ENGAÑO INSTITUCIONALIZADO

Panamá, el país de Pinocho

Gepetto fabricó de madera al pequeño Frankenstein. Al niño cada vez que miente le crece la nariz. Pinocho descubre en el país canalero el lugar ideal para vivir, es el paraíso de los mentirosos, aquí todos engañan y se burlan de los honestos. La mediocridad es la norma y la corrupción es el mejor modo de vivir. Panamá es la tierra del oro, del dinero fácil, todo se vende y compra como en un mercado persa. Los ricos y poderosos son inmunes y gozan de impunidad. La justicia nunca es ciega, es una señora veleidosa que gusta de la ostentación; aquí se venden los fallos al mejor postor.

El contralor es ciego y sordo, la procuradora espera la orden de arriba para imponer las detenciones preventivas. La Asamblea Nacional es el gran supermercado, la máxima entidad delictiva. Encontrar allí a un legislador honrado es perderse en un laberinto sin el hilo de Ariadna. El Minotauro encarnado en los diputados es el monstruo del lucro que todo lo devora.

Los empresarios, a la caza de las grandes inversiones, saquean las arcas públicas, pues cuentan con el aval de los políticos expertos en el arte de robar. El cinismo los caracteriza, son seres diabólicos. Los mandatarios, del Opus Dei, mienten con transparencia y bendecidos por religiosos que hacen de la complicidad un pecado sin consecuencias.

Panamá es un eterno Carnaval, así lo narra Rogelio Sinán en La isla mágica. El Maese Pedro de Cervantes vive a la perfección en los funcionarios e instituciones. El juega vivo es el equipo imbatible, la mejor selección, nadie nos gana, somos los maestros de todas las trampas de Pinocho.

Las narices de los panameños son desmesuradas, nido de alimañas, selvas impenetrables para los decentes. Pinocho es el rey de Panamá, el santo patrón, mentimos y mentimos hasta el infinito, somos los hijos de Gepetto. Donald Trump ama a Panamá, somos sus iguales.

El imaginario de Pinocho es más cruel y trágico en la realidad panameña. El sistema de salud es deprimente y criminal. El Seguro Social está secuestrado por las mafias de sus abastecedores. Los médicos son intocables, así como los otros gremios y funcionarios. La compra de medicinas e insumos es la gran rapiña de los fondos públicos.

La junta directiva del Canal y principales ejecutivos son amanuenses de la plutocracia del país, ellos comen soberanía en grande. La clase trabajadora padece de un transporte público deficiente y tormentoso. La Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre es un foco de corrupción, igual que Migración y Aduanas.

El agua nunca llega a la periferia del área metropolitana. Las escuelas rancho son una vergüenza internacional. La Policía Nacional, mimada con los constantes aumentos de sus salarios, es inoperante, deficiente y corrupta. La seguridad ciudadana es una falacia. Las clases populares carecen de viviendas dignas. La canasta básica es una ilusión, la desnutrición y la extrema pobreza son el baldón de un país con un alto índice de crecimiento económico. La educación carece de calidad, graduamos analfabetas. La cultura es prostituida por el espectáculo televisivo de la farsa, la rumba y la degradación de la mujer como objeto sexual.

El crimen ecológico contra el hábitat, la deforestación, destrucción de humedales, la minería a cielo abierto y el desorden de las hidroeléctricas ponen en peligro la calidad de vida del panameño. El sistema de energía nacional es un peligro para el desarrollo sostenible del país. Los frecuentes apagones ponen en evidencia la incompetencia de los administradores.

La suma de las necesidades sociales insatisfechas nos conduce a un despeñadero, hacia una situación límite y zona roja de graves consecuencias. La ciudadanía militante levanta la bandera de la indignación y el hastío, el mismo fermento que provocó las revoluciones estadounidense, francesa, rusa, china y cubana. Vivimos ya la antesala de un tsunami devastador.

El país de Odebrecht, el paraíso de las narices descomunales que crecen y crecen por las mentiras institucionalizadas es una olla de grillos, una caja de Pandora que pronto desatará las furias acumuladas de un apocalipsis bíblico.

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