VISIÓN DEL MUNDO

Padres e hijos: Juan Méndez

En 1862 Iván Turgenev publicó Padres e Hijos, una de las novelas insignes de la literatura universal. En esta obra, Turgenev trata un tema vigente y pertinente a los días que vivimos en una región y tiempo notablemente distintos a los de Arkady Kiranov e Yevgeny Bazarov. En particular, a la relación de padres e hijos ante visiones del mundo que cambian de generación en generación.

En el caso de Turgenev, este enfrenta los valores eslavistas tradicionales de la Rusia de la época, con el entonces nuevo movimiento nihilista atribuido principalmente, por los tradicionalistas, a Hegel. El padre y su hermano debaten acrimoniosamente con el recién graduado hijo y su compañero universitario. Son dos visiones notablemente distintas y encontradas del mundo, la de la Rusia mística y espiritual y la de la metafísica de la Europa moderna de entonces. Unos quieren mantener las tradiciones, los otros cambiar al mundo a partir de un punto cero.

Todo lo anterior me lleva a pensar en los días infaustos que vivimos aquí en este puerto que llamamos Panamá. Me hace pensar en la dinámica de los cambios sociales que estamos pasando, en ver cómo los hijos trasmutan a los padres en la política y en los negocios, cómo cambian y emergen las generaciones de padres a hijos, cómo se cambian unos con otros, tal como mudan de piel las serpientes.

Semejante a los tiempos de Turgenev, en los años 60 del siglo pasado se dio un rompimiento generacional de culturas, de visión del mundo, significativo. Las nuevas generaciones querían un orden social distinto al anterior, se quería una comunidad enmarcada en valores éticos trascendentales, los jóvenes estaban afanados en reorganizar la estructura de la sociedad en base a principios racionales y nobles. Se quería romper con el oscurantismo, con la doble moral, con los razonamientos tautológicos de sí porque sí. En el fondo se aspiraba a un mundo mejor, más justo, más humano, más comprometido socialmente; aun si había que acabar con todo y empezar de la nada como argumentaba Bazarov en otra época.

Lo que yo noto hoy día en nuestra sociedad de puerto, en nuestro pueblo mercantil y ensimismado, es muy distinto. Hoy no se nota el choque generacional. Por el contrario, para un señor de a pie, sin más referencia que lo que se ve y oye todos los días, yo noto en la vida pública cómo personajes con poder y de notorios malos manejos insertan y bautizan a sus hijos en esas prácticas tan difundidas hoy en las esferas de gobierno y negocios. Personas de alto relieve en nuestra comunidad que de hecho incluyen y hasta enseñan a sus hijos a cómo sacar provecho, a cómo lucrar de manera irregular y hasta ilegal de sus posiciones de privilegio.

En otros casos, es patente cómo un puesto en el gobierno, por ejemplo, resulta en una casa nueva notablemente más costosa que en la que el distinguido funcionario vivió toda su vida, en viajes de familia a parajes remotos y estatus de pleno lujo y esplendor, en flamantes carros para la prole adolescente, en joyas, en artículos y enseres de marcas absurdamente caras... ¿Y qué piensan los hijos de todo esto? ¿Es que paga tanto un puesto, el que sea, excepto CEO de la Ford? ¿No le importa al padre que su hijo piense que quizá esté robando? ¿No le importa al hijo que quizá su padre sea un ladrón?

Todo lo anterior me confunde y me preocupa. Es duro leer las discusiones cáusticas y severas entre Bazarov y Pavel en Padres e Hijos, siempre será espinoso ver generaciones, ver padres e hijos encontrados en posiciones antagónicas. Pero hay algo profundamente inhumano, algo salvajemente procaz, en ver a padres e hijos comulgando de la mano en la mesa del latrocinio, del delito, de la corrupción. Y después verlos volcar la fuerza de su poder para acabar con las pocas voces dignas y decentes que quedan en el país. Quizá, entonces, tenía Turgenev razón al decir: Amigo mío, estamos sentados en el lodo, alargando la mano hacia las estrellas.

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