LECCIONES

Dictaduras y dictadores: Carlos Guevara Mann

Durante muchos años, esta parte del mundo fue tierra de dictaduras. La estereotípica “república bananera” era un país gobernado por un dictador militar.

Aunque la gran mayoría de los usurpadores del poder público fueron militares, también los hubo civiles. En Paraguay, el Dr. Francia, teólogo y letrado convertido en dictador, gobernó con mano de hierro entre 1814 y 1840. En otras épocas, gobernantes elegidos por el voto popular han procurado asumir amplios poderes, más allá de lo que permite la tradición democrática y republicana.

La esencia de la dictadura es la concentración de facultades en la persona del dictador. Una dictadura restringe al mínimo los espacios de deliberación y toma de decisiones que afectan a la colectividad.

Todas las dictaduras reprimen a la ciudadanía y concentran el poder, pero en ese esfuerzo unas llegan más lejos que otras. Sobre el particular, Juan Linz, famoso catedrático de la Universidad de Yale, distinguió entre regímenes autoritarios y totalitarios.

Los regímenes autoritarios usurpan la autoridad política, pero permiten que algunos espacios de la sociedad civil se mantengan vigentes –como, por ejemplo, los que tienen que ver con la cultura, el deporte o la religión– en tanto no critiquen al gobierno. Los sistemas totalitarios regimentan todos los ámbitos de la sociedad, incluyendo los espacios que normalmente corresponden a la sociedad civil. Intentan colocar todas las actividades humanas –incluyendo las actividades culturales, deportivas y religiosas– al servicio del régimen.

La dictadura es contraria al sistema republicano, que divide el ejercicio de funciones públicas entre varios órganos, a fin de evitar el acaparamiento del poder y el despotismo. Efectivamente, el mayor riesgo de la centralización de funciones es el ejercicio arbitrario del poder.

En las dictaduras se impone la voluntad del que manda –ya sea a través de la corrupción o la represión– sin ningún control o contrapeso. Porfirio Díaz, dictador mexicano entre 1876 y 1911, describió el sistema como “pan o palo”: “pan” para el que colabora, “palo” para el que se opone.

Años después, Anastasio Somoza García, dictador de Nicaragua entre 1936 y 1956, habló de “plata, palo y plomo”: “plata” para el amigo, “palo” al indiferente y “plomo” para el enemigo. Getulio Vargas –individuo más evolucionado que Tacho Somoza– quien gobernó en Brasil como dictador entre 1930 y 1945 y, luego, como presidente constitucional entre 1951 y 1954, enunció el sistema en términos más refinados: “Para mis amigos, todo; para mis enemigos, la Ley”. Vargas estudió derecho y sabía usar la ley a su conveniencia.

La política del “palo” y el “plomo” causó estragos. El número de muertos, reprimidos, torturados y exiliados de las dictaduras latinoamericanas asciende a cientos de miles. Pero a partir de los años 70 y 80, uno tras otro los países lograron sacudirse el yugo dictatorial. Se establecieron regímenes competitivos, algunos no tan democráticos como se esperaba, pero al menos no tan violentos y represivos como las dictaduras que los precedieron.

En algunos casos, la transición a la democracia fue posible mediante pactos que protegían a los militares de posibles acciones judiciales por sus abusos y tropelías. Esa negación de justicia fue el precio que inicialmente tuvo que pagarse para dejar atrás el pasado dictatorial.

En años recientes, la consolidación de los sistemas democráticos y el afianzamiento de la sociedad civil han llevado en algunos países a la revocatoria de dichos acuerdos y al procesamiento de los militares represores. Los adelantos en ese sentido han sido más notables en Argentina, donde 268 personas han sido condenadas por crímenes de lesa humanidad y unas 800 están siendo procesadas por delitos cometidos durante la “guerra sucia” desatada por la dictadura militar (1976-1983) (Associated Press, 30 de diciembre de 2011).

Los recientes veredictos contra el ex dictador Reynaldo Bignone y otros militares por crímenes contra la humanidad constituyen otro hito en la lucha por los derechos humanos. La avanzada edad del exdictador (85 años) no fue impedimento para que recibiese una condena adicional a las que ya recibió antes por delitos de esa naturaleza.

He aquí otra lección importante para todas las sociedades que deben abandonar para siempre el nefasto legado de la dictadura: arbitrariedad, corrupción, injusticia, violencia y muertes.

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