CORRUPCIÓN Y ELECCIONES

Brasil patas arriba: José A. Friedl Zapata

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Brasil vive hoy un confuso escenario político, alarmado por el frenazo de su milagro económico y hastiado de una década de relato oficial edulcorado en medio de una escandalosa corrupción ya endémica en el oficialista Partido de los Trabajadores (PT) del exmandatario Lula da Silva y de la actual presidenta Dilma Rousseff.

Cada vez es más evidente que este partido ha logrado sus triunfos electorales gracias al dinero negro, a donaciones ilegales que pagaron la mayor parte de los gastos de las campañas electorales. Entre los principales “donantes” se encuentra siempre la multimillonaria empresa estatal Petrobras y su corrupta dirección perteneciente al PT.

En Brasil se conoce a la directiva de esta empresa como “El club de los corruptos”. El expresidente de Petrobras, José Sergio Gabrielli, ha involucrado incluso directamente a la presidenta Rousseff de conocer varios negocios fraudulentos de la compañía. Por el otro lado, encuestas independientes, como por ejemplo Focus in Congress, señalan que el 40% de los miembros del Congreso brasileño hoy en día están siendo investigados por diversos delitos, entre ellos lavado de dinero y malversación de fondos. El histórico juicio conocido como mensalao, o sea pagos mensuales de fondos ilegales a congresistas, logró al final condenar a 25 poderosos políticos del partido gubernamental, entre ellos al propio presidente del partido, José Genoino.

En estas semanas explotó otro megaescándalo de corrupción en Brasil, luego de que un alto ejecutivo de Petrobras, Paulo Roberto Costa, acusado y detenido por lavado de dinero y otros delitos, delatara, para así poder bajar su condena ante la justicia, como cómplices de actos de corrupción a 49 diputados, 12 senadores y un gobernador, todos militantes del partido oficialista PT, golpeando duramente la imagen de Rousseff de gestora eficiente del dinero público.

Este último escándalo, sumado a los otros anteriores, ha traído como consecuencia algo inesperado en la política brasileña, el empate en intención de votos entre la actual presidenta y la líder emergente Marina Silva del Partido Socialista Brasileño (PSB), para las próximas elecciones presidenciales previstas para el 5 de octubre, con una eventual segunda vuelta a realizarse tres semanas después.

Actualmente los sondeos indican un cabeza a cabeza entre las dos contendientes, figurando como posible ganadora de la segunda vuelta la candidata del PSB Marina Silva. En pocas semanas el panorama político brasileño quedó patas arriba. Es evidente que juega en favor de la candidata emergente, entre otros motivos de peso, no haber estado involucrada en actos de corrupción. Mucho depende ahora de las revelaciones de Paulo Roberto Costa que recientemente declaró lisa y llanamente “si yo empiezo a hablar no habrá elecciones”.

Brasil asiste en estos días a un duelo de amazonas y se parece cada vez más al guión de alguna exitosa telenovela brasileña. Por un lado, una candidata que es hija de europeos, militantes de partidos comunistas, de clase media, que recibió una educación de excelencia para luego integrar un grupo marxista armado en la época de la dictadura, terminó apadrinada por el todopoderoso expresidente Lula, logrando al final la presidencia del país.

La otra, María Osmarina Marina Silva Vaz de Lima, tiene tantos nombres como colores en su ADN, portugueses, negros, nativos de su tierra amazónica. Su historia de vida es impactante; trabajó en las plantaciones de caucho, fue empleada doméstica, aprendió a leer y escribir recién a los 16 años, conoce de primera mano la miseria y el dolor, convirtiéndose en una ambientalista a nivel mundial. Fue diputada, senadora y ministra. Renunció en 2008, al ver tanta corrupción a su alrededor.

Tampoco hay que olvidar su fuerte posición religiosa como militante pentecostal de la Iglesia Asamblea de Dios con su conservadurismo moral, después de haber sido en su juventud marxista, volcándose luego al catolicismo, faltándole poco para convertirse en monja.

Sí, Marina Silva es ambivalente y un signo de interrogación para el futuro político del Brasil dado que es a la vez rebelde y conservadora, socialista y últimamente simpatizante del libre mercado contando con el apoyo de centros empresariales, bancarios y la agroindustria. Pero ella es también partidaria de asambleas populares, que de ser aplicadas podrían destruir a la larga el sistema de democracia representativa del Brasil sumiendo al país en el caos.

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