ISRAELÍES Y PALESTINOS, NUEVAMENTE A LA MESA DE NEGOCIACIÓN

El proceso de paz o la eterna agonía

La enésima reanudación de las negociaciones revela la lógica de un proceso que no puede triunfar pero al que no debe permitírsele morir.
Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.
Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.

En marzo de 1990, Noam Chomsky daba una conferencia sobre su magnum opus Manufacturing Consent (Los guardianes de la libertad). El célebre lingüista estadounidense describía cómo en el discurso político “todos los términos tienen dos significados”. Así “proceso de paz”, además de su significado “de diccionario”, tenía un “significado técnico”, que es “cualquier cosa que Estados Unidos (EU) está proponiendo en un determinado momento”. De esa definición, continuó, “se deduce que es lógicamente imposible que EU se oponga al proceso de paz (...). Por eso nunca encontrarán frases como ´EU intenta bloquear el proceso de paz´ en los medios estadounidenses. Serían contradicciones lógicas”.

Las palabras de Chomsky –cuya presencia en los grandes medios estadounidenses, a pesar de ser el hombre vivo más citado (!), es casi inexistente– se antojan imprescindibles al considerar la enésima resurrección del “proceso de paz” entre Israel y Palestina. Luego de tres años de parálisis (por la negativa israelí a suspender la construcción de asentamientos en Cisjordania), ambas partes han vuelto a la mesa casi a la fuerza –tras cuatro meses de presión estadounidense– y más pendientes de sus objetivos a corto plazo que de lograr un acuerdo de paz duradero. En palabras de Natan Sachs, del Brookings Institution, israelíes y palestinos “han acordado estar en desacuerdo y hablarán sobre ello”.

El proceso, que (re)comenzó el 30 de julio con dos días de negociaciones en Washington auspiciadas por el secretario de Estado estadounidense John Kerry, se reanudará cuando las partes –Saeb Erekat, jefe negociador de la Autoridad Palestina (AP), su contraparte israelí (y ministra de Justicia) Tzipi Livni y el enviado especial de Kerry, Martin Indyk– vuelvan a verse las caras el miércoles 14 en Jerusalén. Todos han expresado su esperanza de llegar a un acuerdo en nueve meses. El contenido de las negociaciones será secreto y cualquier entendimiento será sometido a sendos referendos.

los porqués de cada uno

Sabiendo lo básico, el primer interrogante nace de los motivos de unos y otros para volver a la mesa de negociación. Las circunstancias hacen obligatorio comenzar por EU. Washington está en pleno proceso de reajuste de su política exterior. Habiendo pasado la última década enredado en Oriente Medio, la necesidad de contrarrestar amenazas geopolíticas de igual o mayor importancia en otras latitudes hace necesaria una salida –lo más digna posible– de la región. Pero la naturaleza de los intereses estadounidenses impide una desconexión total. En consecuencia, Washington debe demostrar –de la manera más “barata” posible– que aunque se va sigue teniendo poder e influencia en el mundo árabe.

A primera vista, la resurrección del proceso de paz encaja a la perfección en este patrón. Washington tiene muy poco que perder y muchísimo que ganar: por encima de todo, lavar la imagen en una región en la que su relación de (percibido) favoritismo con Israel sigue siendo su principal problema. En 2011, ciudadanos de seis países árabes identificaron “resolver el conflicto palestino-israelí” (55%) y “parar la ayuda a Israel” (42%) como los pasos principales que EU debería dar para mejorar su imagen en Oriente Medio.

Washington puede forzarlos a sentarse a negociar, pero no puede cerrar un acuerdo ni controlar las consecuencias de un potencial (y enésimo) revés. Por ende, para adentrarnos en las profundidades del éxito y el fracaso hay que analizar las motivaciones de israelíes y palestinos. Y es necesario establecer la única percepción compartida –aunque distintamente interpretada– por las tres partes: la sensación de que el tiempo se agota para el establecimiento de un Estado palestino.

Para los palestinos, esa preocupación es crudamente existencial. El avance de la colonización israelí sobre Cisjordania –que para ellos es hoy una colección de enclaves cuya contigüidad territorial es interrumpida por asentamientos israelíes, la infraestructura que los une y el ejército que los protege– convierte el objetivo de un Estado palestino (soberano) en algo cada día más imposible.

Y la AP –que existe con consentimiento israelí y financiamiento estadounidense– no tiene nada que perder porque de alguna manera ya todo está perdido. Considerado un ente débil y corrupto, entró a las negociaciones sin que sus dos precondiciones más importantes –el reconocimiento de las fronteras pre-1967 como base y el congelamiento de la construcción de asentamientos– fueran cumplidas. Kerry parece haber maniobrado con la Liga Árabe e incluso habría amenazado con congelar el financiamiento de la AP si no accedía a negociar. Para conservar algo de dignidad, obtuvo la liberación de un centenar de prisioneros –algunos terribles criminales y terroristas– y una que otra “muestra de buena voluntad” israelí, gestos que poco ayudan a enmascarar la realidad de un ente que, según el periodista palestino Ramzy Baroud, “tiene que jugar sabiendo que el juego está amañado desde el principio”.

Israel reconoce que el tiempo se acaba. Su preocupación también es existencial, pero de una manera más compleja: mientras que los palestinos necesitan un Estado como medio para obtener derechos básicos, los israelíes necesitan que su Estado sea, además, judío. Su pánico es que, visto que los palestinos no van a irse ni esfumarse, el mundo reconozca la inviabilidad de una solución de dos Estados y le obligue a darle derechos a los habitantes de los territorios ocupados; algo que en cualquier marco mínimamente democrático, acarrearía la formación de un Estado secular y binacional entre el Jordán y el Mediterráneo. O en clave israelí: el fin del Estado judío.

El dilema no es nuevo. Un simple análisis de las negociaciones desde 1988 –cuando los palestinos renunciaron al 78% del territorio y aceptaron un Estado en el 22% restante (o sea, las fronteras pre-1967)– revela que el modus operandi ha consistido en mantener el proceso de paz en un estado de eterna agonía: siempre lejísimo de conseguir algo –la colonización israelí nunca fue tan intensa como en los últimos 20 años– pero sobreviviendo a como dé lugar. Manteniendo a los palestinos atrapados en un marco retórico que evite la consideración de alternativas verdaderamente aterradoras para Israel.

Dadas las circunstancias palestinas –la debilidad de la AP y la división con Hamás– y regionales –la guerra en Siria y la inestabilidad en Líbano, Irak y Egipto (esta última perjudicial para Hamás)–, Israel puede darse el lujo de entrar, negociar y salir airoso y reforzado moralmente de cara al mundo en caso de un fracaso. Israel, que no puede resistir la presión estadounidense y que fue recientemente humillado por la Unión Europea –que prohibió a sus miembros financiar o cooperar con entidades basadas en los territorios ocupados– necesita mostrarse como un aliado cooperativo y responsable en medio del caos regional.

El cauto pesimismo

Para analistas y expertos es evidente que las negociaciones van a (volver a) fracasar. Y el público parece comprenderlo: en una encuesta reciente, el 55% de los israelíes dijo que votaría a favor de un acuerdo, pero el 70% dijo creer que es imposible lograrlo, y apenas un 8% de los palestinos dijo confiar en la mediación estadounidense.

La desconfianza palestina no debería sorprender a nadie. “El indicador más preocupante de que EU vuelve al camino del fracaso es el nombramiento de Martin Indyk como mediador”, escribió Richard Falk, exrelator de la ONU para los Territorios Palestinos. Indyk, dos veces embajador de EU en Israel, formó parte de organizaciones y think tanks marcadamente pro Israel. “¿Estamos tan acostumbrados a un marco parcializado –se preguntó Falk– que ni siquiera nos sorprende? ¿O lo ignoramos adrede para no dañar el efecto mediático del resurgimiento del proceso de paz?”.

Es difícil vislumbrar cómo alguien como Indyk podrá rebajar la intransigencia israelí en temas tan fundamentales como las fronteras pre-1967, piedra angular de cualquier intento de negociación. Según fuentes periodísticas, el presidente palestino Abu Mazen (Mahmoud Abbas) habría aceptado el cumplimiento de solo una de sus tres precondiciones para volver a negociar. El que el primer ministro Benjamin ´Bibi´ Netanyahu haya escogido la liberación de los prisioneros -muy cuestionada tanto en Israel como en EU– es un poderoso indicador de su absoluta (y jabotinskyana) negativa a aceptar las condiciones mínimas para un proceso de paz exitoso.

La liberación de los prisioneros palestinos envía un poderoso mensaje. En un análisis para Al Monitor, Ben Caspit explicaba que para entender su significado se debía primero considerar que Netanyahu construyó su carrera política sobre la “guerra contra el terrorismo”. Caspit opina que el primer ministro “ha roto su propio récord de absurdidad. ¿Es esta la decisión de un líder que ha comprendido la necesidad de llegar a un acuerdo –preguntó– o es el modus operandi de alguien que intenta esquivar decisiones?”. La falta de personalidad de Bibi –y de Abbas– es, a ojos de muchos, la principal prueba de que nada saldrá de las negociaciones.

Pero, para los optimistas nada es demasiado. Para empezar, el problema es más de confianza e impacto mediático que de diferencias fundamentales, algo que sumado a las victorias tácticas de Kerry –como la complicidad de la Liga Árabe–, las bajas expectativas y la naturaleza secreta de las negociaciones da como resultado un panorama alentador. Finalmente, la cuestión de los cientos de miles de israelíes viviendo en asentamientos es resoluble, sobre todo con el apoyo de la sociedad israelí (expresado en el plebiscito).

Netanyahu vuelve a ser el centro del argumento más convincente de los optimistas. En Israel, uno de los temas candentes de la conversación política es si Bibi ha cruzado su Rubicón particular. En varios reportes y análisis, el primer ministro ha sido descrito como un político con un gran sentido histórico. Bibi, afirman, no se conformará con pasar con más pena que gloria por la historia israelí. Sin embargo, la obsesión de Netanyahu no es pasar a la historia como el líder que logró por fin la paz con los palestinos. La verdadera razón que le puede llevar a un compromiso con los palestinos, es ser el líder que salvó al pueblo judío de un segundo Holocausto. Un Holocausto, por si no se entiende, de naturaleza nuclear y persa. “Netanyahu quiere ser recordado como el hombre que salvó a su pueblo de la aniquilación. De ahí parten todas sus posiciones como jefe de Gobierno, sus maniobras diplomáticas y sus duplicidades políticas”, escribió Akiva Eldar.

No es de extrañar, entonces, que Irán haya vuelto con fuerza a la retórica israelí. De hecho, mientras Erekat y Livni se reunían en Washington (31 de julio), el Departamento de Información de la Embajada israelí en Panamá circulaba un artículo –escrito por el exagente de la CIA Andre Le Gallo y publicado en la agencia UPI– que concluía diciendo que “si a Irán se le permite convertirse en nuclear, lo harán (sic)”.

Preparándonos para lo peor

Queda la pregunta más peligrosa: ¿qué pasaría si las negociaciones colapsan? Las posibilidades son varias, ninguna es agradable y todas se ven agravadas por el sentido de “ahora o nunca” que las tres partes pregonan a los cuatro vientos. El fantasma más obvio es el de la segunda Intifada (2000-2005), que explotó al fracasar el proceso de Camp David II y que dejó más de 4 mil muertos. Otros temen que se cristalicen las pesadillas palestinas, en forma de una anexión israelí de gran parte de Cisjordania y otros temen que los palestinos reenfoquen la lucha en clave sudafricana: una lucha por derechos en un Estado compartido.

Para el resto del mundo dos cosas deben quedar claras: que más allá de todo, el problema de fondo es la ocupación militar de un Estado soberano sobre un pueblo sin Estado y, por ende, sin derechos. Como le dijo la célebre periodista israelí Amira Hass a este autor en 2008, “la discusión de ´soluciones´ nos distrae de la lucha contra la ocupación”.

Y aunque no lo parezca la pelota está en el tejado israelí. “El dilema de Israel es que de tres cosas –territorios ocupados, democracia y carácter judío del Estado– solo puede quedarse con dos”, le escuché una vez a un académico israelí. “Si se queda con los territorios y la democracia, no puede ser judío. Si se queda judío y democrático, no puede tener los territorios; y si se queda –como está– judío y con los territorios no puede ser democrático”. Por mucho tiempo, Israel, EU y el liderazgo palestino han logrado enmascarar este dilema con un “proceso de paz” mantenido a propósito en eterna agonía. Ahora, las cosas parecen estar cambiando. Al final, hasta la agonía debe morir.

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