COLUMNA INVITADA

Apagado, fuera de cobertura y sin internet

Quedamos con los amigos vía WhatsApp, compartimos nuestra vida a través de Facebook o leemos el periódico desde un smartphone. Cada día miramos la pantalla del móvil una media de 150 veces, según un estudio hecho por Oracle Marketing Cloud.

Lo hacemos de forma compulsiva, como si se tratase de un acto reflejo, a veces incluso sin ni siquiera oírlo o sentirlo vibrar.

Muchos viven con miedo a estar separados de su teléfono, es lo último que miran antes de acostarse y lo primero, al despertar.

La “nomofobia” hace referencia al miedo irracional de salir de casa sin ese aparato. Sin él, los nomófobos pueden desarrollar estrés, angustia o ansiedad. ¿Sus síntomas? Cambios de humor, aislamiento de los demás o problemas a la hora de relacionarse. Los adolescentes son las personas con mayor riesgo de desarrollar esta adicción.

Los grupos de apoyo y clínicas de desintoxicación para los tecnoadictos están en auge. Ahí, estas personas pueden recibir tratamientos similares a los que recibiría un drogodependiente. Para la mayoría de ellos, el smartphone dejó de ser una herramienta para convertirse en una dependencia.

Se desarrolla de forma paralela a la adicción a las redes sociales o servicios de mensajería instantánea, entre otros. Está al alcance de medio mundo y tiene una capacidad increíble de abstraernos de la realidad.

Desde hace años, algunas ciudades, como Londres, San Francisco, Barcelona o Nueva York, acogen sesiones de desintoxicación para desconectar el agobio y la saturación. Unas reuniones sin otro objetivo que el de concienciar acerca de la sobreexposición al teléfono móvil.

Rememoran un tiempo en el que esos pequeños aparatos no interrumpían una conversación entre dos amigos.

En el que no llevarlo no suponía ningún tipo de ansiedad ni de miedo sobre qué nos habremos perdido durante ese tiempo de desconexión. Por su accesibilidad, va camino de superar a otras adicciones, como el alcohol o el tabaco. Hace solo un par de años que el número de líneas de teléfono superó al número de personas.

El problema reside en que no son precisamente pocos los que tratan de autoconvencerse de que son invulnerables y no se engancharán, sin darse cuenta de que las adicciones no son algo que se pueda negociar.

Puede que esa adicción se haya extendido, poco a poco, dentro de quienes olvidaron que la desconexión puede hacernos conscientes del aquí y ahora.

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