DISPUTA UNIVERSITARIA

Miguel Antonio no es Caín: Vitelio De Gracia Perigault

Le he dado seguimiento a la polémica entre el profesor Miguel Antonio Bernal y el rector Gustavo García de Paredes, con vergüenza ajena y asombro, por el nivel de acusaciones vertidas por el primero.

Me sorprende que, tras 40 años continuos de cátedra en la Facultad de Derecho (más años que García en la rectoría), Bernal se abstenga de la tolerancia y decencia con la que debe conducir sus pronunciamientos públicos, y reparta sapos y culebras contra todos.

Fueron 11 años de recursos interpuestos por Bernal, en todo su derecho de defenderse, solo comparables con los que aspiran a introducir los defensores del ex presidente Ricardo Martinelli, y ojalá no igualen el número de años.

Leí la aclaración que publicó la Universidad de Panamá (UP) en diferentes medios y, por otra parte, quedé perplejo por la cantidad de improperios vertidos en las emisoras locales contra los funcionarios administrativos, profesores y estudiantes, todos compañeros de trabajo de Bernal. Me pregunté: ¿qué motivó esa verborrea de insolencias y oprobios?

Como no tuve respuestas, las busqué en los propios estudiantes y profesores de la UP, he aquí algunos testimonios. Cito textualmente: “Frustración por no haber recibido, en tres ocasiones, los votos para su aspiración a ocupar el decanato de la Facultad de Derecho”. “Su personalidad lo empuja a pelearse con quienes, en principio, mantuvo gran amistad”.

Otros citaron a Carlos Iván Zúñiga, quien lo despidió. También se habla de una frustración adicional, “por no tener apoyo para candidatizarse a rector de la Universidad de Panamá, tras 40 años de docencia”.

Que quede claro que no dudo de su calidad, como docente ni de su conocimiento de las leyes y la Constitución. Ese conocimiento es el que le permitió dilatar, durante 11 años, la sentencia que le impartió el Consejo Académico, con 30 votos de condena y dos de abstención.

Percibo que esto no se puede llamar persecución ni venganza en contra de su persona, porque él gozó de todos los derechos que la ley le concedía para su defensa.

No es atacando el fallo de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) ni a los magistrados que la conforman, lo que ahora (11 años después) le dará valor a sus denuncias.

El fallo avaló la sentencia condenatoria emitida por el Consejo Académico. Además, fue él quien solicitó un pronunciamiento de la CSJ, porque en el año 2005 presentó una advertencia de inconstitucionalidad, fallada años después, en 2009.

Dicho fallo, en las páginas 9 y 10 precisa, cito textualmente: “Las autoridades universitarias cumplieron con el debido proceso y se le dieron todas las garantías que el proceso administrativo universitario tiene establecido en su legislación”.

Como el fallo le fue adverso, y en pleno uso de su derecho, Bernal solicitó una aclaración de sentencia y, cinco años después, en agosto de 2014 la CSJ dijo: “La solicitud del recurrente carece de fundamento, pues no existe ambigüedad alguna en la parte resolutiva de la sentencia, cuya aclaración se solicita, por lo que falla la Corte rechazando de plano dicha solicitud de aclaración”.

No fue hasta febrero de este año 2015, que la Comisión de Disciplina retomó el caso que hoy día nos ocupa y avergüenza.

Me impresiona la cantidad de abogados que se solidarizaron con Miguel A. Bernal, en un claro ejemplo de espíritu de cuerpo, pero más me impresiona el respaldo recibido por Gustavo García de Paredes en la persona de todos los rectores de universidades públicas y privadas, mucha calidad intelectual.

Tampoco es atacando al rector García de Paredes que Bernal logrará superar los agravios expresados contra todos los estamentos de la Universidad de Panamá.

Pareciese que quisiera ejecutar lo que no logró Ricardo Martinelli Berrocal, al enviar auditores en los últimos años, cada seis meses en busca de debilidades en el manejo de los fondos universitarios, y así enjuiciar y despedir al rector y a los administradores, pero no lo logró.

¿Habrá reencarnado Ricardo Martinelli en la persona de Miguel Antonio? No lo creo y rechazo la cavilación.

Es verdad que Miguel Antonio no es Caín, pero tampoco es Abel, ¿entonces qué es?

¡Así lo percibo, así lo escribo!

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