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EL MALCONTENTO

Pueblo y marcha atrás: Paco Gómez Nadal

La marcha atrás es una práctica habitual en todo gobierno. Los poderes lanzan globos sonda para ver la reacción de la ciudadanía y si esta es suave la iniciativa sigue su curso. En el caso del gobierno Martinelli, la marcha atrás suele presagiar tormentas posteriores de mayor tamaño.

Un maestro de la marcha atrás estratégica fue Martín Torrijos. No él, sino su asesor uruguayo, Hugo Fernández. Ante las huelgas por la reforma de la Caja de Seguro Social y el sistema de pensiones, Fernández (antes vicepresidente de Uruguay y ahora “honorable” empresario en Panamá) recomendó a Torrijos dar marcha atrás, sentarse a negociar con los sindicatos y luego provocar su salida de la mesa para poder hacer la reforma prevista sin contratiempos. Así sucedió. Al igual ocurrió ante el referéndum sobre la ampliación del Canal, ese que no se podía perder. Ante la información dudosa sobre el proyecto y las voces críticas sobre el poco beneficio real que dejaría la ampliación a la población de Panamá, Torrijos, con la complicidad y el dinero de Naciones Unidas, se inventó la Concertación Nacional, un mecanismo inútil al que ni él ni su sucesor han hecho el más mínimo caso.

Negociar para desactivar la protesta, marcha atrás táctica para luego arremeter con más fuerza. Torrijos tenía unas formas algo más elegantes que Martinelli, pero practicaba la misma política de vender el país a trocitos y beneficiar a los amigos.

Martinelli ha demostrado que sus marchas atrás son peligrosas. Lo hizo con la llamada “ley chorizo”, lo repitió en 2011 con los ngäbe en San Félix, lo ha vuelto a hacer con la venta de las acciones de empresas clave o con la Sala V. Parece que los proyectos no tuvieran nada que ver con él, se desdice de sus palabras como quien cambia de camisa (aunque él y su gente están acostumbrados a esas mudanzas), igual vende sus iniciativas como un beneficio para la patria como las desactiva por el mismo beneficio a la patria...

La movilización que la semana pasada obligó al gobierno a dar marcha atrás aparente es un éxito del pueblo. No del frente político clientelar que decía haberla convocado. Ni el PRD ni el panameñismo ni el PP tienen autoridad moral para casi nada en Panamá. Han formado parte de la rosca, la han alimentado y ahora se muestran como trinchera democrática ante la amenaza de perder su parte del pastel. En el país se están jugando negocios mayores a los que se perciben. Los extraños sucesos en Paraíso, San Miguelito, la permanente sombra del narcotráfico y sus relaciones con la política, las muertes y los “tumbes”... Panamá es un volcán de cocaína y dinero sucio que alimenta políticas que los ciudadanos normales no podemos si quiera entender, porque no conocemos el trasfondo real de los intereses.

Por esa razón, aunque el pueblo de Panamá y alguno de sus medios de comunicación, deben estar orgullosos de la resistencia irregular que se hace a este gobierno mafiocrático, tampoco hay que echar las campanas al vuelo.

Las alternativas para 2014 son todas perversas y gracias a esa perversidad es por lo que Martinelli es presidente del país. La organización y la movilización de la ciudadanía son básicas para recordarle al gobierno de “empresarios” que no puede hacer todo lo que le venga en gana, pero este Ejecutivo es experto en recular para buscar luego las brechas necesarias por las que seguir con su proyecto de saqueo del país.

Por eso es necesario que la movilización se articule en opciones políticas. El ejemplo de Fernando Lugo en Paraguay es más que diciente: la falta de partido político que lo respalde y la atomización de la resistencia civil han permitido que los partidos corruptos tradicionales (el Colorado y el Liberal) hayan dado un golpe de Estado parlamentario y se hayan librado de un dirigente incómodo para las élites en menos de 24 horas.

Los movimientos sociales en Panamá tienen que echarle cabeza al futuro inmediato. La alianza con los partidos corruptos tradicionales (PRD, Panameñista o PP) puede generar emociones equívocas en medio de los performances sociales de la calle pero, a mediano plazo, puede deslegitimar muchos de los reclamos de la población y permitir que algunos de los conocidos clientelares del país regresen al poder con máscaras confusas. En medio del clima de incendios generalizados que alimenta Martinelli y sus secuaces hay que tener la frialdad necesaria para no dejarse arrastrar por cualquiera. En el viaje de la dignidad no todos los compañeros son válidos.

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