DETERIORO SOCIAL

Presidente, ponga alto a la corrupción: Paulino Romero C.

En el campo, en la ciudad, en la playa o en la gran urbe epiléptica, en los fatigados pasillos ministeriales o en la Universidad inquieta, en el Palacio de las Garzas o en las viviendas de renta limitada, en los restaurantes, mentideros de cafeterías y discotecas o en la Asamblea Nacional, en el Ministerio Público y hasta en la Corte Suprema de Justicia hay una palabra que mucho se comenta: “corrupción”.

A juzgar por lo que se escucha, una gran parte del país se encuentra alarmantemente corroído. En los más variados niveles, la gente habla de negocios vertiginosos y voraces, de fraudes y de estafas, de coimas, sobornos, peculados y abusos de la más triste especie.

Panamá, antaño la reserva espiritual de América, vive hoy la apoteosis del mal sentido reverencial del dinero. Grandes y pequeños inclinan la cerviz y se postran genuflexos ante el becerro de oro. No existe otro caballero poderoso que el que brilla con el lustre del dinero, ni se venera y salmodia otro arte que no sea el ganarlo.

El Panamá de ayer, de Justo Arosemena, Eusebio A. Morales, Belisario Porras, Francisco Arias Paredes, Ricardo J. Alfaro, Enrique A. Jiménez, Ricardo Miró, Octavio Méndez Pereira, Roberto F. Chiari, Aquilino E. Boyd, Jorge E. Illueca, Ricardo J. Bermúdez, Federico A. Velásquez, Eduardo Ritter Aislán, Amelia Denis de Icaza, Otilia Arosemena de Tejeira, Thelma King y tantos otros hombres y mujeres dignos, se ha hecho hoy radiante madriguera de aurívoros. La verdad es que pocas gentes, casi siempre jóvenes, parecen zafarse de la llamada del dios dinero.

He aquí un problema demasiado grave para tratarlo con pasión o con ligereza. Es necesario objetivarlo. Es necesario analizar, con frialdad, el quebranto que ha producido en la salud del país la fiebre del consumo.

Panamá, como otros países de la región, ha sufrido en los últimos años dos aguaceros torrenciales: el de los tecnócratas y el de la televisión. Los primeros, salvo algunas relevantes excepciones, se entregaron con frenesí a cantar el desarrollo material, olvidando los otros desarrollos igualmente necesarios para la sociedad: el religioso, el cultural, el social, el político, el moral. A una parte del pueblo panameño, sobre todo a la gente del campo, se le fijó como nuevo horizonte la pequeña pantalla y quedó en poco tiempo profundamente materializada por el alud de publicidad sin control.

En este sentido el daño que ha hecho la televisión es incalculable. Ni la publicidad comercial televisada ha sido compensada con la eficiente propaganda de la primacía de los valores espirituales, ni la economía panameña podía permitirse sin trampa, el fraude, la chapuza, la fullería o el trabajo excesivo y enervante, la satisfacción de las nuevas necesidades creadas a ritmo demencial por la televisión.

El Panamá parásito de la corrupción no se ha detenido como algunos querrían suponer en los niveles políticos o administrativos. Lo ha invadido todo, porque el fruto sano se zocatea en seguida, si no se separa a tiempo del que está cedizo. Así, ciertos escandalosos negocios públicos han sido paralelos a los privados; así, se han multiplicado como las arenas del mar los merodeadores de comisiones; así, se ha instalado en las clases medias y araña ya a ciertos sectores del clero; así, se ha producido la falta de respeto de los alumnos para con los maestros y de los hijos para con los padres; así, se aplaude la holganza juvenil, como sistema de vida.

En Panamá se ha consagrado en la última década la moral del triunfo. Lo que importa es triunfar a toda costa. El cómo da igual. Si se alcanza el fin, todos los medios han sido buenos. Pensamos que la característica más distintiva de una buena parte de la clase política panameña es la cobardía moral. Son muchos los que no aprueban, pero callan ante este gran río de corrupción en el que pueden desovar no pocas desgracias futuras.

A nuestra manera de ver, una de las tareas esenciales con las que se enfrentará el nuevo gobierno en 2019, presidido por un hombre de integridad bien probada, es decir ¡basta!, y reducir la corrupción.

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