PÉRDIDA DE CONTENIDO

Ideología y política: Carlos Guevara Mann

En ocasiones, algunos extranjeros que aún no conocen bien nuestro país preguntan el signo político de esta o aquella organización política. ¿Es de izquierda? ¿De derecha? Cuando se responde que en Panamá esas denominaciones tradicionales no poseen mucha significación, quedan un tanto perplejos.

Acá los criterios básicos para la organización política tienen, fundamentalmente, orígenes personalistas y clientelistas. La ideología política y el carácter programático no constituyen –salvo en raras excepciones– razones de peso detrás del debate público. De un repaso a nuestra historia republicana puede concluirse que la pérdida de ideología es un fenómeno característico de nuestro siglo 20. Sin embargo, en los albores de la República, el contenido programático tenía mayor presencia en la política panameña. Tomemos como ejemplo el caso del liberalismo y el conservatismo, las fuerzas ideológicas vigentes en aquel momento histórico.

El liberalismo es el credo, la filosofía y el movimiento comprometido con la libertad como método y política de gobierno, como principio organizador de la sociedad y como modo de vida individual y colectivo. La esencia del liberalismo es su objetivo de liberar el espíritu humano de todas las ataduras “artificiales” que lo constriñen –la tradición, las instituciones políticas, la religión, los hábitos sociales, las restricciones económicas– para que alcance el máximo de su potencial creador y realizador.

El objetivo es maximizar la libertad del individuo para pensar, creer, expresarse, discutir sus puntos de vista, organizarse en partidos políticos, buscar empleo, adquirir y vender bienes y servicios (incluyendo su propio trabajo), y acumular los réditos de estas transacciones, escoger a sus gobernantes y su forma de gobierno y reemplazarlos por medios revolucionarios, si es necesario. Frente a la noción individualista del liberalismo, que define la relación entre el ciudadano y el Estado en términos de un “contrato social”, la doctrina conservadora concibe a la sociedad política como un ente instituido por el derecho divino, naturalmente armonioso y gobernado de acuerdo con las normas de la moral aristotélica y cristiana. Dentro del esquema jerárquico prevaleciente en el ideal conservador, cada individuo y grupo social ocupa su debido lugar en un orden natural y cumple las funciones que por su origen le corresponden.

El ciudadano posee derechos y autonomía frente al Estado, particularmente en las esferas relativas a la libertad individual y el derecho a la propiedad, pero el ejercicio de estos está supeditado al bien común. La doctrina conservadora asigna una función central a la religión organizada (en nuestro medio, a la Iglesia católica). Además de servir de intérprete del derecho divino, compete a la Iglesia vigilar la conducta del Estado hacia la promoción del bien común, fundamento primordial de la armonía social. En los actos fundacionales de la República a partir de 1903, el liberalismo aportó el régimen de protección a los derechos individuales y políticos, y el énfasis en la educación popular. Por la vía del constitucionalismo liberal clásico, recibimos también el modelo republicano que se adoptó en 1904 y que perduró hasta 1972, cuando fue trastocado por la constitución militarista.

Además, la noción de derechos individuales y civiles que promovió el liberalismo arraigó profundamente en la Nación panameña y sirvió de brújula durante la lucha contra la dictadura militar entre 1968 y 1989. A su vez, la doctrina conservadora inspiró la adopción de un sistema centralizado de gobierno y el reconocimiento de la religión católica como credo mayoritario, que perduran hasta hoy.

A pesar de las motivaciones ideológicas que precedieron a la incorporación de estos principios y preceptos al constitucionalismo panameño, el debate programático es un fenómeno extraño al Panamá contemporáneo. Los bríos idealistas que caracterizaron la política panameña de principios de siglo fueron perdiendo fuerza progresivamente hasta su casi completa desaparición. Ya en 1931, el jurista y estadista conservador Fernando Guardia lamentaba la pérdida del contenido programático de la política panameña, y su reemplazo por el personalismo y el clientelismo.

Potenciadas por la tiranía militar, que recurrió al personalismo para promover la imagen del dictador y al clientelismo para comprar adhesiones a su régimen, estas conductas dañinas medraron bajo el régimen autoritario. Tras su defenestración, el personalismo y el clientelismo han seguido vigentes en un sistema caracterizado por su falta de voluntad para recuperar el sustento ideológico de la política panameña.

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