ESPIONAJE

Sonríe, te están filmando: Rolando Anguizola B.

Exclusivos de las potencias mundiales, los genios del espionaje cibernético no portan armas ni manejan Lamborghini, son topos ocultos en cuevas electrónicas pero tienen capacidad comprobada para provocar terremotos y tsunamis. El cinturón dorado de los spooks (fantasmas) lo comparten Edward Snowden de la CIA (asilado en Rusia) y el transexual (NSA) Bradley Manning, hoy Chelsea Manning, enjuiciada en una corte marcial del ejército estadounidense y condenada a 35 años de prisión por alta traición. Hace dos años, Julián Assange el australiano de WikiLeaks publicó las infidencias de Snowden y Manning, provocando la ira de países adversarios de Estados Unidos y agrias confrontaciones con sus aliados, porque entrando por la ventana acostumbran a pinchar archivos militares y secretos de alcoba de industriales y funcionarios de gobiernos como Francia, Alemania, Inglaterra, Japón, India...

WikiLeaks también publicó correos oficiales de la embajadora Barbara Stephenson que en 2009 advertía al Departamento de Estado: “... se está mostrando el lado oscuro del gobierno de Martinelli…”, en referencia a petición (negada por el afectado) para uso ilegal del equipo Matador de la CIA. Cerrada la puerta de la embajada los sapos del patio limoso gastaron 13 millones de dólares en equipo comprado al israelita Ofer Bar de MLM Protection Limited. El gasto secreto fue autorizado el 19 de mayo de 2010 por el otrora poderoso ministro Demetrio Papadimitriu, adquiriendo para el Estado equipo electrónico y software para intervenir y anular computadoras, teléfonos, y filmar y escuchar conversaciones. Que después se utilizó para intervenir la vida privada de no menos de 150 políticos y periodistas. Esperan juicio por este caso Gustavo Pérez y Alejandro Garuz, exdirectores del Consejo de Seguridad Nacional. Los altos funcionarios declararon que jamás vieron los sofisticados equipos, que se esfumaron la noche de las elecciones de mayo de 2014. Pero 13 millones de dólares en equipos no desaparecen, solo por decir “yo no vi”. La pérdida física apunta al delito de peculado y es coronada por la maliciosa desaparición de documentos, sellos y archivos digitales de los ministerios de la Presidencia y de Economía y Finanzas, del Consejo de Seguridad, la Contraloría, Aduanas y del Programa de Ayuda Nacional (PAN).

Cuando se gasta dinero estatal este deja rastro en muchas oficinas y en la memoria de los inocentes empleados encargados del papeleo. El rastro se inicia a partir de reuniones en despachos de altos ejecutivos que discutían el uso que se le daría, elegir al proveedor, transferencias bancarias, seleccionar técnicos, instalaciones físicas, transporte, salarios, incluyendo desayuno, almuerzo y cena para los 18 mercenarios de Ofer Bar que proporcionaron seguridad armada al despacho presidencial. Los funcionarios responsables por la adquisición, manejo y posterior desaparición de los equipos también incurrieron en abuso de autoridad, al aprobar el uso de fondos legal y exclusivamente destinados para asistencia social en el PAN, caja menuda de atracos, caprichos, antojos y locuras del mandamás.

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