EL MALCONTENTO

Perder el tiempo: Paco Gómez Nadal

Hoy se me ha ocurrido perder el tiempo. Los seres humanos normales no sabemos hacerlo. Solemos estar ocupados trabajando, cuidando a los hijos, echando una mano a los amigos, retocando el tejado de la casa o limpiando el carro. Pero perder, lo que se dice perder el tiempo... no sabemos.

Para eso hay que ser alto funcionario o presidente del gobierno o funcionario de una organización internacional o de una oenegé muy grande o de una multinacional. Ellas y ellos sí que saben perder el tiempo. Tienen dos formas preferidas de hacerlo (es decir, de hacer nada): o escriben informes o van a cumbres y reuniones. Les fascina. Cuando uno llama a sus oficinas siempre están reunidos, y cuando esta tarea no los ocupa en perder el tiempo, entonces dan retoques a unos informes sesudos que nos explican lo mal que está todo y lo mucho que ellos invierten en que todo siga mal.

Los altos funcionarios más útiles son los de la Fifa porque, al menos, sus devaneos nos ofrecen circo para aguantar la tontería mundial. Ya saben, el resto se reúnen para prometer revoluciones y concluir en la nada. Por ejemplo, el G-20, cuando empezaba esto de la crisis mundial, nos avisó de que iba a refundar el sistema. Y ahí está el sistema, más a gusto que el gato de mi amiga Pitu, riéndose de nosotros y seguro de que el G-20 seguirá reuniéndose para garantizar que en realidad nada cambie.

Otros expertos en esto de reunirse son los embajadores de los países acreditados en la ONU. Ese empleo es un misterio no resuelto. Trabajan todo el año para emitir resoluciones que nadie cumple, para dar órdenes ignoradas y en el caso de que se les ocurra hacer algo útil, entonces llega uno de los países con derecho a veto y se lo carga (una organización muy democrática).

Pero los que se llevan el premio Oscar a esta noble tarea de perder el tiempo son los de las cumbres climáticas. Después de la vergonzosa y multitudinaria reunión de Noruega yo pensaba que iban a dedicarse a perder el tiempo por Skype, pero no: todos a Panamá para preparar la preparación de la preparatoria de la posibilidad improbable de tomar alguna decisión para salvar este planeta ya condenado a muerte. Hay que tener descaro... y encima en Panamá, un premio a un país que está dilapidando su patrimonio natural a cuenta de los intereses económicos de “cuatro gatos” y en contra de los intereses de comunidades.

Los funcionarios de los gobiernos y de las organizaciones protoestatales (como la ONU y todos sus tentáculos) gastan miles y miles de dólares en negociar lo que saben que no van a cumplir porque para salvar al planeta hay que cambiar el sistema y a ellos les pagan, precisamente, para que el sistema no cambie.

Junto a ellos, comparecen las oenegés cómplices. Critican con la boca chiquita, tragan entero decisiones inaceptables y terminan haciendo proyectos con las multinacionales que forman parte del Pacto Global de la ONU sobre Responsabilidad Social Corporativa o con las que son más atractivas y tienen más dinero. Algunas, como WWF, han sido acusadas de colaborar con empresas forestales para impulsar el monocultivo entre las comunidades del Sur. Otras, como Avina o Ashoka, tienen nexos con las empresas multinacionales del trust de las semillas.

El Pacto Global de la ONU, al final del camino, parece una “lavadora verde” que permite que en Panamá, por ejemplo, haya ingresado en sus filas, desde el 22 de septiembre de este mismo año 2011, la autodenominada Hidroecológica del Teribe S.A. (de Empresas Públicas de Medellín) pueda limpiar su imagen después de destrozar las riberas del río Teribe y del río Bonyik, de perseguir y criminalizar a los líderes del pueblo naso Tjër Di. Más tradición de “respeto ambiental” y humano tiene AES Panamá, denunciada en todos los organismos del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, pero aceptada con alegría por el Pacto Global en mayo de 2009. Y, por supuesto, también está la agencia Stratego, la encargada de lavar la cara a estas mismas empresas, seducir a periodistas y comprar espacios de comunicación para defender a los que atacan nuestro ambiente y a nuestras comunidades.

Esto que ocurre en Panamá se reproduce a escala global, pero haría falta un libro. Esas empresas sí que no pierden el tiempo y saben invertir sus recursos para hacer el cabildeo necesario que garantiza que los funcionarios profesionales del cambio climático sí lo pierdan.

Sería injusto terminar sin nombrar a los que sí están trabajando. Miles de organizaciones campesinas y de base, cientos de oenegés del Sur que saben que protección ambiental, soberanía alimentaria y derechos humanos es una tríada indisoluble que, con el actual sistema, está en riesgo de desaparición. A ellos, el homenaje; a los otros, doble desprecio.

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