ESTANCAMIENTO

¿Investigación científica en Panamá?: Bogdan Kwiecinski

Me llamó la atención un artículo publicado en La Prensa, en el que se planteaba el insuficiente aporte gubernamental para la investigación en Panamá, que según la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt) sumaba solo 20 millones de dólares por año. Me permito tomar la palabra como profesor titular de ciencias naturales de la Universidad de Panamá, involucrado desde hace muchos años en la materia de docencia e investigación y respaldado por mi experiencia profesional de trabajo en investigaciones en tres continentes, seis países y una docena de empresas, estatales, privadas e internacionales.

A pesar de todo esto, y aparte de contar con mi contribución a la empresa privada en cuanto a equipo y consultorías, no he recibido, desde que tengo la cátedra de oceanografía (1985), ningún tipo de apoyo para las investigaciones. Solo recibí dos tableros y una docena de pilotos. Y pensar que hace unos años la Universidad recibió, de parte de España, la donación de 30 millones de dólares para la compra de equipos.

De todos modos, deseo señalar que el problema no es el dinero, sino la disposición y la motivación del personal involucrado en la enseñanza, porque de nada sirve el dinero ni los diplomas de doctorado, si el individuo no tiene talento ni vocación para desempeñar determinada tarea. Además, las investigaciones no pueden estar sujetas a las medidas burocráticas ni a las imposiciones administrativas, sino que deben desarrollarse en un ambiente de libre competencia, conducidas por un equipo de comprobada experiencia nacional e internacional.

Marie Curie y su esposo ganaron su primer Premio Nobel trabajando en la cocina de su casa, sin tener ningún doctorado. Como ellos, podríamos mencionar a muchos de los laureados con el Nobel, que ganaron esa distinción invirtiendo centavos. Los 20 millones de dólares que destina Panamá a la investigación científica representan, según Senacyt, el 0.1% del PIB del país, lo que es poco en comparación con el 2.6% del PIB de Estados Unidos o el 1.84 de la Unión Europea.

Veinte millones de dólares es mucho dinero. Con esa cantidad se podrían hacer obras significativas, por eso, pregunto: ¿Dónde están esos millones y quién los recibió? En mis años de profesorado en la Universidad de Panamá, yo no he visto esa inversión. Peor aun, no hay una política coherente para el fomento de las investigaciones ni de parte de la facultad ni de parte de la Vicerrectoría de Investigación; no tenemos ningún tipo de apoyo ni siquiera de atención.

Por otra parte, la Senacyt, con todo el dineral que tiene a su disposición, está hipnotizada por los títulos de doctorado, pero la mayoría de esos títulos pertenecen a señores que no tienen mucho que decir sobre la Ciencia (escrita en mayúscula). Con frecuencia esos doctores, una vez obtienen sus títulos, no realizan ninguna investigación, mucho menos publican sus hallazgos en una revista. Y esto no es todo, porque cuando presentamos los resultados de nuestras conclusiones en los congresos de ciencias, difícilmente hay más de cuatro gatos que quieren escuchar.

Hay entidades universitarias en las que la comisión encargada del manejo administrativo de investigación tarda entre uno y dos años para darnos el permiso de realizar una investigación, aunque sea financiada por fuentes externas o con recursos propios. Estas aberraciones rayan en la ignorancia, malicia o envidia, ya que estos mismos señores de las comisiones de investigación disponen de escasa experiencia en la materia, y así tenemos una cantidad apreciable de profesores–investigadores nombrados de a dedo, que durante los últimos 10 años difícilmente han publicado una investigación propia.

Además, los pocos valientes que ofrecen una conferencia o publican en una revista indexada, a pesar de que tratan tópicos de interés sobre la realidad nacional, afrontan el desinterés de las autoridades administrativas en cuanto a atender los resultados o recomendaciones que presentan. Que conste que desde que tengo la cátedra, 1985 hasta ahora (con una docena de investigaciones y publicaciones en los últimos 10 años), difícilmente pude consultar (salvo un par de veces) con los vicerrectores encargados, porque invariablemente están en reuniones o de viaje.

No es que no haya talentos nacionales, sí los hay, pero no se les deja hablar ni se les escucha y cuando hay intereses cruzados, se les hace callar. Más vale que atendamos esto con profundidad y lo más pronto posible, para mejorar lo que puede ser mejorado, porque lo que nos espera en el futuro no es nada alentador, si seguimos con lo mismo. Todos sabemos que el siglo XXI es el siglo de conocimientos y hasta me atrevería decir que es el segundo renacimiento.

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