DECADENCIA SOCIAL

Duele el corazón…: Daniel R. Pichel

No, no voy a escribir sobre mis pacientes, ni sobre el último éxito de Enrique Iglesias. A pesar de que los panameños pagamos bastante para mostrarle al mundo uno de nuestros reconocidos sitios turísticos: el desierto del Sarigua. Visto objetivamente, no está mal que el país invierta en campañas turísticas, y el video de un artista reconocido, es una forma de lograrlo. Lo que me retuerce las vías biliares es que esto ocurra mientras se reduce el presupuesto de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación y cuando no hay fondos para reparar el Teatro Nacional. Dadas esas circunstancias, no sé cómo se puede gastar dinero en semejante cosa. Aunque, según el infinito ingenio panameño, cuando leyeron que el dinero era para iglesias, hubo una orden superior para pagarlo de inmediato. A lo que me voy a referir es a una triste realidad que tenemos que enfrentar como país.

Constantemente, escuchamos que nuestros funcionarios presentan Panamá a potenciales inversionistas. Tenemos una de las mejores infraestructuras de Latinoamérica, los marcadores macroeconómicos son positivos (aunque la desigualdad en la distribución de la riqueza sea de las peores del continente). Estamos a punto de inaugurar el Canal ampliado que ofrece la vía de transporte marítimo más eficiente del mundo y tenemos una envidiable plataforma logística y de comunicación global.

Ahora imaginemos que atraídos por todas esas oportunidades decidimos llegar a Panamá para conocer de primera mano este paraíso. Al aterrizar, entramos a la ciudad por el corredor sur, frente a los rascacielos de Costa del Este, Punta Pacífica, Punta Paitilla y el área bancaria. Nos hospedamos en un espectacular hotel que lleva el nombre del orate que aspira a ser presidente de Estados Unidos. Mientras nos registramos, ya son las 2:00 p.m., y como suele ocurrir en el trópico, comienza a llover. Un aguacero de esos que no son raros en Centroamérica, pero que para un extranjero es una atracción turística.

Cuando baja la intensidad de la lluvia, bajamos al lobby y vemos una impresionante inundación, con agua hasta las ventanas de los carros que pasan. Dos horas después, cuando baja el nivel del agua, salimos a la calle y caminamos por el área. Llamativo que con solo 2 millones y medio de habitantes haya tanto congestionamiento vehicular. Pasamos frente a agencias de autos de lujo y un hospital privado, hasta llegar a un impresionante centro comercial digno del primer mundo, con boutiques de las mejores marcas, restaurantes, cines, joyerías y tiendas de departamentos y electrónicos. Sin duda, un país sorprendente en Centroamérica. Cenamos con algunos comerciantes locales en un excelente restaurante de comida gourmet, acompañado de vino de primera, y regresamos al hotel para descansar y salir a reuniones al día siguiente.

Por la mañana, la alarma suena a las 6:00 a.m. y encendemos la televisión para ver el noticiero local. Allí empiezan las preocupaciones. Los titulares hablan de asesinatos, asaltos, huelgas de transporte y decomiso de toneladas de droga. Entrevistan a “líderes del gremio de los transportes piratas”, a un viceministro que esposó a un subalterno y a una diputada que cantinflea tratando de justificar cómo es que quedó en África viendo camellos con dinero público. Después, una señora, que parece hacer alarde de tener 6 hijos a los 25 años, se niega a pagar los 50 dólares mensuales de la hipoteca de su casa. Sigue un video de cuatro zascandiles que con las caras ocultas detrás de trapos revientan a pedradas una parada de autobuses cercana a su escuela.

Bajamos a desayunar y tomamos el periódico. Allí, en primera plana, aparece una fotografía de un letrero de colores supuestamente diseñado para tomarse fotografías, que fue vandalizado en menos de una semana. Los grupos de la sociedad civil cuestionan, acremente, una nueva ley que permite que el Estado contrate hasta al cartel de Sinaloa, si llena los requisitos básicos, siempre que no haya sido condenado en Panamá. En la sección deportiva, hay fotografías de una guerra campal que formaron en un partido de fútbol, con daños por más de 100 mil dólares.

Al salir, hacemos señas a un taxi y, al pedirle que nos lleve al sitio de nuestra reunión, nos contesta que “no va” porque hay mucho tráfico. Después de tres intentos, tomamos uno que maneja un esquizofrénico drogado, recoge a dos personas más en el camino, que no paran de hablar de un tal Reynaldo y de que le quieren hablar de sexo a los niños en la escuela. Por cierto, el taxista nos cobra lo que le da la gana, pues no tiene taxímetro ni tabla de tarifas.

Ya en nuestra reunión, con un funcionario de Gobierno y después de explicarle nuestros planes de inversión en el país, nos informa que habrá que hacerle un pago adicional en su cuenta offshore, para “agilizar los trámites”. Aunque suena exagerado, nada de lo dicho aquí es falso. La única conclusión a la que puede llegar un inversionista serio –como dice mi compadre– es que tenemos mucho hardware, pero nada de software… Si no damos prioridad a la educación, esto no tiene remedio. Y más vale que comencemos pronto porque los resultados se verán en 20 años. Mientras tanto, solo nos queda que nos duela el corazón… @drpichel

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