CAMINO DE LA CRUZ

Mandatos morales: Gloria Zúñiga de Preciado

En mis repasos sobre la vida de Juan Pablo II, quien será canonizado en breves días, encontré una cita de Joaquín Navarro-Valls , su portavoz, quien decía: “Juan Pablo II nos enseñó a los hombres que solo asumiendo nuestras responsabilidades morales, llegaremos a ser verdaderos seres humanos”.

Considerando la moral como la determinación que dicta lo malo y lo bueno, que para el cristianismo es una ley “escrita en los corazones” dada por Dios, y siendo la raíz espiritual de la conciencia no sería difícil para el hombre responsable reconocer esos mandatos morales. Cumplir con ellos, lo sintetizamos en palabras de san Bernardo: “si el camino de nuestras vidas nos parece que va de pendiente, descarguemos lo que nos estorba, y si nos parece estrecho, no dudemos en hacernos pequeños”. Esto significa que dejemos a un lado los estorbos que no son parte de los mandatos morales, como la injusticia y la maldad; y en la estrechez del camino no dudemos en hacernos sabios, humildes, justos, buenos y santos, como dijo Jesús: “por tanto sean perfectos así como su Padre celestial es perfecto” (Mateo 5, 43-48).

Jesucristo no se ciñó exclusivamente a este mandato, enseñó el más puro misterio de amor divino, al seguir el camino de la cruz, cargando con nuestros pecados, humillado y en silencio, con el madero a cuestas, anulándose a sí mismo para salvarnos. Representó a la humanidad doliente, transformó su vía crucis en el camino de la esperanza para los hombres y demostró, con su ejemplo, lo expresado en el salmo 24: “Hasta el monte del Señor solo subirá el que tiene manos inocentes y puro el corazón”.

En estos días santos, reflexionemos sobre los mandatos morales y pidámosle a Jesús misericordioso vivir la fe que devela los horizontes. Solo con la mirada clavada en la cruz donde el hijo de Dios hecho hombre se humilló y murió, encontraremos el camino de la esperanza redentora y el perdón de los pecados. Como señaló el papa Francisco, en reciente homilía: “Se humilló a sí mismo haciéndose siervo hasta la muerte y muerte de cruz para servir”. El camino de la cruz debe obligarnos a todos, especialmente a los dirigentes políticos, a subir el monte del Señor, porque los hombres “con manos inocentes y puro el corazón” que siguen la luz y mandatos morales serán verdaderos seres humanos y responsables gobernantes dispuestos a servir a todo un pueblo.

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