TRIFULCAS

Panelistas y analistas: Xavier Sáez-Llorens

Escuchar la perorata de invitados a los debates televisivos es similar a presenciar la conclusión del noveno episodio de Mariano, mejor “apaga y vámonos”. Usualmente, los mismos pelafustanes son los que van de canal en canal disertando sobre cualquier tópico con poses intelectuales, pero frases ignaras. Algunos de esos foros de discusión son antros de trifulca, donde incultos panelistas, oficialistas u opositores se pringan con estiércol verbal, mientras los promotores muestran su incapacidad de moderación. En esos instantes, los noticieros internacionales se saturan de panameños cansados de tanta inmundicia local.

Urge ver personas distintas, no contaminadas por la podredumbre politiquera circundante, que aporten ideas frescas para el progreso social y tecnológico del país. Por fin, un programa nacional, denominado Radar, está moviendo su brújula para satisfacer ese crónico vacío. Los dos últimos domingos de agosto, TVN trajo temas relevantes a la palestra (embarazos en adolescentes y modernización de la educación), invitando a expertos ajenos a los tradicionales afanes partidistas. Espero que sigan así.

Otra peculiar clase de personajes que prolifera en el entorno es la del analista político. Cualquier individuo que articule algunos enunciados, induzca polémica y tenga acceso mediático considera poseer calificaciones para tal fin. En Estados Unidos, esto requiere haber superado una carrera académica y obtener título doctoral en ciencias políticas. Hay dos tipos de analistas, los contratados para diseñar las estrategias proselitistas de un partido específico y los utilizados por la prensa para dar opiniones equilibradas sobre el quehacer gubernamental en asuntos de trascendencia nacional. Otro rol, muy de moda en víspera de fechas electorales, es el de interpretar las fatigosas y sobredimensionadas encuestas. En Panamá, penosamente, escasean las figuras que puedan ofrecer una valoración técnica, objetiva y neutral. Tres cualidades son esenciales para demostrar la imparcialidad requerida: no adherencia a banderías partidistas, revelación de potenciales conflictos de interés antes de emitir apreciaciones y ponderación de acciones buenas o malas con similar vehemencia. Lo que vemos acá, por el contrario, es a aduladores o difamadores del gobernante de turno, vomitando la “verdad revelada” desde tribunas mediáticas, redes sociales o bitácoras personales, y deformando la realidad según conveniencias ideológicas o económicas.

Ahora bien, independientemente de los comentarios que avienten panelistas y analistas a favor o en contra de una gestión o de un candidato en particular, la influencia principal sobre la percepción del votante es ejercida a través de los medios. Son los principales accionistas de las empresas mediáticas quienes incitan, controlan y manipulan la opinión de la ciudadanía. Ellos escogen a los directores de noticias, aprueban el formato de entrevistas, marcan la línea a seguir por los subalternos y asignan a los voceros según la fidelidad que muestren a sus rutas y motivaciones. Como la labor informativa representa una actividad mercantil muy lucrativa, resulta lógico suponer que cualquier decisión gubernamental que afecte ese lucro, desencadenará una andanada de reseñas negativas hacia el supuesto agresor. Por el contrario, si el medio recibe contratos jugosos de publicidad o laxos gravámenes impositivos, hasta los escándalos más grotescos acabarán siendo maquillados o silenciados.

Soy partidario de que todo país cuente con medios verdaderamente independientes (¿utopía?) que se erijan en bastiones de oposición a los gobiernos del momento. Es, quizás, la única manera de practicar un constante y genuino contrapeso que propicie transparencia y honestidad en la función pública. Este saludable antagonismo, empero, no debe convertirse en una obsesión patológica que solo censure lo negativo y raramente resalte lo positivo, porque al final el lector sensato empieza a dudar y a sospechar de oportunistas detrás de la cacareada libertad de expresión. Aún peor es que, para lograr el anhelado propósito, la crítica se elabore con base en indagaciones deficientemente elaboradas y contrastadas. Un buen periodista informa, nunca especula y menos enjuicia. En ausencia de información, todavía más nocivo es inventarla. El periodismo actual, a mi juicio, anda extraviado de su valiosa misión. Muy a mi pesar, por ser columnista habitual, creo que La Prensa ha traspasado también esa delgada línea de la ecuanimidad, situación que de no ser meditada y cortada a tiempo podría conducir al hartazgo irreversible de muchos de sus fieles suscriptores.

Tengo la triste impresión, cada vez más robusta, de que a los medios les interesa que solo haya corruptos en el Gobierno porque, como las ganancias dependen del rating, los mayores dividendos se generan al divulgar morbo y escándalo. Pareciera que hay que mantener esa nefasta simbiosis entre los magnates del emporio político y mediático para así asegurar que el fisco se comparta, sin que ninguno de las dos bandos resulte lastimado. El grave problema de este contubernio para la democracia es que nadie decente querrá formar parte del engranaje oficial porque, por más que actúe con honradez, su reputación será mancillada en la medida que perjudique los clientelismos de unos y otros. Tal y como apuntaba el pensador argentino Arturo Jauretche: “No existe la libertad de prensa, tan solo es una máscara de la libertad de empresa”. Negro futuro nos espera. @xsaezll

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