ASAMBLEA NACIONAL

Cementerio de ideales: Andrés L. Guillén

Cuando se menciona la decadencia de las instituciones políticas o civiles, se habla de un bajón en el nivel o altura de estas, en un tiempo determinado. Algo así como cuando se le toma la presión a una persona por un período definido, para determinar su estado de salud. Aquí es necesario fijar una ecuación que permita medir el pulso con una fórmula que revele y mida el proceso de deterioro, para su análisis posterior.

En el caso de nuestra Asamblea Nacional, los diputados, convenientemente, se toman su propio pulso y usan como fórmula el número de leyes aprobadas en los ocho meses de cada legislatura para medir su “productividad”.

Desde el inicio del presente período presidencial (2009-2014) la Asamblea Nacional, según sus propias estadísticas, tiene un total de 658 proyectos de leyes presentadas, en su mayoría iniciativas del Ejecutivo, que a primera vista supone un estado muy saludable en ese cuerpo legislativo, que no aparenta deterioro o menoscabo de su importancia o prestigio como institución. Sin embargo, al mirarse ese estamento del Estado no desde esa altura plena de “gran productividad” de la que tanto se ufanan los diputados, sino desde la aspiración clara y precisa de sus electores de tener representantes dignos y de calidad que bien pudiesen catalogarse como los mejores panameños para desempeñar ese quehacer político, esto varía porque la motivación cambia.

Al usar la fórmula de “excelencia personal” que implica que el diputado cuente con una cultura política basada en el comportamiento ético y moral que fortalezca la democracia y promocione la justicia social, lo que tenemos es una larga y vergonzosa historia, no ya de deterioro institucional sino de una peligrosa ausencia real de funciones e ideales a lo interno del Legislativo, casi que desde sus inicios, en 1903, salvo raras excepciones. Lo triste es que la Asamblea Nacional nos refleje, como sociedad, pues somos nosotros, mediante los votos, quienes colocamos a estos mediocres en las curules.

¿Cuál es la motivación que inspira al pueblo panameño cuando elige a cualquier candidato a un puesto político? Los mejores siempre exigen mucho más de ellos que de los demás, amén de que acumulan más deberes que derechos, aun cuando no logren cumplir de forma cabal esas exigencias superiores.

Cabe pensar, entonces, que tanto los elegidos como los que eligen no se miden ni tan siquiera con el mínimo de esas exigencias, y que fácilmente convierten sus aspiraciones en un triste cementerio de ideales, pues en esa jerarquía de funciones colectivas solo deben triunfar los mejores, sin embargo, esto no ha sido así en nuestro país.

Como vemos, el mal está en nosotros y el remedio a esta enfermedad, que entierra ideales y socava valores, consiste en aprender a perfeccionarnos mutuamente, adquiriendo esa excelencia personal que transformará nuestro espíritu nacional, para bien de todos, incluyendo el de nuestra muy desprestigiada Asamblea Nacional.

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