AMENAZAS

Democracia y desarrollo: José Blandón Figueroa

Si comparamos objetivamente la evolución del crecimiento del producto interno bruto y de los índices de Desarrollo Humano durante los períodos 1968–1989 (dictadura) y 1990–2011 (democracia), podremos darnos cuenta de que la democracia tiene mucho mejor récord en ambos aspectos que la dictadura.

El país ha tenido mayor crecimiento económico y mejor desarrollo humano en los últimos 21 años con gobiernos civiles que en los 21 años de gobierno militar.

Así que esa es mi primera premisa: que Panamá sea hoy uno de los países con mayor índice de crecimiento económico en América Latina se debe fundamentalmente a la democracia que hemos tenido, con todas las imperfecciones y vicios que podamos endilgarle.

Segunda premisa: para lograr que ese crecimiento económico sin precedentes se traduzca en mejorías igualmente dramáticas de los índices de desarrollo humano (escolaridad, salud, etc.), se requiere que tengamos más democracia, no menos.

Si hemos avanzado con la democracia imperfecta que hemos tenido desde 1990, avanzaríamos aún más con más transparencia en el uso de los fondos públicos, con un mejor sistema de pesos y contrapesos y con mayor participación ciudadana.

Tercera premisa: la administración Martinelli ha disfrutado de una coyuntura económica inigualable y sumamente favorable. En ese contexto, si bien ha logrado concretar multimillonarias inversiones en obras que, en la mayoría de los casos, son necesarias y fueron postergadas por mucho tiempo, no es menos cierto que ha fracasado estrepitosamente en materia de institucionalidad democrática.

Las prácticas autoritarias y el afán de concentrar poder y riquezas de Ricardo Martinelli son, lo he afirmado ya varias veces, la principal amenaza a la democracia panameña en los últimos 22 años.

No pretendo comparar esta situación con la que vivimos en la dictadura. Los tiempos y las condiciones son distintas, pero es para mí indudable que la democracia por la que muchos luchamos está asediada y en peligro.

Mi conclusión final es que si permitimos que nuestra democracia se siga debilitando, tarde o temprano, la crisis política que esto genera terminará afectando nuestros índices de crecimiento económico.

Y la mezcla de crisis política con crisis económica sería trágica para un país que lo tiene todo para escalar al primer mundo, no solo con carreteras y edificios de primer mundo, sino con servicios públicos y una democracia de primer mundo.

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