ERRADICAR EL CLIENTELISMO

Poder corrupto: Roberto Arosemena Jaén

Corrupción y poder son categorías históricas propias de toda sociedad. El invento de la ciudadanía en la antigüedad y en la moderna ilustración es el antídoto contra la corrupción de lo político. Su enemigo inherente es el clientelismo que hace del ciudadano un pelele político. El mundo llega a ser un circo y un gran mercado de consumo, lucro, tráfico de influencia y negociado.

Esta desnaturalización del poder ciudadano nos hace retroceder a la época de los mitos y fantasías. El fabricante de publicidad cobra más significado que el diálogo, los debates y la búsqueda del bien común. En este contexto, vuelve a tener sentido, el derecho elemental de “defiéndete tú mismo” y así es natural que cualquiera con autoestima rete al Presidente de la República (ícono del poder) a un duelo a muerte en igualdad de condiciones. Ya lo había sugerido Herbert Spencer en el Individuo contra el Estado (1884).

En Panamá se dan indicios de la hegemonía del poder corrupto que se mantuvo agazapado en los días de la invasión y ahora vuelve a encontrar interlocutores por doquier. La sociedad mediática, de manera acelerada, acaba con la separación de la esfera pública y privada. El invento liberal contra el absolutismo –la vida íntima– se hace añicos por la tecnología de la comunicación. El que no quiere verse perjudicado por su vida privada en la política, que actúe bien moralmente. Ya el secretismo, la vida oculta de los poderos y pretendientes a serlo es una banalidad del liberalismo, que incluso afectó al mismo Vaticano. Lo perverso de nuestro poder corrupto no es lo que se hace, sino que no se sepa ni llegue a conocimientos del gran público. Nuestra sociedad es gobernada por un mandamás de ocasión que desde el poder corrompe y se corrompe, con impunidad. La crisis de credibilidad y gobernabilidad moral es que el clientelismo ni sabe ni puede castigar, porque es resultado de la misma corrupción. Si pensáramos, hablásemos y actuásemos como ciudadanos, nadie se atrevería a tener una vida personal plagada de cuestionamientos y una vida pública de riqueza, poder y reconocimiento.

No se puede ser un ingenuo ciudadano sin caer en el clientelismo y transformarse en pelele político. La división anacrónica liberal de la esfera pública y privada mantiene la ingenuidad de que lo que se es privadamente no influye en lo que se será públicamente. Lo que se quiere es que el gobernante y el aspirante a gobernar decidan, ética y moralmente, que sus actos y sus intenciones puedan ser escrutadas por su público votante. La ley de transparencia y privacidad no es una patente de corso para encubrir voluntades, malas intenciones ni ataques sorpresivos a una ciudadanía consciente de su poder. La magia del candidato del cambio fue haber sorprendido a la ciudadanía con sus actos de clientelismo, sin importarle las promesas, la plata, el palo y hasta el plomo. No afirmo que la privacidad tiene que ser irrespetada, sino que todo político desde que aspira a gobernante está obligado a hacerse conocer tal como es y ha sido. No se trata de ir tirando piedras en el vidrio ajeno, sino de romper el propio para que todo se haga lúcido y transparente. La corrupción de los gobernantes es una basura que la ciudadanía tiene que destruir en los próximos meses de campaña electoral.

El elector no es vulnerable al miedo, a la paliza, a la mentira y menos al buen trozo de jamón, al tanquecito de gas ni a los millones de 100 a los 70, la beca universal y obras de infraestructura. El clientelismo no es un problema jurídico, sino moral por las actitudes implícitas en el poder corrupto como forma de someter a la sociedad. La ciudadanía es paciente y tendrá tiempo para erradicar esta práctica y moralizar la política, con o sin pacto ético, pero eso sí, con un compromiso personal y colectivo de enfrentar el clientelismo en todos los escenarios.

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