PRUEBA EN VALORES

Educando para el fracaso: Juan Planells

¡Que se sepa: sacar buenas calificaciones no garantiza que al terminar sus estudios el graduado tenga un trabajo asegurado! Los especialistas en recursos humanos coinciden en señalar que el clásico nerd no resulta un buen colaborador para la misión de las compañías, porque generalmente los alumnos exitosos viven aislados de la práctica de relaciones personales diversas; indispensables para un desempeño apropiado en el mundo laboral moderno.

Hoy, lo primero que hace la empresa cuando evalúa un candidato, incluso antes de considerar sus competencias laborales, es revisar cuáles son sus valores. Los departamentos de personal someten a los aspirantes a las vacantes a una serie de pruebas que muestren su comportamiento frente a diferentes situaciones emocionales críticas, para ver si las aptitudes que presentan en su historial estudiantil fueron adquiridas sobre la base de actitudes frente a la vida que le den un claro objetivo de desarrollo personal y social sano.

Si el postulante no sabe trabajar en equipo, tiene reacciones violentas, carece de disciplina o da poca importancia al cumplimiento de obligaciones, por más que sea un genio de las computadoras, por ejemplo, no es confiable para asumir una posición en el departamento de informática de la empresa moderna. Estos exámenes evalúan aspectos como el autocontrol, independencia, agresividad, dinamismo, liderazgo, así como prioridades y motivaciones, entre otras llamadas competencias no cognitivas o emocionales.

La escuela parece no haber entendido ese mensaje y sigue apostando a evaluar seriamente solo las competencias cognitivas, asignando calificaciones y otorgando créditos y honores a los que mejor puntaje obtienen en la larga serie de asignaturas incluidas en el currículo, como matemáticas, ciencia, historia, geografía y lengua. Un buen promedio en ese desempeño parece ser la única meta, y trimestralmente se premia al que alcanza mejores notas numéricas, haciéndolo ocupar un lugar en el cuadro de honor de su curso.

La calificación de las actitudes o valores no aparece en las páginas amarillas de la escuela. Su seguimiento se limita a un pequeño grupo de hábitos que no han cambiado en el tiempo ni merecen una calificación numérica; que se utilizan más como instrumentos de castigo que como oportunidades de consejo y guía, y que solo evalúa el profesor consejero subjetivamente. Por esto, ni profesores ni padres le conceden importancia, pues no aportan información personal de valor.

En la escuela oficial son tres las alternativas de calificación en siete hábitos listados desde hace décadas: una S de “progreso satisfactorio” que generalmente se otorga a todos, salvo faltas graves cometidas; una R de “progreso regular”; y una X de “no satisface” que se aplica a los llamados estudiantes incorregibles, por el mismo sistema que está supuesto a corregirlos. Este esquema no admite los matices que se dan en la aplicación de normas de conducta dependientes, en muchos casos, de factores externos, ni mide cuantitativamente avances progresivos en el logro de metas. Así mismo, a través de esta sección del boletín y por caprichos del educador, se reprimen comportamientos diferentes en el aula, por ser creativos e innovadores, que limitan las actividades de emprendimiento.

Es cierto que se tratan de implementar propuestas para conceder mayor importancia a las formas de comportamiento en la escuela por la vía del aumento de psicólogos y consejeros, pero la inflexibilidad del sistema no deja espacio para disponer de atención adecuada durante la presencia del estudiante, y este equipo de expertos en valores termina matando el tiempo en alguna esquina del recinto escolar. Así que no es de extrañar que la misma escuela, que debería ser un ejemplo de comportamiento, se convierta en un antitestimonio, mostrando cómo aumenta el bullying, la violencia juvenil, la intolerancia y los embarazos en la adolescencia temprana, entre otros, y que la reacción del sistema tienda a ser más represiva que orientadora.

Los encargados de recursos humanos deben explicarle a los educadores que por encima de tener puntuación de cinco en matemáticas y lengua, un joven que no pueda sustentar sus ideas en un diálogo y escoge la vía de la protesta violenta en las calles está condenado al fracaso social, y que una escuela que no promueve actividades de debate y negociación y se limita a castigar al disidente, elude su compromiso de preparar para la vida armónica y el trabajo útil, como manda la Constitución Nacional.

La prueba internacional Pisa solo mide competencias cognitivas, como el correcto uso del lenguaje, nivel de razonamiento matemático y conocimiento de la ciencia. En ella nuestros estudiantes de 15 años no lograron demostrar capacidades para enfrentar el mundo laboral de hoy. Faltaría evaluar cómo responden con actitudes proactivas para canalizar las competencias adquiridas de cara a su desarrollo como personas y ciudadanos. Una prueba Pisa en valores sería necesaria. Ya existe el conocimiento para descubrir las áreas no cognitivas o emocionales que permiten una inserción exitosa en la sociedad, como trabajadores y ciudadanos, y fórmulas para cuantificar su avance, que utilizan las empresas desde hace años. Traspasar esa metodología a la escuela debiera ser parte de los cambios en educación. Más que preguntar a los empresarios qué técnicos necesita y cuánto deben saber, convendría preguntar qué valores deben tener, porque la escuela puede estar preparando muy bien para el fracaso.

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