PAPEL DEL ESTADO

Repensando el envejecimiento: Alberto Valdés Tola

Por lo regular, cuando oímos hablar acerca del rol del adulto mayor en nuestra pujante sociedad, lo primero que percibimos son atisbos desinformados, por ejemplo, que el lugar de ellos es en la casa, cuidando a los nietos; en la iglesia, acercándose a Dios o, en los parques, chachareando con algunos conocidos.

Esto revela, ante todo, que vivimos en un universo social cuya cultura refleja la racionalidad capitalista, en la que las leyes del mercado gobiernan nuestros imaginarios y concepciones de la vida y que, además, estamos perdiendo un potencial humano muy valorado, hoy por hoy, en otras partes del mundo.

Como muchos sabemos, el envejecimiento de la población es una realidad demográfica que amenaza con imponerse en casi todos los países del mundo, en pocas décadas. En Europa los grandes centros urbanos y económicos, como Inglaterra, Francia y Alemania, ya muestran una pirámide poblacional muy orientada al proceso de envejecimiento; al igual que otros países de ese continente. En Latinoamérica, Cuba y Uruguay han alcanzado niveles que sugieren, objetivamente hablando, que sus sociedades pueden ser catalogadas como viejas o ancianas.

En el caso de Centroamérica, los que encabezan la lista con mayor población de adultos mayores son Costa Rica y Panamá. El primero cuenta con políticas sociales integrales y operativas que han generado una gama de programas y servicios sociales dirigidos a incidir en importantes aspectos del bienestar social, como la salud geriátrica (incluso tienen un hospital moderno y especializado en temas relacionados a las principales patologías médicas que los afectan), la educación (con programas relacionados no solo al alfabetismo básico, sino al uso de computadoras y herramientas cibernéticas y de comunicación como la internet), la vivienda (con bonos que permiten a los adultos mayores desamparados acceder a un inmueble decente, que garantice su seguridad y mejore sus expectativas existenciales); entre otros muchos ejemplos que van desde el ocio hasta la oportunidad de inclusión en el tema laboral.

Este último punto es muy significativo en términos comparativos, porque nos refleja un tipo de sociedad dirigida a aprovechar el potencial de todos sus miembros, sin excepción.

En el caso panameño, estancado en un pragmatismo obtuso y ciego, no se perciben estos niveles logísticos de racionalidad sobre la vejez y sus implicaciones socioestructurales en la realidad sociocultural, económica y política. Lo que nos deja a todos los panameños, no solo atrasados, sino que nos coloca en una clara desventaja en relación a las posibles problemáticas de la vejez, que de seguro se irán acentuando con el paso de los años.

Así, aunque el envejecimiento poblacional sea inevitable, es posible crear las condiciones institucionales estatales para hacerle frente, de forma planificada y orquestada. Los adultos mayores, fuera de toda consideración arcaica, son ciudadanos cuyos derechos sociales requieren ser protegidos por un Estado, basado principalmente en la justicia social, como supuestamente es el caso panameño.

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