MANEJO

Religión y política: Alberto Valdés Tola

Algunos pensamos que vivimos en un país donde el régimen político tiene un matiz laico y democrático, ajeno a toda consideración de orden teocrática o monárquica que guíe el destino de nuestra contemporánea sociedad. Sin embargo, a pesar de estas presunciones, parecería que aún existen vestigios de esta práctica política en pleno siglo XXI.

Si se examina con cuidado la historia universal, se podrá percibir que religión y política nunca han estado del todo desunidas; en cambio, la influencia religiosa en las masas ha sido casi siempre el bastión ideológico legitimador de los gobernantes. En la antigüedad, la edad media y gran parte de la etapa moderna y contemporánea, la religión ha servido a la corona (rey o mandatario) y viceversa; por ende, no debe extrañar que algunos dirigentes políticos (de alto rango por lo regular) busquen el lado espiritual de los hombres, para enmarañar sus pensamientos con imaginarios ideales y sacro-populistas. Además, obviamente, esta movida política implica la deslegitimación de todo disidente, político o no, de las decisiones del ungido. Por ende, todo intento crítico y reflexivo respecto a su proceder queda denegado en el imaginario de los feligreses y demás simpatizantes del dogma. Ahora bien, toda esta suerte de teodicea (que a pesar de lo religioso busca metas muy racionales) pretende seguir bloqueando la opinión pública, en términos de profesionales de los medios de comunicación, políticos comprometidos, académicos especializados y ciudadanos críticos de su realidad social, so pretexto de que la misma es un impedimento para poder realizar políticas, proyectos, programas y servicios sociales en miras de los más necesitados (pobres extremos, marginados y excluidos sociales); lo que es, sin lugar a dudas, una falacia y, aún peor, un manejo poco leal y honesto con todos los ciudadanos, religiosos o no.

La religión, a pesar de ser una institución social, cuyo mecanismo sociológico tiene por objeto consolidar y mantener el orden social, es el templo espiritual de miles de almas que buscan explicaciones trascendentes a su existencia. Lo que significa que si un mandatario político aparece como miembro o ungido por una religión en particular o por varias (lo que es aún mejor, desde un punto de vista político), algunos feligreses relacionados al dogma pueden sentirse atraídos por su figura legitimada; al tiempo, que otros pueden percibirlo como un ejemplo de moralidad incuestionable. Esto llevaría, irremediablemente, a una domesticación de la opinión pública ciudadana, que es el verdadero estandarte de la democracia.

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