TRANSPORTE

Odiseos en la metrópolis: Juan Carlos Rivera

En la mitología griega, el nombre Odiseo es sinónimo de arrojo y gallardía; en el sistema de transporte público de la ciudad de Panamá, Odiseo no es más que el nombre genérico que los usuarios merecen, dadas las proezas que realizan, como resultado de un “servicio” que cada día se asemeja más a una forma de tortura medieval.

Hace un par de semanas, experimenté la odisea de tomar un Metro Bus en uno de esos misteriosos puntos de la capital en los que este “sistema de transporte colectivo” cambia su objetivo, según la dirección en la que se mueva. Es decir, el luminoso letrero que anuncia la ruta de su recorrido varía de forma inexplicable a la frase: “En tránsito”, defraudando las expectativas de aquellos que aspiran a abordarlo para ir a sus destinos, hasta donde muchas veces no pueden llegar por otros medios, dado lo costoso del transporte selectivo, las largas distancias o la carencia de autos propios.

Este escenario se repite, una y otra vez, sin que se vislumbre una solución, pues esta depende de la voluntad de quienes administran ese servicio, si es que se le puede llamar así. Excluyo de la responsabilidad de este sufrimiento colectivo a los conductores que se limitan a obedecer las órdenes que provienen de la llamada “gente pesada”, es decir, los que juegan al ajedrez con el destino del país. Digo esto, porque después de haber visto pasar 14 buses en tránsito, uno de los Odiseos que compartía mi injustificada espera se armó de valor para interponerse en el trayecto de uno de nuestros defraudadores y pedir explicación. Al principio, el conductor se mostró temeroso de acceder a la petición de nuestro épico representante, por razones obvias, ya que la desesperación no suele ser buena consejera. Pero el alto nivel de civilización de aquel Odiseo logró que el conductor expresara el motivo de la extraña mutación de los letreros luminosos y la consecuente aglomeración de pasajeros en las paradas. Todos habían recibido la orden de dar el servicio en una sola dirección y luego irse a descansar al patio, sin consideración por los que dependen del transporte. El desenlace de aquel intercambio verbal era predecible, dado el alto grado de resignación de nuestro pueblo. El indagado conductor siguió su curso, y tuvimos que esperar por el bus número 17 que, por simple deducción, venía abarrotado.

Al compartir mi lamentable experiencia con algunos compatriotas, recibí una respuesta inesperada. Por alguna razón que no acabo de entender, el caos suele ser asociado con el desarrollo, a pesar de las contradicciones entre ambos. Algunos de mis interlocutores incluso interpretan el malestar social como parte del progreso. No falta quienes se atreven a decir que todas las urbes del mundo tienen los mismos problemas. Eso no es cierto, y lo digo por experiencia propia. El vía crucis colectivo del que hablo es exclusivo de aquellas ciudades que crecen a espaldas de las condiciones de vida de sus habitantes. En una ciudad vialmente colapsada, tendría sentido hacer que el transporte colectivo funcionase con eficiencia para hacerlo más atractivo a los usuarios y evitar así la adquisición de más vehículos, que generan tranques, contaminación y el endeudamiento de la población. Esta utopía es la realidad de muchas metrópolis de primer orden. Recordemos que ese primer mundo del que tanto se habla, debe comenzar por mejorar las condiciones de vida de la colectividad. Jamás llegaremos a este nivel mientras los oasis de riqueza concurran con los desiertos de miseria. ¿Será que la miseria y su cercana pariente, la desesperación, son formas de empujar a las masas a votar por la supuesta alternativa cada cinco años? ¿O que la capacidad de adaptación nos ha jugando una mala pasada todo este tiempo, y nos hemos acostumbrado a la miseria?

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