LIBRO

Una Asamblea que frena el avance democrático: Betty Brannan Jaén

WASHINGTON, D.C. –Como escribí hace dos domingos, Panamá tiene 18 años de estar clasificada como “país libre” por Freedom House, pero llevamos 12 años de estar estancados en la puntuación que recibimos de esa ONG, que vigila el estado de las libertades ciudadanas en unos 200 países. Este estancamiento es confirmación independiente (si acaso la necesitáramos) de que el país no ha logrado avance democrático en más de una década. Habrá muchas razones para ello, pero una de las principales es que Panamá carece de un brazo legislativo y representativo que cumpla con su rol en una democracia.

Un nuevo libro de Carlos Guevara Mann, politólogo panameño y columnista de La Prensa, detalla las muchas fallas de nuestra Asamblea Nacional y sus miembros. La obra, publicada en Estados Unidos por la Universidad de Notre Dame, se titula Political Careers, Corruption, and Impunity: Panama´s Assembly, 1984-2009. [Carreras Políticas, Corrupción e Impunidad: Asamblea de Panamá, 1984-2009]

Como es obvio, una “asamblea representativa” (para usar la terminología de Guevara Mann) es pilar indispensable de la democracia liberal, cuando trabaja correctamente y para el bien del país. Sus funciones no son meramente legislar, sino también servir como contrapeso al Ejecutivo, foro de debate público, voz del pueblo en la formación de políticas públicas, proveedor de servicios gubernamentales, y mecanismo para el reclutamiento y adiestramiento de nuevos líderes políticos. En otros países se asume que los miembros de la “asamblea representativa” son personas motivadas principalmente por sus ambiciones políticas, lo cual implica que generalmente usarán métodos legítimos para ir avanzando en sus carreras políticas. En Panamá, por contraste, Guevara Mann plantea que los miembros de la Asamblea (antes “legisladores” y ahora “diputados”) frecuentemente se inclinan hacia motivaciones más oscuras, como enriquecimiento personal y protegerse de enjuiciamiento penal, metas que fomentan corrupción y clientelismo.

“Corrupción sistemática es una de las instituciones informales que guía el comportamiento de los representantes en Panamá”, señala el autor, quien agrega que “impunidad institucionalizada informalmente” también es parte del sistema panameño.

Para sustentar estas afirmaciones, Guevara Mann cita múltiples casos y ofrece mucha información pormenorizada. Su análisis abarca un período de 25 años en la Asamblea y estudia la institución desde todos los ángulos posibles, incluyendo una comparación con otros países. Resulta, por ejemplo, que relativo al tamaño de la población, los diputados panameños son de lejos los mejor pagados de Latinoamérica y están entre los mejor pagados del mundo. Este dato es particularmente significativo porque el diputado típico en Panamá gana tres veces más en la Asamblea de lo que sus calificaciones profesionales, probablemente, le permitirían ganar de otro modo. Ello explica que los diputados se aferren tan desesperadamente a privilegios como automóviles exonerados y pasaportes diplomáticos. Peor aún, el bajo índice de reelección entre diputados (comparado a otros países) tiende a inculcarles un deseo de actuar con prisa en cuanto a las oportunidades de enriquecimiento personal. Mientras tanto, al Ejecutivo le conviene que la Asamblea sea débil, corrupta y clientelista; de allí vienen las partidas circuitales y otras características dudosas de nuestro sistema.

Por otro lado, Panamá tiene un diputado por cada 49 mil habitantes, mientras que el promedio latinoamericano es de uno por cada 131 mil. Pero el diputado panameño manifiesta menos compromiso democrático que el de países vecinos.

Es que muchas fallas en el sistema panameño son legado de la dictadura, subraya Guevara Mann. Sobre todo, en el noriegato, el Gobierno panameño era una forma de “sultanismo”, que los politólogos definen como un estilo de liderazgo personal que no se basa en ideología o en sentido de misión, sino en controlar a los colaboradores por medio de una mezcla de intimidación y recompensa. Ese tipo de gobierno “deja cicatrices profundas”, como ciertamente es el caso panameño.

Concluye Guevara Mann: “Por difícil que sea sobreponerse a los legados del pasado, Panamá no debe seguir posponiendo esta tarea”.

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