NORMA DE VIDA

Limosna y aguinaldo: Jaime Cheng Peñalba

Para los días en que se aproximan las fiestas de fin de año y de Navidad, la conciencia colectiva de los panameños se hace más permeable al ambiente de solidaridad y de compartir, típico de las celebraciones pascuales. De pronto, todos nos acordamos que existen personas muy vulnerables que pasan por necesidades de alimentación, vestido y vivienda, sobre todo.

Como por arte de magia, nos volvemos más sentimentales y damos algo de lo que tenemos a los que nada tienen. Se compran juguetes, ropa y se hace comida para obsequiar a los pobres. Sin embargo, el resto del año se nos olvida el espíritu de amor al prójimo.

La caridad y la compasión no son una moda ni deben ceñirse a algún tipo de conducta coyuntural condicionada por la presión de grupo. Ayudar al prójimo, si está en nuestro poder hacerlo, debe ser una norma de vida mientras tengamos aliento en este planeta.

Recordemos aquel pasaje del Evangelio en el cual un joven rico se acerca a Jesús para preguntarle sobre el requisito para alcanzar el reino de los cielos. La respuesta de Jesús dotada de sabiduría y humanismo no se hace esperar: Regala todos tus bienes a los pobres y sígueme. La actitud del rico nos recuerda el gran apego que tenemos de las cosas materiales de las cuales nos resulta casi imposible renunciar por el bien común.

El Evangelio también nos dice que la limosna, que muchos erróneamente entienden como desprenderse de lo que nos sobra, debe darse con alegría y sin dolor. De nada sirve regalar aquello que no nos es útil o nos cuesta poco. Tampoco sirve publicar los bienes que obsequiamos. Recordemos el fundamento cristiano: “Que no vea tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. La práctica de la limosna nos permite experimentar, como lo señala la escritura, que hay mayor felicidad en dar que recibir. No somos propietarios de los bienes que poseemos sino simple administradores.

Para esta época, también, la mayoría de las empresas en Panamá tienen la costumbre de entregar un aguinaldo para sufragar parte de los gastos de fin de año. El origen de los aguinaldos tiene un sentido humano y de consideración hacia los trabajadores que, al final de cuentas, resultan en colaboradores de la empresa.

La entrega del aguinaldo en su sentido cristiano debe promover un ambiente de felicidad y agradecimiento en la empresa por el tiempo compartido. El mismo constituye un regalo de beneplácito que no debe crear discordia ni resentimiento. Tampoco el pago del aguinaldo debe ser instrumento de presión o chantaje a los que lo reciben pues, precisamente, el ambiente en que se entrega nos recuerda lo vulnerable que somos y lo humildes de corazón que debemos ser.

Recordemos que todo aquello que se hace con mala fe y atado a la conspiración, según la ley de la vida, recibe una respuesta aleccionadora más temprano que tarde para indicarnos lo mortales que somos.

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