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BUENAS PRÁCTICAS

¡Un llamado a la conciencia!: Roberto José Federico Zúñiga Alvarado

Es el elemento trascendental para el buen convivio del individuo en comunidad. El respeto, la solidaridad, la honestidad y la paz, entre otros, son buenos valores; productos que derivan de una conciencia íntegra y humana. Desde hace varias semanas, he tenido el deseo de escribir sobre la conciencia como un ciudadano más, preocupado por las situaciones que se han vuelto costumbre en nuestro diario vivir.

Es importante hacer un llamado a la conciencia en este momento que nos golpean problemas sociales como la corrupción, la desigualdad y la violencia doméstica. Este tipo de situaciones demuestran incomprensión e irrespeto entre los ciudadanos. Al ser testigos de estos actos, debe surgir en nosotros ese llamado de la conciencia, capaz de evitar hechos lamentables hacia otra persona. Confío plenamente en que el cambio en una sociedad empieza por uno mismo, como persona. Por ende, tenemos que ser autofiscalizadores y responsables de nuestros actos, porque es la única manera de aceptar los errores.

La conciencia vigila la buena conducta de los seres humanos, y un ser humano sin esta no tendrá responsabilidad sobre sus actos. En este punto del artículo, quizás usted podría pensar que se trata de un tema muy subjetivo, propio de cada persona. Sí, puede ser un concepto cierto, pero yo les pregunto: ¿Qué sociedad queremos? ¿Una en la que reine la anarquía, la violencia y el egoísmo o una sociedad en la que imperen los buenos valores para el buen convivio en comunidad?

Estoy seguro de que los lectores prefieren la segunda. Si deseamos una sociedad con esas características, entonces, debemos predicar con buenos valores, dando el ejemplo en nuestro diario vivir. Los jóvenes somos el presente y el futuro, así lo menciona el papa Francisco: “Los jóvenes tienen que salir, tienen que hacerse valer, los jóvenes tienen que salir a luchar por los valores”.

Tenemos una gran misión si queremos lo mejor para nuestro mundo. Los jóvenes tenemos que ser portadores de buenos valores, y uno de los instrumentos más importantes para el desenvolvimiento de estos es la conciencia, que trabaja en nosotros como un juez interior y que fiscaliza nuestros actos hacia los demás.

En cambio, la inconsciencia traiciona al ser humano en el momento en que comete actos que afectan a terceros, eso no es pensar en el bienestar de los demás. Es por eso que la conciencia actúa como el juez interior de nuestro ser. Tras cometer un acto indebido nos llama a arrepentirnos, como un símbolo de perdón. Es decir, la conciencia es tu juez interior y, junto a la reflexión, te hace meditar, en soledad, contigo mismo. Todas las noches, antes de dormir, deberíamos reflexionar sobre nuestros actos, porque en ese momento podemos ser capaces de aceptar nuestra equivocación. Una conciencia íntegra y humana renueva el alma, porque al día siguiente de tu reflexión saldrás de tu casa con la frente en alto y la voluntad de resarcir el daño causado a otra persona.

La conciencia les enseña a los gobernantes que la ambición de poder no puede ser superior al valor de la vida de un pueblo. Los presidentes no son electos para reprimir a su pueblo, sino para brindarle felicidad a su pueblo, a través de los beneficios que otorgan por medio de sus propuestas. El buen uso de la conciencia defiende y protege la moral política y ciudadana, que debe ser una lección para esos que –en soledad– se apoderan de las arcas públicas o privadas. En la Asamblea Nacional, también invito al uso de la conciencia, porque con su comportamiento tradicional algunos “honorables diputados” no votan a conciencia, sino guiados por intereses económicos y partidistas.

Escribí este artículo con la intención de invitar a todos los ciudadanos de esta tierra a la reflexión interna, a través de la conciencia de nuestros actos como individuos. Seamos agentes de cambio en la sociedad, llevemos siempre los buenos valores y, sobre todo, una conciencia íntegra y humana que nos acompañe en el peregrinaje de nuestras vidas.

Concluyo con una anécdota de mi máximo agrado, que siempre expresaba mi tío abuelo, Carlos Iván Zúñiga Guardia (q.e.p.d.), sobre la conciencia que frustra la tentación. Es el caso de la película Un quijote sin mancha, interpretada por Cantinflas. A don Quijote (Cantinflas), enfermo e instalado en su cuarto de hospital, se le acerca la enfermera y, provocativamente, le dice: “Al fin solos, don Quijote”. Este contestó: “Pero yo no puedo traicionar a mi Dulcinea del Toboso”. La enfermera, en su intención de tener a don Quijote, le responde: “Pero ella no se dará cuenta” y él, de manera orgullosa y triunfal, le dice: “Pero yo sí”.

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