PASADO, PRESENTE Y FUTURO

Radiografía de Colón: Dicky Reynolds O´Riley

Sin pretender que este artículo verse sobre un tema coyuntural, por los hechos acaecidos en Colón, con diferentes aristas para su interpretación, génesis y soluciones, describo el panorama en esa ciudad. Edificios raídos y desvencijados, mustios, llenos de moho y ratas, esperando ser pasto de las llamas o caer por la inercia de la desidia; gente que camina, cual ejército de zombis, autómatas, como a control remoto, ajenos a su realidad, navegando entre las aguas servidas, con su peculiar pútrido olor.

Escuché una vez que alguien describía a Colón como un Chorrillo grande. A pocas cuadras, depósitos de mercaderías con olor a cosas nuevas, estibadas y queridas, esperando cruzar el océano para satisfacer a los más granjeados gustos. Esa es la realidad de Colón desde hace siglos con las ferias de Portobelo, en las que se guardaban los tesoros de la colonia española; cuando su rol acabó, solo quedaron las ruinas y su gente que vive, porque dice que el santo es bueno y no los va dejar morir en ese palenque.

Después vino el Colón de la fiebre del oro en California, donde recalaban todos los forasteros con ansias de hacerse ricos, en pos de un atajo para llegar al maldito metal amarillo. De paso se saciaban de hembras, whisky y dejaban patentado ese espíritu de jolgorio y farsa como recuerdo de ese Colón de gloria pasada y añorada, que ha marcado la mentalidad de eterno hedonismo ajeno a los males. El Colón del Canal, con su enjambre de personas transportadas de ultramar que cambiaron el panorama étnico de la provincia y trajeron cultura y costumbres diferentes. Huelga decir que vinieron a la construcción del Canal, y el dinero pasaba a manos llenas. Terminada la obra, campeó nuevamente la miseria, cual jinete del apocalipsis.

La Primera y Segunda Guerra Mundial atrajeron, nuevamente, el paraíso a Colón, por su rol de divertimiento, más que de producción. Días de feria, el placer y licor corrían como ríos. Colón tiene una suerte que se nutre de crisis ajenas, pero en el fondo las administraciones gubernamentales se han lucrado de su privilegiada posición geográfica, auspiciada por la centralización de los recursos aportados, que no es proporcional en inversiones.

No contento con ello, venden la tesis de que es una ciudad de vagos, holgazanes y maleantes y vividores. Sin saber que ese es el rol que nos dieron por siglos, reitero.

Dicen que hay que traer personal de Panamá para trabajar en la Zona Libre, porque al colonense no le gusta trabajar; nada más falso. Se aprovecharon de la amabilidad caribeña para establecer sus emporios económicos, a sabiendas de que no había una cohesión en el pensamiento del colonense, propiciando la carencia de valores para acallar cualquier intento de solicitar más participación en las riquezas que allí se generan, lo que paradójicamente se les vino encima con las pasadas protestas.

El tráfico de mercaderías o drogas no lo practica el colonense de a pie, sino aquellos que utilizan a Colón como su fachada de agendas gansteriles y mafiosas, por la fama delincuencial que se pasea y duerme en esta ciudad. La conducta de los colonenses dejó de ser un estereotipo para convertirse en sinónimo de lo malo y pernicioso, con fugaces defensas de contrariar lo manifestado en nuestra contra; muchos hasta esconden sus orígenes para soslayar las ofensas y cuando se dice algo bueno, se recuerda la farsa del Carnaval.

Sin pretender ser malagradecido, la solidaridad tenía cierto tinte de oportunismo e hipocresía por parte de aquellos que aupaban las protestas. La ligereza es el denominador común para definir el ser colonense, ello impide que pueda ser elemento de cambio en la búsqueda de soluciones a los problemas que aquejan a esa ciudad. No debe ser beneficiado con los programas contigentes de los eternos “planes de emergencia” que son reproductores del amamantamiento estatal, grosero e humillante, que anulan la capacidad de autogestión de los que, en principio, se pretende ayudar.

Colón no necesita de paliativos ni placebos, hace falta una política económica no solo enmarcada en la Zona Libre que está enraizada en que los mercaderes se hagan ricos, no existe en ellos un espíritu de solidaridad ni de mecenas, si acaso se acordarán de fumigar la ciudad, cuando las ratas acechen sus bodegas.

La única culpa del Ejecutivo fue activar el botón equivocado para tratar de cambiar de actores económicos, que no se diferencian de los actuales. La única ganancia en esta contienda –que se vendió como de los colonenses, criterio que no comparto– fue el clamor o consigna “mejor malo conocido que bueno por conocer”, pero el hecho de que yo sea conserje no me hace dueño del condominio. Colón ha sido la “tacita de oro” para que otros beban de ella. Seguro se conformarán comisiones de estudio para una provincia que requiere más que improvisación pasajera, para salir de paso de las crisis que, de manera cíclica, se presentan en el acontecer de esta provincia. La Zona Libre de Colón es solo un enunciado semántico, una especie de “matrimonio de conveniencia”.

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