EL MALCONTENTO

Cabanga fronteriza: Paco Gómez Nadal

Las preguntas surgen cuando menos son esperadas. Uno está así, tranquilo, en el remanso de un camino polvoroso, tratando de concentrarse en el calor y en la respiración y... ¡zas! La pregunta lo acosa con súbita alevosía. Es una pregunta tan cálida como el metal del cuchillo y tan irresoluble que se anuda al estómago para evitar una deportación racional que la descarte de por vida.

“¿Por qué?”. Parece fácil responder, pero los periodistas sabemos que es la más difícil. ¿Por qué hace dos años que no puedo saludar a mis amigas y amigos? ¿Por qué hace dos años que no puedo caminar por San Felipe o buscar el cariño de mis amigos chiricanos o regresar al acosado y generoso Jaqué? ¿Por qué esta estúpida sensación de provisionalidad, de inutilidad, de parálisis?

Es obvio que sé la respuesta. Al menos, conozco a los responsables de que las cosas sean así. Sigo sin entender, eso sí, la saña y el desprecio por un mínimo de justicia; el miedo a las palabras y a la sinceridad –tenga el pasaporte que sea–, el grosero y torticero uso de la ley para el beneficio propio, arrase con quien arrase...

Una hermana escribe que tiene cabanga y yo alojo la mía en las fronteras de Panamá. Rodeo el país en mis viajes, entro todos los días de palabra, de alma, pero mi cuerpo no puede estar allí. Esta columna es como una ventana que siempre agradeceré a La Prensa, porque me permite respirar aunque algunos solo sean capaces de leer destrucción donde hay propuestas y amor.

Panamá no es el único lugar en el mundo. Por supuesto. En este tiempo he caminado por mi España natal, por México, Colombia, Costa Rica, Surinam o Venezuela... sigo comprobando que las resistencias populares tienen sentido y tienen futuro, que los pequeños costes o los altos costes de estar de ese lado de la frontera son necesarios y aceptables.

Hace unos días, participaba en la entrevista a uno de los muchachos detenidos el pasado 1 de diciembre, durante la toma de posesión de Enrique Peña Nieto en México. Se llama Carlos y su cuerpo es tan fino como su voz. Nadie especial y alguien especialísimo, por su valentía y por la tranquilidad como relata el mes que estuvo detenido en condiciones duras de aislamiento. Cuando el entrevistador lo asaltó con una pregunta envenenada –“¿Vas a cambiar tu forma de actuar por lo que ha pasado?”–, Carlos respondió con una contundencia abrumadora: “Nadie puede renunciar a sus principios o a ser lo que es por una cárcel o una golpiza. Si abandonas tus principios entonces ya no eres nadie”.

En esta guerra de “los nadie”, los invisibles para el poder, los molestos, hay muchas víctimas, y nosotros, por suerte, fuimos de las leves (más en el alma que en el cuerpo, más en el tiempo que en el espacio). Y, sin embargo, caminando por las comunidades de otros países siento que son las mismas de Panamá: los mismos problemas, los mismos victimarios, la misma dignidad, las mismas dificultades para amalgamar a los pueblos, las mismas trampas, el mismo imperativo que mueve a algunos y algunas (aunque soñemos que un día “los nadie” sean “los todos”).

Decía que Panamá no es el único lugar en el mundo, pero sí quiero hacer acá un alto para decir que sí hay gente única en Panamá. No los voy a nombrar (porque las listas suelen generar descalabros y porque todavía hay quienes buscan listas para marcar gentes), pero sí quiero aprovechar hoy, 735 días después de que el Gobierno actual de Panamá nos arrancara un pedazo del alma al subirnos como delincuentes a un avión que se convirtió en frontera, para abrazar con palabras a nuestras gentes queridas, a las amigas y amigos con los que tejimos sueños, con los que apostamos a un país mejor, más digno, más democrático, más justo. Alguna vez llegué a pensar que cometí algún error pero, después de buscar la respuesta a ese amenazante porqué, me di cuenta de que nadie se puede equivocar en ese camino. Solo hay dignidad en el otro, solo hay humanidad en la construcción de lo colectivo. Lo demás... pequeños miedos, pequeños egoísmos y angurrias, pequeñas miserias en las que todos caemos pero de las que se sale cuando se cuenta con una hermana o un hermano que te recuerda la ruta.

Hay lágrimas de aquel 28 de febrero de 2011 que son tan indelebles como el olor que genera un pueblo valiente cortando la Interamericana o defendiendo un territorio de la voracidad inversora. Hay personas a las que evocamos a cada rato, en cada paso frágil o recuerdo poderoso. Seguimos peleando por volver. Aunque... en realidad... creo que nunca nos fuimos.

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