PENÍNSULA DE AZUERO

Ambiente y crisis sistémica: Milciades Pinzón Rodríguez

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El río La Villa ha puesto de moda lo azuerense mucho más que los carnavales, las polleras, las mejoranas, el 10 de noviembre y otros sucesos que tienen como epicentro esa zona ístmica. Interesante temática, porque en la crisis peninsular el denominador común es el problema ambiental.

Estamos ante un tópico que por lo general se mira como deforestación a secas y al que, en consecuencia, se le busca remedio sembrando arbolitos a la vera de los ríos Parita, La Villa, Guararé, Mensabé, entre otros. Un enfoque simplista como este olvida que, en el ayer cercano, las causas estructurales de los flujos migratorios de las provincias de Herrera y Los Santos promovieron gran parte de la diáspora interiorana del siglo XX.

Desconoce, además, que esa centuria significó educación, ciencia y tecnología, pero también ausencia de planificación y un sector agrario cada vez más abandonado, con campesinos que se tuvieron que refugiar en su folclor adulterado, para no morir de cabanga.

El agro peninsular hizo lo que pudo, forjando la cultura de la depredación que heredó de la colonia, mientras los grupos dominantes transitistas miraban para otro lado, porque les convenía que esos manutos y patirrajaos se contentaran con trapiches, coas, bollos, tasajos, festivales y tamboritos. Sin embargo, al mismo tiempo la nación orejana contribuyó a formar –casi sin darse cuenta– una visión de la panameñidad, mientras domeñaba el monte a punta de hacha, regaba faragua, ampliaba el hato ganadero y fomentaba una agricultura rudimentaria, la que no comienza a cambiar hasta mediados de la vigésima centuria.

En apenas un siglo el paisaje azuereño ha variado más que en los 400 años que preceden a la separación de Colombia. Excepción hecha del Instituto de Fomento Económico, que introdujo algo de tecnologías, cooperativas y razas bovinas, la política estatal ha sido mera pose político-partidista. Por eso, la crisis del agua ya se veía venir desde el siglo pasado y algunas investigaciones pioneras –como las de Stanley Heckadon-Moreno– pusieron el dedo en la llaga, mientras médicos visionarios como Francisco Samaniego atendían a un campesinado desnutrido y olvidado.

La llegada de los agroquímicos fue otro cantar. A raíz de ello el machete campesino quedó convertido en herramienta antediluviana, porque la “champa” no podía competir con la deshierba química. Mientras tanto, las empresas Varela Hermanos, Nestlé y Campos de Pesé hicieron del antiguo río Cubitá un basurero de sus inmundicias industriales. A partir de allí la atrazina se enseñoreó en el maizal y la caña de azúcar. Y como si fuera poco, la cultura porcina transformó al amado río en depositario de orinas y excrementos. Incluso el Canajagua terminó convertido en chiquero con aroma a verraco en celo.

La verdad es que la problemática del río forma parte de una crisis sistémica. Hay que tener presente que la destrucción del entorno ha traído, entre otros premios, el virus del hanta. Me refiero al virus de esos ratoncitos que ya no podían vivir en un monte inexistente y optaron por volverse urbanos. Problema complejo al que hay que sumarle el exterminio de jaguares. Esta vez con el argumento de que los felinos cazan terneros. Es decir, los becerros que moran en potreros que el hombre le robó al hábitat del más grande gato peninsular. Igual acontece con los venados, monos, conejos y toda una fauna que se queda sin bosque y sin comida, a la par que la gente se queda sin agua.

Y si el problema es sistémico, las soluciones también han de serlo. Cambiar la cultura ambiental no será fácil, ni se logrará a corto plazo. Y aunque el problema es de todos, el liderazgo tiene que ser estatal, entre otros motivos porque el Gobierno posee los recursos económicos para lograrlo, así como el aparato coercitivo para poner coto a la depredación de los agentes sociales e industriales.

Nadie duda que debe involucrarse a la sociedad civil. Aunque la consulta popular no es excusa para que quienes ejercen el monopolio del poder dejen de asumirlo. Y allí está, justamente, parte del nudo gordiano del tema, porque los intereses económicos y políticos llamados a emprender la cruzada ambiental son los mismos agentes depredadores que moran a la vera del río La Villa. ¡Válgame Dios!

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