COLUMNA INVITADA

Palabras en libertad: Sergio Ramírez

Como una de nuestras más viejas fantasmagorías, los caudillos se repiten en un juego infinito de espejos nublados por los viejos vapores del populismo. Los dictadores no son materia agotada ni de la literatura ni del periodismo. Son imágenes vivas del siglo XXI, arrastrados por la marea de la historia que no cesa de copiar sus eternos movimientos.

Y la violencia institucional que generan va dirigida contra los medios de comunicación, que estorban su pesadilla demagógica de sociedades uniformes, donde solo debe reinar la ideología oficial. Leyes represivas, cierre de medios, cadenas oficiales interminables, compra forzada de periódicos, estaciones de radio y televisión que pasan a ser parte del coro político del Estado, cancelación de licencias, uso de las cuentas de publicidad gubernamental como arma de coerción y chantaje.

El diario Tal Cual de Caracas fue asfixiado entre la falta de papel para su impresión, el cierre de las fuentes de publicidad estatal, investigaciones fiscales y pleitos judiciales enderezados contra su director, Teodoro Petkoff, quien no pudo recoger en Madrid el premio Ortega y Gasset, pues tiene el país por cárcel.

De acuerdo con el Instituto Prensa y Sociedad, en el término de un año 34 periódicos y revistas han debido cerrar o reducir su tiraje por la falta de papel en Venezuela. Se bloquean los sitios de internet y las estaciones que transmiten por cable son sacadas del aire. Todo entra en el rango de lo que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos califica como “censura indirecta”.

Un gobierno electo se convierte en autoritario cuando restringe o anula las libertades públicas, de hecho o a través de leyes o reglamentos. Y por mucho que se envuelva en un manto retórico, el autoritarismo, de derecha o izquierda, viene a ser el mismo.

Y cuando las leyes buscan reglamentar el pensamiento y sujetarlo a normas burocráticas, entramos en ese mundo oscuro que Kafka delineó tan bien en sus novelas: el mundo procesal, donde todos somos culpables por utilizar las palabras, y la única manera de demostrar inocencia es con el silencio. Nacen así los ministerios de la Verdad, como en el mundo de George Orwell, y el Estado se convierte en una especie de orden religiosa que vigila el pecado ideológico y amenaza con las llamas del infierno.

En Ecuador se ha creado la Superintendencia de la Información y Comunicación, que aplica sanciones brutales, como ha ocurrido con el diario El Comercio, castigado con una multa equivalente al 10% de su facturación comercial de los últimos tres meses a causa de un reportaje sobre el déficit presupuestario en el sistema de salud.

Y llegan los absurdos. La misma Superintendencia ha considerado “sexista” una tira cómica de Olafo el amargado, porque su esposa Helga aparece de delantal, ocupada en la cocina. El censor ha fruncido el ceño. No hay que reírse, es peligroso.

El beneficio que el Estado pueda dar a sectores marginales de la población, y aún el crecimiento económico y la reducción de los márgenes de pobreza, no son contradictorios con la libertad de opinión, que es un derecho fundamental de los ciudadanos, igual que el bienestar.

Al contrario, todo proyecto de desarrollo económico se vuelve provisional si carece de fundamentos democráticos, y a la postre resultará en fracaso, tal como la historia enseña repetidas veces. La imposición de esquemas cerrados de pensamiento, que excluye a aquellos que disienten de la doctrina oficial, y los castigan, convertirá en catástrofe cualquier experimento de cambio. Tal como el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, ha expresado muy recientemente en una carta abierta dirigida al canciller de Venezuela, Elías Jau:

“Ninguna revolución puede dejar a la gente con menos derechos de los que tenía, más pobre en valores y en principios, más desiguales en las instancias de la justicia y la representación, más discriminada dependiendo de dónde está su pensamiento o su norte político. Toda revolución significa más derechos para más gente, para más personas… la democracia es el gobierno de las mayorías, pero también lo es garantizar los derechos de las minorías. No hay democracia sin garantías para las minorías”.

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