UNA CIUDAD HOSTIL

Prada y los cables cruzados: Gilda de la Guardia de Ferrer

Prada y los cables cruzados: Gilda de la Guardia de Ferrer Prada y los cables cruzados: Gilda de la Guardia de Ferrer
Prada y los cables cruzados: Gilda de la Guardia de Ferrer

Con las autoridades siempre del lado de los empresarios, Panamá es el mundo al revés. Cómo se explica que frente al nuevo centro comercial Soho, sin duda el más lujoso de Centroamérica y también el más costoso, no se haya invertido en soterrar los cables de la calle, cosa que sí pudieron hacer los Eisenmann cuando remodelaron la, en retrospectiva, humilde Mansión Danté. La vista de los letreros de Prada y de Louis Vuitton es obstaculizada por una de las más grandes marañas de cables eléctricos en una ciudad donde, en este campo, la competencia es feroz.

Y hablando de cables, ¿qué pasó con el 0.5% de impuesto que incluyó Martinelli en nuestra factura de telefonía para soterrar los cables de la ciudad?

Seguimos pagando la prima, pero no hemos visto ni una sola palada de tierra para soterrar nada. Parecía justa la idea de que todos pusiéramos nuestro grano de arena para que la ciudad se viera más limpia, más estética. ¿Será que este dinero también fue a parar al bolsillo de algún PANameño? ¿O será que la intención real no fue nunca mejorar la imagen de la ciudad?

Me llama la atención que la interpretación de gran lujo de este nuevo mall siga siendo la de un mausoleo frío y enajenante. Es cierto que en Panamá el clima no contribuye a hacerlo de otra manera, pero con un poquito de imaginación se puede lograr. Allí esta la plaza de la Ciudad del Saber. Sin encerrarse en cuatro paredes ni convertirse en una enorme caja fría se ha logrado un ambiente muy amigable, tanto en cuanto a clima como a accesibilidad. El cambio climático reclama usos más eficientes de la energía eléctrica. Esto sí que no es un lujo, es una necesidad.

Además, lujo no es lo mismo que ostentación. De hecho, el verdadero lujo se ha desentendido de ese concepto para darle paso a una discreta elegancia, donde se valora mucho más un árbol, un jardín, una plazoleta o lugar de encuentro, en fin, las cosas que de verdad cuestan (en términos de dinero) y que de verdad valen (en términos de beneficios). No se trata de apantallar, ya el mármol no engaña a nadie.

La gente quiere espacio, quiere verde, quiere esparcimiento, quiere humanidad. Un buen ejemplo sería el Merrick Park en Miami, que además de incluir las mejores marcas del mundo es un lugar lindo para pasear.

Ya es hora de que entendamos la vital importancia del espacio público; si no queremos entender, ya es hora de que las autoridades nos enseñen con normas más estrictas que hagan de esta ciudad un lugar menos hostil. Basta con pasar por la calle de atrás de este nuevo Soho, para sentir la opresión de un edificio que se te viene encima y que nada ha hecho por incluir al peatón –que jamás podrá entrar a comprar nada– para que cuando pase por ahí se sienta enaltecido, en vez de sentirse (para seguir con la misma analogía) que se está comiendo un cable.

Las grandes ciudades tratan de ser cada vez más incluyentes. No es nueva la idea de que las sociedades donde no hay contacto humano producen la enajenación del individuo. Qué fácil y enriquecedor es conocer gente en la calle; qué rico es sentarse debajo de un árbol. Las ciudades más exitosas te obligan a hacerlo. Aquí seguimos construyendo enormes moles tipo búnker que en nada invitan a una convivencia feliz. Tristemente, en materia de desarrollo urbano seguimos con los cables cruzados.

Para algunos, lujo será colgarse una cartera de marca para demostrarle al mundo que tienen el dinero para comprarla; a eso apuestan estas grandes marcas. Otros podemos entenderlo así, siempre y cuando esas extravagancias en algo contribuyan al verdadero lujo, que es el lujo de un mundo mejor. Ya no basta con colgarnos la marca; ahora exigimos, de parte de esa misma marca, el compromiso de algún aporte importante a la sociedad. En París sí lo ha entendido bien la Fundación Louis Vuitton: la cosa es dando y recibiendo. Y esa reciprocidad es lo que ha faltado en Panamá, como bien lo expresan esos horrendos cables colgando.

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