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DICTADURA

Poder, dengue y demolición: Carlos Guevara Mann

Años atrás, se planificaban allí toda clase de maldades, se efectuaban ritos satánicos y se realizaban escandalosas francachelas. Allí acudían, a las órdenes del dictador, los militares más sanguinarios, los dirigentes políticos más abyectos, los empresarios más serviles, los líderes sindicales más arrastrados y los enviados extranjeros más inescrupulosos a ponerse al servicio del déspota y ejecutar sus órdenes.

Los expresidentes del PRD, incluyendo a uno que recibía de los militares una mesada puntual, y los candidatos de ese partido, que le enviaban flores al tirano y administraban sus intereses en la Zona Libre, tampoco serían ajenos a esos predios de malignidad. El poder sin límites que acumuló la dictadura estaba radicado en esas propiedades malhabidas, adquiridas con dinero robado al pueblo panameño o proveniente del narcotráfico, el espionaje, el trasiego de armas, el contrabando y cuanto negociado ilícito concebía la mente aviesa del déspota.

Hoy, esas casas son criaderos del Aedes aegypti. Al menos lo eran hasta la semana pasada, por lo que, ante las quejas del vecindario y las recomendaciones del Ministerio de Salud, el Gobierno dispuso su demolición, a fin de evitar que desde allí siga propagándose el dengue (La Prensa, 9 de enero).

Protestaron familiares del dictador, aduciendo que con la orden de derruir las casas se deslucía la conmemoración del Día de la Soberanía Nacional, como si durante su carrera criminal el dictador hubiese hecho algo por promover la soberanía o la dignidad de la nación. Al contrario: sus actuaciones estuvieron siempre dirigidas a denigrar la reputación del Estado panameño y a negar la soberanía del pueblo.

Protestó también un abogado, que en vez de poner sus conocimientos del derecho al servicio de las víctimas de la tiranía, ha optado por defender al déspota defenestrado, seguramente a cambio de pingües honorarios, quizás provenientes de cuentas chuecas, quizás aportados por Gobiernos extranjeros.

Es una pena que ese abogado no haya encaminado su pericia jurídica al esclarecimiento de los crímenes de Héctor Gallego, Rita Wald, Francisco Concepción, Feliciano Muñoz, Eric Alberto Murillo, Ismael Vicente Ortega, Edgardo Estanislao Sandoval, León Tejada, Deoclides Julio, Javier Licona, Jesús George Balma y Jorge Bonilla, entre otros, en los que está implicado su cliente. Hace tiempo que debió tomarse la decisión que finalmente adoptó el Gobierno, de demoler las casas del dictador. Mientras siguieran en pie constituían un monumento al abuso de poder, a la barbarie y al mal gusto. En el lugar, como ha indicado el presidente Martinelli, debe levantarse un parque “en honor a los fallecidos durante la dictadura militar” (La Prensa, 11 de enero).

Como son dos las propiedades, una podría dedicarse a la memoria de las víctimas del régimen castrense y la otra a los caídos durante la invasión de 1989. En las muertes y desapariciones de la dictadura y la invasión tiene parte el tirano encarcelado, pues era él quien coordinaba el terrorismo de Estado y fue él quien, con sus bravuconadas y retos imprudentes, provocó la ira del coloso que desencadenó la intervención armada.

En otros países, los gobiernos democráticos que han sucedido a tiranías castrenses han tomado decisiones de esta naturaleza. En Chile, el centro de detención, tortura y desaparición de Villa Grimaldi fue transformado en el Parque por la Paz.

La infraestructura principal del complejo represivo fue demolida y en su lugar se creó un hermoso jardín. Al fondo, un muro registra los nombres de las personas ejecutadas en la Villa Grimaldi, así como de quienes desaparecieron tras su detención en ese recinto de maldad y perversión. El Parque por la Paz es hoy un sitio de reflexión y recordación, adecuadamente ambientado, al servicio de la sociedad chilena.

Antes de llevar a cabo cualquier obra, sin embargo, debe revisarse cuidadosamente el terreno en busca de restos humanos. En su depravación sin límites, es posible que el dictador haya hecho sepultar, en los predios de su propia residencia, a algunas de sus víctimas.

Si se busca con esmero, es posible que aparezca el cráneo de Hugo Spadafora, antítesis del déspota, cuya cabeza hizo rodar, tras someterlo a espantosas torturas, en septiembre de 1985. A esa búsqueda, por cierto, deberían colaborar, con humildad, el abogado y los familiares del tirano, en vez de emitir declaraciones arrogantes y altisonantes que hieren la conciencia democrática del pueblo panameño.

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