EMPODERARSE EN EDUCACIÓN

¿Hacer o dejar hacer?: John A. Bennett N.

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Nada es más intimidante que el don de elegir entre el bien y el mal. Y nada ilustra más esta realidad que ver a tantos que, de una forma u otra, rehúyen sus responsabilidades al delegar, particularmente al Estado, asuntos que jamás debían, por ejemplo, la educación de los hijos, su seguridad personal y hasta la economía de la familia. Esto sin entrar a considerar que tantos evadan la responsabilidad de crear y vivir en familia.

En días pasados, leí en los diarios locales la noticia de que entre los asaltantes de restaurantes había un número elevado de menores de edad, lo que evidencia el inmenso problema de disfuncionalidad social y cultural que se refleja de muchas formas en la sociedad panameña. Comienzo con una terrible realidad: la mayoría de los niños del país no son concebidos ni criados dentro de la unión conyugal. Por ello, cuando leo que la Constitución establece que “el Estado podrá intervenir en los establecimientos docentes particulares para que se cumpla en ellos los fines nacionales y sociales de la cultura...”, siento un escalofrío por todo el cuerpo. ¿A cuál cultura se referían esos despistados constitucionalistas?

Estas son las preguntas que formulo en mi libro, Educación: ¿estatal o particular? La obra parte desde la realidad de un sistema educativo fracasado y va en búsqueda de las razones de esto. Si he de resumirlo en una sola oración, diría que es asunto de dejar hacer, no de delegación e intervención. La obra hace un recorrido histórico acerca de la educación y cómo y por qué fue politizada.

Luego presento planteamientos sobre la naturaleza del aprendizaje y me vienen a la mente pasajes históricos de los grandes pensadores griegos que concentraban sus esfuerzos en la enseñanza de la retórica y la filosofía. En otras palabras, se preocupaban porque el niño aprendiera a pensar. Luego, cuando los jóvenes ya saben pensar y aprender, el resto de las materias que les provoca conocer le vendrán como el agua a un desierto.

La obra examina la riqueza del mundo y del mismo universo, que no fue creado solo para que lo contemplásemos, sino para poblarlo. Hablo de una riqueza infinita de diversidad y amplitudes inimaginables. Por desdicha, el proceso de tomar en cuenta nuestro potencial es lento y dificultoso, de otra forma no tendría mucho valor. Por eso, vemos que se habla tanto de “repartir un número limitado de riquezas”, en vez de ir en la búsqueda de la infinidad que existe.

Y en todo esto surge y vemos que el mundo entero sigue muy alejado de concepto de “libertad para hacer”, en vez de que otros hagan por nosotros. Los empresarios hablan de “libertad de empresa”, pero es curioso que la mayoría no crea en esto, y que confíe mucho más en la influencia y en el engrase de la maquinaria de un Estado, que practica el mercantilismo igual que se hacía en el siglo XVII.

Lo mismo se aplica al pueblo, en general, que vive apegado y esperanzado al parte y reparte, mientras muy poco sabe sobre el hacer y dejar hacer. Todas estas situaciones se reflejan en el fallido sistema educativo nacional, en el que los monopolios y oligopolios son la norma y no la excepción. De eso habla mi libro.

También me refiero a la buena noticia de ver que los pobres alrededor del mundo no permanecen sentados, a la espera de que los ministerios y ministros los eduquen, sino que ya han empezado a crear sus propias escuelas.

En fin, la obra invita a reflexionar en el hecho de que si los hombres fuimos capaces de ir al espacio, de trasplantar órganos humanos y de tantas otras cosas que nos hablan de una monumental explosión tecnológica, ¿cómo es posible que no veamos que lo mismo se debe aplicar a la educación? Es asunto de hacer y no de dejar que hagan por nosotros.

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