ASALTO A LA NATURALEZA

La distante provincia de Chiriquí: Carlos Eduardo Galán Ponce

Desde sus albores, nuestra naciente república fue conformándose como en dos mundos aparte. Dos poblaciones diferentes. Dos culturas diametralmente opuestas. Producto de sus propias circunstancias. Las obras del Canal y la hegemonía del poder político crearon en la ciudad capital una sociedad a la que las autoridades de la Zona del Canal le proveían gran parte de sus servicios públicos. Le hicieron calles y carreteras, le construyeron el acueducto y el alcantarillado, le proveyeron la telefonía y la energía eléctrica, hasta la recolección de la basura. Pero a medida que esos servicios públicos pasaron a la responsabilidad de la comuna fueron cayendo en un franco deterioro. Al extremo de que hoy, tras más de 100 años de vida republicana, el suministro de agua potable, el manejo de las aguas servidas y pluviales, el urbanismo y las vías de comunicación siguen siendo un completo desastre. La codicia priva sobre lo hermoso del entorno.

Las cristalinas aguas de los ríos, que Dios distribuyó, pródigo, en todo el país, los convirtieron en el depósito de toda la inmundicia que producía una sociedad desordenada, que cada día se aglomera más. Y cuando solo quedaban riachuelos, las maquinarias los contaminaron de aceites lubricantes, para extraerles la arena. Las playas y los mares en donde antes se bañaban los niños, pasaron a ser el nauseabundo depósito de sus excretas. Hoy las corrientes pluviales se mezclan en la superficie con las aguas servidas. Los hermosos árboles de antigua Zona del Canal y los que engalanaban la ciudad de antes han ido cayendo al golpe de las hachas modernas. Dilapidaron los recursos naturales que nosotros conservamos, al ritmo de la rapiña. Pero ese “centro de servicios”, produjo una raza de personajes, que, movidos por la codicia, decidieron llenar su ciudad de enormes mamotretos de vidrio y concreto, amorfos e ineficientes. Y trajeron otros de afuera a colaborar en ese aquelarre. Y cuando se vieron incapaces de proveer ese crecimiento desordenado de la energía necesaria, salieron de “cacería” por todo rincón del país.

Volvieron los ojos hacia este refugio de la naturaleza, cuyos pobladores habían sabido conservar como el creador lo había dejado. Llegaron a este paraíso de árboles frondosos y ríos que corrían libres y puros, donde podías, a leguas, escuchar el “canto” de las corrientes de agua que bajan límpidas de la montaña. Allí entraron, como cazadores furtivos. A fincas ajenas. Del brazo de “concesiones” otorgadas en una francachela de dinero bajo la mesa, con políticos corruptos. Irrespetaron a sus propietarios. Violaron sus cercas. O los hicieron ceder con el poder de su dinero. Irrumpieron en calles y vías públicas con sus tendidos. Y yo fui tan ingenuo de creer ese cuento de castigar a los que “entran limpios y salen millonarios”. ¡Qué burla! ¿Dónde está Martín Torrijos que fue quien repartió estas patentes de corso a sus amigotes? De mantenido pasó a millonario. Y todo sigue igual. Ahora esas concesiones que se venden como pan caliente las defienden los del “cambio”. Con otras sumadas, otras para los suyos.

Que los ríos son de “todos”. ¿Quiénes son todos? ¿Esa cultura que ha vivido a su lado, con la naturaleza de la mano, conviviendo son ellos, conservándoles y usándolos, razonablemente, para su pesca, su agricultura y su subsistencia, cuidando el planeta? ¿O estos vándalos, cuyo único mérito es tener el dinero y la influencia para saltar de una oficina refrigerada a un medio hasta entonces desconocido, donde les dijeron que “había oro” y que un mandatario corrupto lo estaba regalando por “parcelas” a sus amigos? Se burlaron del hombre interiorano al que hoy le arrebatan lo que tanto cuidó por generaciones. Solo para el lucro de estos bellacos, al tambor de un desarrollo solo de ellos.

La oposición a la explotación de la mina de Cerro Colorado data de 1979. En ese mismo cruce de San Félix se hicieron presente los diferentes sectores de las actividades económicas de la provincia, a exigir la cancelación de ese proyecto, al ver la contaminación que ya presentaba la corriente del río San Félix. ¿Y quienes estábamos allí? Los que nos tocaba hacerlo. Nosotros, los afectados. ¿Quién más? Nadie nos disputó ese derecho. Hasta los “gorilas” lo entendieron así. Y el gobierno de la dictadura, haciéndose eco de este clamor, detuvo el proyecto; hasta ahora, que del sombrero del mago saltó el conejo y le cayeron a palo a los manifestantes. Quizá la diferencia es que antes la lucha era con los intereses transnacionales y ahora es con los “gatos de casa”.

Y si estas concesiones hidroeléctricas que están secando nuestros ríos (¡vengan a verlos!) no tuvieron una manifestación de repudio colectiva, fue porque los ganaderos y agricultores afectados fueron tomados “desprevenidos” y les cayeron encima de a uno. No hubo una organización fuerte –fuera de los ambientalistas– que los organizara y diera la voz de alarma, como sí ocurrió en la comarca indígena; sino el repudio hubiera tenido la misma magnitud. La privatización de este tipo de recursos produce un bocado demasiado apetecible para dejarlo al arbitrio de la rapiña de los “inversionistas”. Fue como soltar una caterva de zorras en un gallinero. ¿Y dónde están los chiricanos hoy, en el Gobierno con nuestros votos, que no defienden el suelo que los vio nacer?

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