EL MALCONTENTO

Bolívar y Martí en ciudad de Panamá: Paco Gómez Nadal

Bolívar y Martí en ciudad de Panamá: Paco Gómez Nadal Bolívar y Martí en ciudad de Panamá: Paco Gómez Nadal
Bolívar y Martí en ciudad de Panamá: Paco Gómez Nadal

No resulta muy original hacer comparaciones forzadas entre lo que va a ocurrir a final de esta semana en Panamá y lo que aconteciera entre junio y julio de 1826. Pero es necesario conectar la historia para entender el papel de cada cual.

Panamá pudo ser la cuna de la confederación americana, el lugar donde el sueño de Bolívar estaba destinado a materializarse si no fuera porque tenía más enemigos que amigos. Lo que hoy se llama Cumbre de las Américas no es si no un mal remedo del Congreso Anfictiónico. O, por explicarlo mejor, es la consecuencia de todo lo que ocurrió meses antes y después de la cita continental que el lúcido Libertador había convocado.

Sabía lo que hacía pero no pudo hacer lo que quería. No hay que olvidar, casi dos siglos después, que Simón Bolívar no invitó a Estados Unidos a la Cumbre. Por algo lo hizo. Fue México quien cursó invitación al imperio naciente que, ya desde el primer instante, hizo todo lo posible para que las recién independizadas naciones de Centro y Sur de América no encontraran más razones de unión que las comerciales y jamás las políticas o culturales. El secretario de Estado de Estados Unidos en aquel entonces –parece que nada ha cambiado–, Henry Clay, había dejado claro unos meses antes del Congreso de Panamá que rechazaba “toda idea de un consejo anfictiónico investido con poderes para decidir las controversias entre los Estados americanos o para regular en cualquier forma su conducta”. Apostaba, muy en el estilo de Washington, por una asamblea que se limitara a “encuentros libres” y que tratara asuntos de seguridad, comercio y navegación, pero sin carácter deliberativo.

Si estudiáramos más historia estaríamos más protegidos contra los avatares de la actualidad. Unos 60 años después del “fracaso” anfictiónico –al menos desde el punto de vista del decepcionado Libertador (y de todo latinoamericano con cierta identidad)–, otro de los grandes hijos de nuestra América, José Martí, prendió las alarmas ante la convocatoria por parte de Estados Unidos de la Conferencia Internacional Americana, en 1889, un cónclave consagrado ya en aquel entonces a los tratados de comercio y que, según el intelectual y revolucionario cubano, se trataba del “planteamiento desembozado de la era del predominio de los Estados Unidos sobre los pueblos de América”. “La primera tentativa de dominio” imperial estadounidense sobre el resto de las Américas.

Si no olvidáramos la historia no contaríamos las cumbres como si fueran alegres encuentros lúdico festivos de los que sentirnos orgullosos. Lo que ahora se llama Cumbre de las Américas es una fórmula joven (apenas nació en 1994), pero perversamente heredera de todo lo que les estoy contando (y de muchos procesos históricos más). No nació para ser un foro de entendimiento continental, ni para sentar en una mesa al mismo nivel a todos los Estados de la región. La Cumbre de las Américas nació para poner en marcha la fallida Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y, a pesar de que ese megaproyecto económico e imperial de Washington fracasara por culpa de los tics soberanistas de una Venezuela o un Brasil empoderados, vemos ahora que Panamá vuelve a acoger la cita con el morbo superficial de la participación de Cuba y el glamour de una puesta en escena de decenas de encuentros paralelos en los que las élites de las Américas pisarán de nuevo el istmo para repartirse los frutos de la desigualdad con el cínico lema de “Prosperidad con equidad”.

A Panamá le irá bien. Se apuntará un éxito diplomático al contar con una diversidad de jefes de Estado inédita en las seis versiones anteriores; el país recibirá un buen ingreso económico y se proyectará al exterior como destino turístico; los empleados públicos se llevan de ñapa un día y medio de vacaciones, y los dueños de los restaurantes de lujo deben estar en fase preorgásmica.

¿Y al continente? Siento ser más pesimista. Después de dos décadas de una presencia estadounidense de “baja intensidad”–ante las pesadillas orientales que han mantenido entretenido a Washington desde el 11S–, ahora volvemos a ser el patio de los intereses económico y geoestratégicos del norte.

La apuesta por la Alianza del Pacífico, la firma sin descanso de tratados de libre comercio, pero, en especial, el cambio del estatus de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba son síntomas más que evidentes del regreso del imperio. Lo hace cuando los gobiernos del llamado eje bolivariano están empezando a mostrar evidentes síntomas de agotamiento interno y externo, cuando el petróleo (el combustible soberanista de ese eje) ya no reluce tanto como cuando era oro negro de la alianza anti-ALCA, cuando las nuevas instancias regionales (como la Celac o Unasur) pierden peso político… Nada es casual, la historia tampoco. Los espectros de Bolívar y Martí ya están en Panamá. Quizá nunca se fueron. Verán a las delegaciones internacionales con incredulidad y, como gente bien formada, no se creerán ninguna noticia sobre la cumbre. Lo que ocurra de interés geopolítico en ella no será contado, excepto que los pasillos de Atlapa hablen… Buena semana de Carnaval.

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