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SOCIEDAD

Adictos al ruido: Jaime Barceló

Son las 7:10 de la mañana de un domingo cualquiera. La vía Cincuentenario se encuentra despejada, al igual que todas las calles y avenidas de la ciudad a esa hora de la mañana. Un único transeúnte camina lentamente, como disfrutando de la brisa matutina y de la paz reinante, hacia la parada de autobuses que se encuentra frente a la iglesia de San Gerardo Mayela. Pero esta paz y este silencio duran poco; un “diablo rojo”, cual animal prehistórico en estampida, se acerca en alta velocidad, con sus troneras dobles, la música estridente en volumen máximo y, faltando 25 o 30 metros para llegar a la parada, comienza a pitar de manera salvaje con la bocina de aire comprimido.

Son, por lo menos, 120 decibeles de ruido dañino e innecesario producidos por un único individuo.

Multiplíquese esta escena por mil, y tenemos lo que sucede a diario en esta pobre ciudad. La generación de ruido se ha vuelto otra de las costumbres absurdas adoptadas por los panameños, al igual que arrojar basura en la calle desde los carros. En la mayor parte de las ciudades del mundo civilizado no se ven estas cosas, me cuesta entender la actitud destructiva del panameño con su entorno y con el prójimo.

Una vez leí en un diario en Brasil un artículo en el que el articulista se preguntaba si era posible que un pueblo pasara de la barbarie a la decadencia, sin nunca haber pasado por la civilización y yo estoy inclinado a creer que sí es posible.

Si entendemos la civilización como un estado de respeto al prójimo, de respeto a las leyes, de convivencia armónica, de darle prioridad al bien común sobre los caprichos individuales, de valorizar el trabajo duro, el estudio, la superación personal, entonces no me queda más remedio que pensar que la anarquía y la mala educación, que aumentan día a día en Panamá, son una muestra de decadencia crónica que más temprano que tarde dará al traste con todo lo bueno que se está tratando de hacer. Una de las experiencias más gratificantes que recuerdo son las semanas de entrenamiento que pasé en Japón. La ciudad de Tokio, junto a las prefecturas adyacentes, forma un conglomerado urbano de más de 30 millones de habitantes, y el silencio y la limpieza de Tokio impresionan. Creo que ni al más revoltoso de los japoneses se le ocurriría ponerle una tronera a su carro solo por el simple placer de hacer ruido, mucho menos andar pitando por allí como si fuese una gracia o comerse una hamburguesa y tirar los envases en la calle.

Si la utilización de troneras, equipos de música y bocinas de aire comprimido están prohibidos en el transporte público, entonces, señores autoridades, ¡decomísenlas! Ningún “diablo rojo” puede salir de la piquera si tiene instalados algunos de estos artefactos generadores de ruido. Sería cómico si en realidad no fuese una calamidad constatar cómo nuestros transportistas criollos no invierten un real en mejorar las condiciones de seguridad y comodidad de las carcachas que manejan, pero sí que invierten, y mucho, para que esas mismas carcachas hagan el mayor escándalo posible.

Usted en la empresa privada que es gerente de logística o de operaciones o supervisor de transportes o cualquier otro puesto con mando, instruya a sus choferes a no usar las bocinas de aire de los camiones dentro de la ciudad, no es necesario. El congestionamiento no va a desaparecer, por el contrario, se hará más penoso por causa del ruido.

Usted que sale a diario en su carro para ir a trabajar, para ir a la universidad, a hacer deportes o sale de compras, antes de pitarle al carro que está adelante piense que él también quiere avanzar, que si la luz roja acaba de cambiar a verde, por más que usted pite la inercia mecánica propia de los cuerpos con masa hará imposible que el décimo carro en la fila arranque al mismo tiempo que el primero, al menos que usted lo que quiera es causar un choque múltiple; física le llaman, y es bastante arriesgado tratar de ignorarla. Tenga paciencia, por favor, practique el arte de manejar sin pitar. ¡Claro que es posible y llegará a su casa al final del día mucho más descansado, haga la prueba!

PD: En el preciso instante en que termino este artículo de opinión, un carro particular con troneras ha disparado las alarmas de varios carros, entre los cuales se encuentra el de este servidor. Parafraseando al inmenso Rubén Blades: ¡Que viva el subdesarrollo!

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