AQ.

Firmemente establecido en Siria, el ISIS giró su mirada hacia Irak, donde los miedos de los jeques –el sectarismo del gobierno chií del primer ministro Nouri al Maliki– se habían cumplido. El resto, como se dice, es historia.

El punto central de los párrafos anteriores es demostrar que –más allá de la proveniencia de sus ideologías– la formación y el mantenimiento de grupos como el IS es posible casi exclusivamente en sociedades destrozadas. Estudios a los más altos niveles han encontrado que los ejes impulsores de la radicalización suelen ser la indignación moral, la alienación social, la presión de grupo y la búsqueda de nuevas identidades, de sentidos de pertenencia y propósito.

En 2008, un reporte del MI5 –la inteligencia interna británica– notaba que “lejos de ser fanáticos religiosos, una gran parte de los involucrados en terrorismo no practican su fe con regularidad. Muchos carecen de educación religiosa y podrían ser considerados novatos”. (Los analistas concluyeron, de hecho, que “una identidad religiosa bien establecida sirve como protección ante la radicalización violenta”).

Desde el punto de vista social, entonces, grupos como el IS son al mundo suní lo que las maras a los países centroamericanos.

...y de Washington

Pero, como dice el modismo inglés, queda un elefante en la sala. Y no es cualquier elefante, sino el más grande del planeta: Estados Unidos (EU). Entender el colapso del Estado iraquí y la formación y desarrollo del IS es imposible sin incluir las decisiones estadounidenses en la llamada –y ya fracasada– Guerra Global contra el Terrorismo (GGCT).

Lo primero que debe decirse es que la brutalidad exhibida por las maras suníes es, en palabras de Chris Hedges, “el resultado de años, e incluso décadas, de la violencia sin sentido, la represión brutal y la humillación colectiva que EU le ha causado a otros”. ¿Cuán distintas, después de todo, son las imágenes producidas por el IS de las fotos de Abu Ghraib, o de los videos que muestran helicópteros asesinando civiles en Bagdad y soldados orinando los cadáveres de insurgentes en Afganistán; o de las fotos de miembros de cuerpos humanos traídos a EU como trofeos por sus soldados?

Los estadounidenses, escribió Hedges, “solo vemos la pirotecnia final del terror, el momento traumático en el que la rabia erupciona en la muerte de inocentes. Tozudamente ignorantes, seguimos sin comprender nuestra propia complicidad, condenando farisaicamente a los asesinos como salvajes subhumanos que merecen más de la violencia que los creó”.

Los grupos como el IS, de hecho, son creaciones estadounidenses en más de una manera. “Podrán ser nuestra peor pesadilla, pero son también nuestro legado”, escribió Tom Engelhardt recientemente.

“Y no solo porque muchos de sus líderes salieron del Ejército iraquí que disolvimos, pulieron sus creencias y habilidades en las cárceles que construimos y obtuvieron experiencia enfrentándose a nuestras operaciones antiterroristas. Además, destruimos el Estado iraquí mientras apadrinamos a un líder chií [Maliki] que oprimiría a suficientes suníes como para crear una situación en la que el IS sería bienvenido o tolerado en un área significativa del país”.

Las consecuencias de las decisiones estadounidenses van mucho más allá de Irak. “No todo lo que salió mal en Irak fue culpa de Maliki”, escribió Patrick Cockburn. “Los políticos iraquíes llevan dos años diciéndome que el apoyo extranjero a la revuelta suní en Siria inevitablemente desestabilizaría su país”.

Al continuar con estas “políticas contradictorias” en dos países distintos, explicó el periodista irlandés, EU le aseguró al IS la capacidad de reforzar a sus combatientes en Irak con los de Siria, y viceversa.

Para Cockburn, las contradicciones estadounidenses provienen de lo más profundo de la lógica con la que han librado la GGCT. Para empezar, la idea de que había “yihadistas buenos” y “yihadistas malos” –los asociados con AQ– en Siria llevó a EU a apoyar a milicias que, sobre el papel, se oponían tanto al régimen de Assad como a AQ.

En la práctica, sin embargo, estos grupos terminaron aliándose y compartiendo armamento con JN y otros grupos. Así, una década después del 11-S, Washington se fue a la cama con AQ en Siria. Y si consideramos que la mayor parte del armamento sofisticado del IS proviene de estos grupos “moderados” o ha sido capturado del Ejército iraquí, podemos decir que EU también ha armado al grupo yihadista de moda.

La idea de yihadistas buenos y malos es parte de un patrón de flexibilidad (conveniente) con la que Washington ha utilizado el término “Al Qaeda” desde 2001. Esta flexibilidad se ha manifestado en la mencionada dualidad al tratar con ciertos grupos yihadistas –como en Libia y Siria– pero, de manera más profunda, en la creación y reforzamiento conceptual de un movimiento que, salvo por un lustro entre 1996 y 2001, nunca fue más que una idea.

“Siempre ha estado en el interés de EU y otros gobiernos que AQ sea vista como un grupo con una estructura de comando y control, o como la mafia en EU”, escribió Cockburn. “Esta imagen es consoladora (...) porque los grupos organizados pueden ser localizados y eliminados. Más alarmante es la realidad de un movimiento cuyos adherentes son autorreclutados y pueden aparecer en cualquier lugar”.

Finalmente, lo que ha condenado a la GGCT al fracaso ha sido la reticencia estadounidense a enfocar sus esfuerzos en los dos países que más han patrocinado el yihadismo internacional: Pakistán y Arabia Saudita. El primero –concretamente su servicio de inteligencia, o ISI– fue el canal a través del cual EU alimentó la yihad afgana durante la ocupación soviética (1979-1989), y ha jugado un rol clave en mantener la supervivencia del Talibán y el yihadismo afgano tras la invasión de 2001.

Y qué decir del Reino de Arabia Saudita, el lugar hacia donde conducen todos los caminos –explorados y sin explorar– del 11-S. Si Zarqawi y el colapso de Irak y Siria explican el lado sociológico del IS, su lado ideológico no se puede comenzar a entender sin adentrarnos en las profundidades del reino saudí.

Porque las maras suníes, a diferencia de las centroamericanas, se manejan dentro de un marco intelectual extremadamente definido. El marco construido hace más de 26 décadas por un árabe de nombre Muhammad ibn Abd-al-Wahhab, una de las figuras fundamentales de la historia saudí.

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