EL MALCONTENTO

El ombligo capital y la Panamá invisible: Paco Gómez Nadal

Hay países fagocitados por su ombligo. El ombligo de Panamá es su capital y los intereses de quienes desde ella deciden el destino de un pueblo que observa, no sin apuntar, la estupidez absorta de los gobernantes y de los informantes.

Es difícil hacerse una idea del país a través de los medios de comunicación convencionales. Es verdad que en sus páginas o minutos enlatados podemos encontrar la Panamá “oficial” perfectamente retratada: las cuitas económicas de propios y ajenos, nerviosos ellos ante los problemillas de la ejemplar ACP; las patéticas disputas por el poder, siempre tan socorridas para alimentar el bochinche de salón de té; las citas dizque culturales de la posmodernidad de la capital, alimentada por las originalísimas propuestas de la fauna residente que sí es visible y que no interesan más que a una pequeña élite que se avergüenza de los orígenes y de las tradiciones “anticuadas” y poco refinadas de sus connacionales; alguna que otra noticia social que habla de los pobres como se describe a los residentes de un zoológico... En los medios más populares nos topamos de frente con una combinación de contenidos bipolar que va de la sangre chorreante del suceso magnificado a la exigencia permanente de valores como la laboriosidad o la honestidad (“pobres y asesinos potenciales... pero honrados”).

Es raro, sin embargo, que sepamos de lo cotidiano, de la noticia real acontecida en Chepo o de la fiesta popular en una comunidad ngäbe o de las pequeñas victorias de los habitantes de Bocas en su resistencia diaria a la ocupación ajena y, ante todo, insensible... De hecho, me ha costado tiempo y esfuerzo saber algo de lo acontecido en Uggubseni el pasado jueves, cuando las llamas se llevaron por delante 43 casas, dejando a unas 260 personas afectadas. En otro país de este tamaño, el incendio en Guna Yala habría sido portada o abriría informativos. 260 compatriotas sin lugar donde dormir, niños y niñas, mujeres y jóvenes, hombres y ancianos durmiendo apeñuscados en la Casa del Congreso... El desastre no ha merecido unas declaraciones del compulsivo Presidente de la República, ocupado en fanfarronear de sus gastos discrecionales. Tampoco ha merecido la consideración de los candidatos presidenciales quienes, si realmente creyeran que los gunas también son panameños, se habrían desplazado a la zona para presumir de compromiso y mejorar sus lánguidas imágenes.

Es evidente que Panamá acaba en Panamá. El resto del país solo es noticia cuando sus moradores no aguantan más y cortan una carretera que sea necesaria para los habitantes visibles. También logran salir en las noticias cuando chocan con los antimotines y cuando fastidian la falsa imagen de océano de mermelada que tratan de proyectar tour operadores y voceros del falso patriotismo.

En realidad, poco o nada sabemos de los otros. Colón... ¿se acuerdan del Colón que a todos parecía preocupar cuando sus calles ardían en rabia y rebeldía? El cruce de San Félix... ¿recuerdan cuando el epicentro del país pasaba por este punto de la Interamericana hace justo tres años? La periferia solo existe cuando molesta.... y molesta poco.

El Panamá invisible es mayor del que contamos. Lo hay también en la capital, que hay barrios que solo pueden aspirar a ser reseñados en las secciones de policiales o en las columnas de rarezas. En verdad, parece difícil que podamos hablar de lo que no conocemos. Si le diéramos más tiempo en las noticias a las periferias lo haríamos desde la mirada asustada y exótica del voyeur, no desde la limpieza horizontal del hermano.

Mientras pude vivir en Panamá aprendí a enamorarme de lo invisible, de las panameñas y panameños que no existen. Ellas me hicieron existir a mí, o, al menos, a la mejor versión que conozco de mí. Quizá por ello siempre he defendido que si Panamá dejara de mirarse al ombligo capital y se (re) descubriera con la pasión que sabe hacer muchas de las cosas... este país sería diferente... o quizá, solo quizá, se olvidaría de imitar los errores ajenos para comenzar a ser de verdad de una vez por todas.

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