EL ACABOSE

El esqueleto de Panamá: Carlos Eduardo Galán Ponce

A pesar de que la educación pública no parece estar pasando por sus mejores momentos –y mejor no mencionar a nuestros maestros de aquellas épocas doradas–, para colmo de males, lo bueno que se imparte se diluye cuando escuchas en los medios de comunicación a sus reporteros decir tantas barbaridades. Instalados “específicamente” en cualquier esquina. Desde “hace años atrás”. Y es igualmente lamentable que el Ministerio de Educación no se pronuncie al ver cómo confunden al estudiante con su forma de expresarse, en una materia cuya responsabilidad de impartir con claridad, es suya.

Pero volviendo a la idea original que da su nombre a este artículo, nadie debe ignorar que un esqueleto es el conjunto de restos óseos que queda de un cuerpo vertebrado, después de que los tejidos que lo cubren han desaparecido. Por descomposición, por consumo humano o porque las fieras se los han disputado. Y tendremos, entonces, que utilizar una licencia literaria apropiada para aplicarle el término “esqueleto”, a los restos que van quedando de nuestro querido país.

Por un lado, los grandes intereses comerciales de otros países más extensos y poblados que el nuestro y, por consiguiente, con muchos mayores recursos económicos han llegado, o los han ido a buscar, para irse apoderando de todo lo que constituye el cuerpo económico de la república y de lo que queda por explorar. Vienen de donde ya no les quedaba nada de qué apoderarse. O huyendo en estampida, cuando su codicia llegó a tal límite que las mayorías, acorraladas por un sistema que concentraba la riqueza en esos pocos, se vio obligada a despertar.

Y en su desesperación, decidieron cambiar las reglas y optar por caminos político–económicos diferentes. Que no siempre resultan ser la mejor opción. Pero atrapados por el “crecimiento económico” del costo de sus vidas, no les dejó otra salida. Y partieron por no vender su voto por un jamón.

Entretanto, los gobernantes de los países invadidos les hacen coro y facilitan el banquete, engulléndose la institucionalidad de la nación. Hacen trizas la independencia de los poderes del Estado que hacen de balance en una democracia, para aglutinarlos en uno solo grupo, sin voluntad propia, obediente a la voz de un amo y de su lluvia de dinero. Y entre todos venden las actividades y el suelo de la república.

La mayoría legislativa fue adquirida en una subasta, y ya no representa la intención de voto ni los intereses de los residentes de su circuito, aprueba cuanta sandez venga de arriba para mantener en un remate público todo lo de valor que existe en el país. Cada vez es menos lo nuestro. Tenemos una Corte Suprema de Justicia que, si aquellos juristas de antaño salieran de sus tumbas caerían muertos de nuevo de pura vergüenza.

Esto me recuerda la fábula del Flautista de Amelín, aquel personaje que tocando su flauta hacía que todos lo siguieran en una fila cerrada. Solo que aquí esas armónicas notas musicales desentonarían en sus oídos, con la cultura de los sumisos. La columna marcharía cimbrándose al ritmo de reggae.

Yo no entiendo por qué se le hace tan difícil a algunos individuos compartir el poder con la sencillez. En vez de soñar con llenar el país de amorfos rascacielos, deben cumplir con su deber de proveer a la población de agua, buena salud, educación y recoger la basura; por esto es que serán medidos. La historia termina y terminará juzgándolos a todos. Y la justicia de los hombres cada vez se acerca más a juzgarlos, antes de que sean historia.

Qué orgullo sería para el gobierno y para el país, si el último día de su mandato el máximo dirigente se detuviera un momento en la puerta por donde sale y, con voz alta y clara, declarara someter al escrutinio de cualquier tribunal independiente todos los actos públicos y privados de su gestión, durante el período para el que el pueblo le hizo el honor de designarlo. Y ya... a casa, tranquilo. Sin mancha. Que esa sea su herencia política.

La sed de perpetuidad es una enfermedad. Ya sea personal o a través de cualquiera de los que marchan al ritmo criollo de una flauta.

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