SECUELAS

Esclavitud: Carlos Guevara Mann

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Esclavitud: Carlos Guevara Mann

A lo largo de tres siglos, unos 15 millones de individuos fueron arrancados de su entorno, amontonados en barcos insalubres y violentamente trasladados por vía marítima a tierras lejanas. Este fenómeno, que abarcó a hombres, mujeres e –inclusive– niños, fue caracterizado por el historiador francés Jean-Michel Deveau como “la mayor tragedia de la historia de la humanidad por su magnitud y duración”.

Según la UNESCO, la trata trasatlántica de esclavos fue “la deportación más masiva que registra la historia”. Aunque sus características son espeluznantes, su impacto tiende a minimizarse en países como Panamá, donde un defectuoso sistema educativo contribuye a perpetuar los prejuicios y la ignorancia.

En el capítulo que escribió para The Cambridge History of Latin America (1984), Frédéric Mauro, especialista en historia luso-brasileña, describió la trata trasatlántica en los siguientes términos (pág. 139): “Las condiciones en los barcos de esclavos o tumbeiros (literalmente ‘coche de muerto’) eran horribles. Iban sobrecargados, con unos 500 esclavos amontonados en una sola carabela. La duración del viaje variaba, con un promedio de 35 días desde Angola a Pernambuco, 40 días a Bahía y hasta 50 días a Río. Los desgraciados africanos estaban tan apiñados que las epidemias hacían su aparición y muchos –a veces hasta la mitad de la cantidad total– morían. A su llegada a Brasil se les daba tiempo a los supervivientes para recobrarse y se los cuidaba para aumentar su valor; después se los subastaba”.

De los africanos esclavizados, aproximadamente una tercera parte eran mujeres. La Organización de las Naciones Unidas destaca los efectos particularmente trágicos que sobre ellas tuvo la esclavitud. “Además de soportar las duras condiciones de trabajo forzoso”, dice la ONU, “sufrieron formas extremadamente crueles de discriminación y explotación sexual por su género y color de piel”.

Con el voto favorable de Panamá y otros países, en 2007 la Asamblea General de las Naciones Unidas instituyó el 25 de marzo como el Día internacional de recuerdo de las víctimas de la esclavitud y la trata transatlántica de esclavos. Lo hizo con el propósito de contribuir a “inculcar a las generaciones futuras las causas, las consecuencias y las enseñanzas extraídas de la trata transatlántica de esclavos y advertirles de los peligros del racismo y los prejuicios”. Este año la fecha coincide con el inicio del “Decenio internacional de los afrodescendientes” (2015-2014), proclamado en 2013 por la Asamblea General (también con el voto favorable de Panamá).

Aunque tendría que ser conmemorado por entidades como la Asamblea Nacional, la Universidad de Panamá, la Defensoría del Pueblo y los consejos municipales –sobre todo en aquellos distritos con importantes poblaciones afrodescendientes– este día probablemente transcurrirá en el anonimato. Por varios motivos, no debería ser así.

Desde el inicio de la dominación española, Panamá fue destino transitorio y final para muchos africanos deportados. El viejo texto de historia de Bonifacio Pereira (tercera edición, 1969) alude a este acontecimiento en los siguientes términos: “Cientos de hombres de la nueva raza [africana] se regaron por pueblos y campos de Tierra Firme. Sometidos a grosera esclavitud, crearon un gran problema social esos seres desgraciados. No hubo para ellos siquiera el trato interesado que el hombre sabe tener con los animales de carga. Se los abandonaba cuando ya no rendían utilidad y se los marcaba con hierro como a las bestias” (págs. 183-84).

Nuestro istmo fue uno de los primeros sitios de América donde los africanos se rebelaron contra sus opresores. Pero más de tres siglos transcurrirían desde que Diego de Nicuesa trajo al istmo los primeros esclavos africanos (1510) hasta la abolición de la esclavitud en la República de Nueva Granada, a la que estaba adscrita Panamá, en 1852. A partir de entonces, las constituciones colombianas de 1853, 1858, 1863 y 1886, lo mismo que nuestra carta política de 1904, prohibieron expresamente la esclavitud.

Sin embargo, las secuelas de esta práctica abominable perduran aun hoy, en la discriminación, la exclusión y las condiciones socioeconómicas desventajosas que enfrentan muchas comunidades afrodescendientes en Panamá y el resto del continente. Atender esta situación tendría que ser una prioridad para el Gobierno Nacional, cuyo compromiso con la corrección de las injusticias sociales debe reafirmarse en esta fecha y traducirse en acciones efectivas en lo que resta de su mandato.

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