REFLEXIÓN

Sacrificio en la cruz de palo: I. Roberto Eisenmann, Jr.

Un día como hoy hace cerca de 2 mil años un hombre llamado Cristo fue sometido –por sus ideas– a la peor tortura de la época: fue forzado a cargar su propio instrumento de muerte, una gran y pesada cruz de palo en la que sería clavado y sufriría una muerte lenta. Los cristianos lo llamamos “calvario” y el mensaje es claro: nadie pasará de esta vida a la otra sin calvario. Por eso, ninguno de nosotros frente a un problema serio o una enfermedad tiene derecho a preguntar desesperado “¿Por qué yo… por qué a mí?”. Tenemos que afrontar nuestro calvario, con dignidad, siguiendo el ejemplo de Cristo, sabiendo –por vivencias experimentadas y reales (propias y/o ajenas)– que se muere… para vivir.

Ese Cristo en la cruz de palo nunca fue visto con vestimentas de lujo, nunca se puso un gran anillo que besaran sus seguidores, nunca se dedicó a rituales formales... a los sacerdocios ni a los rezos públicos. Su llamado fue siempre a la religión del corazón, a la experiencia personal y privada respecto al ser superior y su conducta moral y ética… a la fe personal en el Creador.

Hoy tenemos el privilegio de tener un papa Francisco, quien con su ejemplo diario nos recuerda la vida de Cristo.

Yo he tenido al menos tres experiencias vivenciales que han reforzado mi fe. La primera fue durante un viaje de trabajo por mar en el que pretendíamos, con aparatos especiales, medir –en el día de la marea más alta del año– el fondo de Bahía Serena en Coronado, para diseñar una posible marina. Al salir del puerto de Balboa había un cielo negro y un mar muy picado (producido por un huracán en el Caribe). Entre Taboga y Punta Chame, repentinamente, se pararon ambos motores del yate alquilado en que íbamos. El capitán bajó al cuarto de máquinas y se dio cuenta de que el fuerte oleaje había rajado el fondo del yate y nos hundíamos. Uno de nosotros anunció SOS por radio y la única respuesta que nos llegó fue de un camaronero y, al indicar en dónde estábamos, alguien nos respondió: “N’ombe, yo estoy en Chitré”… y clic se cerró la comunicación. El capitán no había tirado el ancla y, en eso, una ola gigantesca se metió en el yate, hundiéndolo en segundos. Quedamos (el capitán y sus dos pasajeros) en aguas profundas y muy picadas, en un área conocida de tiburones, con un cielo negro y la marea saliendo; no nos esperaban de vuelta sino hasta muy entrada la tarde y apenas eran las 8:00 a.m. Tres hombres enfrentados a una muerte lenta con tiempo –mucho tiempo– para pensar.

Uno enloqueció, el otro nunca perdió la esperanza, pero yo –hombre analítico– saqué cuentas y decidí para mis adentros “se acabó”… miré hacía el cielo, pedí mil perdones y me entró una suprema serenidad, que no puedo explicar con palabras. Se dio un milagro: el camaronero del clic llamó a otro, este llamó al Club de Yates (día de semana), por chiripón había alguien allí que llamó al Club de Yates de Balboa, el de Balboa llamó al dueño del yate (y lo encontró en su oficina), este llamó a la Zona y resultó que los gringos tenían un helicóptero en entrenamiento sobre Taboga… que en 20 minutos nos recogió. Tantas cosas pudieron fallar, pero fue obvio que ese día no nos tocaba. Aparte de este milagro, la experiencia que más me impactó fue la serenidad inexplicable que se apoderó de mí cuando me entregué sin esperanza a la muerte.

Una segunda experiencia fue la muerte de mi padre. Bob Eisenmann y yo tuvimos una relación espectacular: era mi padre, mi confesor, mi socio, mi amigo, mi ejemplo… mi todo. Cuando enfermó a los 58 años de edad el médico me informó, como el hijo mayor que era, que mi padre estaba muriendo y que no había nada que la medicina pudiera hacer por él; me guardé la terrible noticia y viví seis meses angustiado, no solo por verlo sufrir, sino porque no me parecía posible mi vida sin él. El día que expiró no solo no me quebré, como pensé me pasaría, sino que estuve sereno frente a su cadáver y hasta lo vestí para el funeral. En todo ese tiempo lo sentía muy presente, pero no en ese cuerpo que yo vestía. Otra experiencia que me confirma mi fe en la otra vida… en que la muerte no existe; lo que se da es una traumática transición (calvario) entre una vida y otra.

Una tercera experiencia (ya contada en otro artículo de opinión) ocurrió cuando como exiliado errante, en un sucio aeropuerto centroamericano, luego de haber sido rechazado por “amigos” me sentí destruido; en eso vi en una cochina vidriera un Cristo de alambre barato. Mi mirada se paralizó sobre él, vi al mismo Cristo en la cruz de palo y me regañé a mí mismo frente a ese Cristo; ¿qué derecho tengo yo a sentir lástima propia?... lo mío es nada frente a lo sufrido por él... ¡aleja todo pesimismo, toda duda, rechaza todo temor... y a cumplir con una vida creativa! Afronté todos los obstáculos y convertimos el problema en oportunidad.

Este fue otro gran mensaje del Cristo clavado en la cruz de palo... y su símbolo de alambre barato que sigue colgado de mi cuello para nunca olvidar, no solo en días como hoy, sino todos los días.

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