EL MALCONTENTO

Panamá paradigma: Paco Gómez Nadal

Alguien me dijo hace años que Panamá era el país más maltratado de la región, a pesar de que los edificios de vidrio y las estadísticas pudieran despistar al observador poco informado, al viajero epidérmico que gusta de los tópicos y no de las complejidades.

Cada vez estoy más convencido de que si no es el peor tratado por la historia (la competencia es dura), es uno de los que carga con traumas mayores. Le tocó una colonización tacaña y pobretona, que decidió dejar el istmo para asuntos logísticos. A la invasión y reducciones no sumó, siquiera, algo de boato y lujo. Años de tránsito en el que la riqueza pasaba por delante de la cara de los locales que –después de las guerras de resistencia– servían como porteadores o como carne de cañón. Portobelo fue y sigue siendo un símbolo del esplendor ajeno y de la decadencia propia de los lugares víctimas del colonialismo.

Una vez perdida la soberanía territorial los “socios” siguientes no salieron mejores. Colombia fue ajena y distante. Estados Unidos, soberbia y racista. Pero no es la idea mía hoy hacer un tratado de historia (a pesar de que la memoria explica el presente), sino llegar a la desigualdad brutal que marca la vida de esta república que no es república por culpa de sus élites rentistas y falseadoras.

Las panameñas y panameños no han dejado de luchar por la dignidad que la historia parece burlarles. Lo hicieron contra los “monos” (me quedo con esa definición de Enrique Castro Ríos) que llegaron hace 521 años, lo hicieron contra los monos motorizados del imperio del norte. Lo siguen haciendo contra las élites locales que gobiernan hoy para los intereses foráneos.

Esas luchas tienen múltiples dimensiones y muchos argumentos. Uno más lo aportó el nuevo estudio del Índice de Desarrollo Humano (IDH). No es que sea amante de las estadísticas de la ONU, aquejadas de doble moral como toda la institución, pero sí son significativas. Normalmente nos quedamos con el dato bueno, el que hace una lectora economicista y cuantitativa de la vida. Ahí no nos va mal. Panamá figura entre los países con un buen IDH porque las macrocifras esconden todo. Esconden la miseria de barrios y comarcas, tapan la exclusión política de la inmensa mayoría de la población, incluso el desastre del sistema educativo (solo se quedan con la cobertura numérica) o la rapiña ambiental del país. Lo que parece que no han podido esconder es la brutal desigualdad de Panamá, solo superada en la región por Haití (el que sin duda es el país más castigado de todas las Américas por su osadía independentista y su gesta antiesclavista).

Los índices de desigualdad no son un dato más, un titular de diario que se pueda olvidar. Hablan del dolor y la exclusión cotidianas, hablan del vergonzoso robo al que algunos empresarios y mafiosos someten al país. Pero hacen de Panamá, además, un paradigma: el inevitable resultado del neoliberalismo de libro que se aplica en el país desde hace décadas y que es posible porque la historia previa dejó al país sin músculo para resistirlo.

La demonización de los movimientos sociales, la estigmatización de las izquierdas, el desmonte paulatino del sentimiento nacional, el mensaje repetido a la opinión pública de que son el dinero y los símbolos externos lo que importan... demasiados elementos para neutralizar a un pueblo bravo que resistió en Veraguas las embestidas iniciales y que dejó la piel en la valla de la Zona del Canal para exigir soberanía y dignidad.

La desigualdad de Panamá es un bofetón a esa dignidad, a esa memoria adormecida. Algún día se escribirá un ensayo preciso y necesario sobre cómo Panamá ha sido y es un laboratorio del neoliberalismo cortoplacista. Todos los partidos políticos deberían mirarse en el espejo para reconocer su responsabilidad por haber ejercido de secretarios de lujo de los intereses económicos abandonando a su suerte a los ciudadanos, condenándolos a la felicidad de tener un empleo precario y tener que dar gracias por ello. Este momento es especialmente paradigmático porque el “trabajo” bien hecho por los mercaderes puso en el gobierno a los dueños del negocio (Martinelli&Cia). Lo que nos espera no es mejor. Ya nadie habla de la ampliación del Canal como la gran solución a los problemas del país; ya pocos recuerdan que Colón fue una ciudad incendiada por la indignación, la mayoría olvida que los ngäbe cargan con una herida profunda o que el Metro no cambiará la dura y desigual vida de los barrios periféricos de la gentrificada capital. Hasta que la desigualdad prenda la mecha, hasta que la humillación de seguir viendo pasar la riqueza ajena por el istmo propio no permita ni un minuto más de postración. Panamá paradigma.

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