HISTORIA REPETIDA

Jaque mate…: Daniel R. Pichel

Desde los atentados en París, parece evidente que todos estamos, de una u otra forma, entremezclados en el conflicto (como actores directos, observadores o potenciales víctimas). Y vale la pena tratar de entender lo que algunos califican como “tercera guerra mundial”.

Debe hacerse una aclaración entre Al Qaeda y el Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés). Si bien todos son “fundamentalistas islámicos”, sus razones y métodos son diferentes. Los miembros de Al Qaeda se identificaban como terroristas. ISIS pretende ser un Estado islámico suní, que requiere dominio sobre un territorio, y que busca el exterminio tanto de los cruzados (con religiones diferentes a la suya), como de los traidores musulmanes.

El gobierno de ISIS lo lidera el califa Abu Bakr al-Baghdadi, quien ejerce como mahdi, o enviado de Alá, y que administra la interpretación literal del Corán propia del wahabismo que se practica el califato y que a su vez aspiran a extender en todo el planeta.

Los “ejércitos” de ISIS están compuestos por sirios e iraquíes en su mayoría, además de musulmanes nacidos en Occidente, y que son reclutados por internet. Quienes participen de la democracia y de organizaciones internacionales, aunque sean musulmanes, son considerados infieles o apóstatas, pues aceptan que el hombre es capaz de tomar decisiones diferentes a lo dispuesto por Alá.

Aunque Daesh (acrónimo árabe del Estado Islámico o ISIS) es ya es un problema para todos, debe ser una prioridad para el mundo musulmán. La mayoría de las víctimas de la guerra contra ISIS es musulmana y buena parte del mundo cae en una injusta islamofobia contra todos ellos.

Pero este reclutamiento de yihadistas que se da en Occidente no significa que haya una mayor propensión entre los musulmanes para “dejarse convencer”. Quienes viven en áreas marginadas, con escasa educación formal, y con pocas oportunidades sociales, tienden a ser reclutados por estos movimientos. Incluso, muchos de estos voluntarios europeos no tienen formación religiosa.

Son mercenarios modernos que ven en esa aventura una oportunidad para desahogar sus frustraciones. Parte de la estrategia de ISIS es hacer que se generalice el odio contra todo el islam, atrayendo más voluntarios para la guerra santa. Porque “esto no es tanto una radicalización del islam, sino una islamización del radicalismo”.

Las respuestas en occidente las dirige el miedo, que es individual de cada quien. Nos negamos a aceptar que esa yihad altere nuestra forma de vida y nuestras libertades. Pero nadie puede ser obligado a tomar el Metro, si tiene miedo a que explote una bomba. Esa es una de las claves de esta guerra. El simple hecho de producir terror, estos “soldados” lo consideran una victoria. Porque, nos guste o no, ya cambiaron nuestra forma de vida. Abundan opiniones sobre los orígenes del conflicto. Parece un hecho que la política occidental en Medio Oriente, la invasión de Irak después del 9-11, el apoyo a los cambios propiciados por la Primavera Árabe y la imposición de gobiernos democráticos bajo reglas occidentales, pero sin tomar en cuenta las características sociales y religiosas de aquellos países, ha generado tal disrupción del precario equilibrio que allí se vivía, que ha generado esta explosión religiosa, política y militar.

Nadie tiene clara la mejor estrategia para combatir al Daesh. Una ofensiva terrestre reforzaría su imagen de Estado, con miras a reclutar yihadistas. ¿Mantener los ataques aéreos? Dicen los expertos que “las guerras no se ganan sin infantería”. Quedarse de brazos cruzados no es alternativa ante un grupo tan beligerante al atacar a Occidente.

El otro gran enredo es la crisis de los refugiados. Es muy difícil permanecer impávido ante gente que huye despavorida a bombardeos, fusilamientos y decapitaciones.

La más elemental solidaridad humana obliga a recibirlos. Pero, como en todas estas circunstancias, esa salida masiva de personas se presta para infiltrar entre ellas a “soldados de la yihad” que estarían dispuestos a sembrar más terror en Occidente. Además, la recepción repentina de miles de personas con costumbres, creencias y conductas diferentes a las de quienes los acogen, favorecen la formación de más núcleos de marginación social que, a corto plazo, pueden terminar favoreciendo la proliferación de radicales, haciendo peor el remedio que la enfermedad.

Pero Occidente tiene límites mucho más estrictos que el Daesh para tomar medidas drásticas. Por suerte, el mundo occidental respeta una declaración universal de los derechos humanos que impide “aplastar a ISIS sin contemplaciones”. Pero, en la práctica, eso de enfrentar rifles con flores solo sirve para ganar premios de fotografía.

La solución más factible de este enredo sería una gran coalición que combatiera militarmente a ISIS, tanto en su territorio como en sus “metástasis de terror”. Pero, Estados Unidos no dejará de venderle armamento a Arabia Saudita, a pesar de que su gobierno de orientación suní representa un apoyo político para ISIS. Rusia combatirá al Daesh respaldando a las tropas del presidente Al Assad, a quien Estados Unidos quisiera fuera de la jugada. Y, mientras, todos los gobiernos occidentales piensan en el petróleo y toman sus decisiones según las próximas elecciones, tratando de que la medida que se tome no afecte los resultados electorales.

Al final, lo más seguro es que se repetirá la historia. Cada quien tomará la decisión que le parezca mejor y luego viviremos con las consecuencias y tendremos que adaptarnos. Como dice Pérez Reverte: “La historia no se soluciona, sino que se vive”. Esto pudiera ser simplemente otro ciclo de la caída de un imperio para ser reemplazado por otro. Si es ese el caso, nos guste o no, es posible que en esta partida ya nos han dado jaque mate…

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